Agosto 2020

Tecleo desde una piscina de Marbella imaginando que soy un guionista de películas de cine negro del Hollywood clásico. Sueño con que me han contratado tres meses para escribir un guión sobre un tipo con pasado que no cree ya en nada, dos policías que hacen negocios con la mafia, una chica buena que quiere al tipo descreído y una rubia sin corazón a la que quiere el tipo descreído. Para que la inspiración me atrape el productor me tiene a base de gimlets durante el día, dry martinis a partir de las siete de la tarde (lo que los italianos llaman el aperitivo) y me saca a cenar a clubs con piano a los que sólo se puede entrar en esmoquin y donde el maitre te lleva a “la mesa de siempre” porque sabe que le soltarás un billete de 20€. Tengo ya el comienzo de la película y algunas buenas frases como “¿Quieres saber de qué está hecho este cocktail, nena? De lo mismo que yo: fracaso y nostalgia… la proporción depende del día” o “Te voy a dar un consejo, chaval. No te fíes de ese tipo, es de los que entra detrás de ti en una puerta giratoria y acaba saliendo delante”. Siendo honesto (me irá mal como guionista si lo soy) ninguna frase es mía, lo único que he hecho es retocarlas. Y siendo más honesto, una enfermedad que suele ser letal en cualquier profesión, el comienzo es una mezcla entre Laura y El Crack. Espero que el productor no se entere… y si lo descubre me haré el ofendido, a ver si así le puedo sacar dos meses más en esta piscina y unos 75 gimlets adicionales. Ahora escribo desde la terraza del Marbella Club (con Horcher el único mundo que conozco que ha decidido no claudicar “se prohíbe la entrada en zapatillas de deporte y pantalón corto” reza un cartel a la entrada. Mi Bizancio). Me siento como Steel (Bogart) en Un Lugar Solitario. Él es un guionista de Hollywood al que el amor salva. Yo no soy Bogart, ni guionista, ni he pisado Hollywood, no tengo a mi Gloria Graham ¿quién sabe ya quién es Gloria Graham (a mí me gusta mucho Irene Dunne)? suena el piano, hoy tenemos boleros (me encantan los boleros), y me acaba de caer una oliva en la cabeza porque estoy bajo un olivo, espero que no se haya hecho daño la oliva. Es el mejor lugar del mundo, me creo Nicholas Ray dirigiendo En un Lugar Solitario… mientras escribo estas palabras y doy un sorbo a mi dry martini siento que la felicidad me acaricia durante unos segundos: lo máximo que puede durar la felicidad.

“Nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó, viví unas semanas mientras me amó” le dice Bogart a Ms Grahame en Un Lugar Solitario (Nicholas Ray. 1950).

Bebiendo solo en una terraza de una casa de El Puerto de Santa María un gin tonic que me he preparado (con un twist de limón) mientras miro a las estrellas y pienso en todo aquello que me gusta. El verano también es esto.

Me gustan las despedidas cortas, las mesas con manteles blanco, el dry martini en copa pequeña, Séneca, un cocido los sábados con amigos, la izquierda de José Tomás y los comienzas de faena de Pablo Aguado, los paseos nocturnos veraniegos en Madrid, los libros en papel, las camisas (no uso camisetas), la Navidad, el daiquiri de Matador, la soledad, el amor no correspondido (uno de los mayores placeres que Dios nos ha regalado), los trajes cruzados, la nostalgia, el bonito con tomate de La Bombi de Santander, no llevar calcetín de mayo a octubre, dar las gracias, comprarme flores, la manzanilla y el vermú, reconocer los errores, las películas de Garci, los langostinos de Casa Bigote en Sanlúcar, el olor de después de una tormenta de verano, Montaigne, los boleros, el sonido de la lluvia cayendo sobre un paraguas, la gente que sonríe, el café en cafetera italiana, las canciones del verano, los buenos modales en la mesa (“los malos modales en la mesa han roto más matrimonios que las infidelidades” decían en la película Gigi), ilusionarme con tener un día un negocio, Cadillac Solitario, las imperfecciones en los trabajos artesanales, limpiarme los zapatos en Orquera, escuchar Cowboys de Medianoche, los libros de Garci, preguntar, pasear solo por Roma, la macedonia de frutas, Casablanca, las amistades sin envidias, las toallas blancas, vivir en el centro de las ciudades, hacer listas, El Padrino (que era la película favorita de mi padre), las gildas, septiembre, la historia de cómo se fundó el Harry’s Bar, los perfumes de Jo Malone, Cary Grant, hacer las cosas despacio, salir con la bicicleta los sábados por la mañana, el comienzo de la primera Catilinaria (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?), afeitarme todos los días, los trenes, recordar aquellas noches de Gabana y de Fortuni y de Liberata, las camisas blancas, pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, la gente que no habla de política, la tortilla de patatas, las películas de Max Ophüls, los vasos Riedel, el sexo con amor, madrugar entre semana para leer en el sofá, la noche de Reyes, ordenar los libros de mi biblioteca, Gregory Peck en Horizontes de Grandeza, las camas de los hoteles de lujo, el helado de limón, dejar propina, tomarme una copa (o dos) yo solo antes de una cena, regalar flores, las mesas de madera, desayunar solo en los hoteles, tomar decisiones, Casa Moreno en Sevilla, la ducha de después de la playa, los besos en el cuello, ver nevar, la terraza de Marbella Club, los tres últimos párrafos de La Iliada, no dar consejos, Can Carlos en Formentera, ver etapas de Induráin en El Tour, el queso para acabar un vino, que una chica me coja la mano, los pantalones blancos en verano.

Dicho todo lo anterior, realmente, sólo importan unas pocas cosas.

Julio 2020

Principios de julio y regreso por tercer año consecutivo a Formentera para pasar un fin de semana largo con unos amigos que se encuentran ya por la isla. El jueves, como los años anteriores, tomo el primer avión que sale de Madrid con destino a Ibiza. Los horarios se cumplen y a las nueve de la mañana estoy en el puerto de Formentera esperando a que algún amigo se despierte y tenga la amabilidad de venir a recogerme con el dingui. Como sé que mis amigos están durmiendo y yo disfruto de una perfecta armonía con una terraza del puerto y mi café (los tres años en la misma terraza, Amarre 32, y no estoy dispuesto a negociar un cambio), no les quiero avisar de mi llegada hasta más o menos las once. Los años anteriores tuve que sacar el ordenador, aquí mismo en Amarre 32, y ponerme a trabajar porque, desafortunadamente, el guión de mi vida alguna vez no lo escribo yo. Pero este año ha sido diferente. Estaba yo confinado en la autobiografía de Luis Racionero, Memorias de un Liberal Psicodélico, y, al mismo tiempo, observando de reojo cómo limpiaban a conciencia un barco amarrado en frente de mi mesa cuando me abordó una casi plena sensación de felicidad para inmediatamente después abrazarme una profunda melancolía. ¿Tres años ya desde que quedamos en julio para pasar unos días en Formentera? No puede ser. Se cumple aquello, que tanto oía de joven pero que con la arrogancia de la juventud pensé que nunca me alcanzaría, de que a medida que te haces mayor (o más viejo) el tiempo pasa más deprisa. Pido mi segundo americano y un agua con gas y me pongo a pensar sobre el tiempo. Quizás el tiempo no existe, quizás sea una invención nuestra, como las matemáticas, los derechos humanos o la amistad entre un hombre y una mujer. Consideramos que el tiempo es lineal cuando en realidad el pasado no existe y el presente nunca puede ser porque siempre es ya pasado. ¿Qué es el futuro? Sentado aquí en una terraza de una isla mediterránea percibo claramente que el tiempo es circular, un círculo compuesto de puntos que vamos recorriendo a lo largo de nuestra vida y que cuando has vivido lo suficiente simplemente vuelves a pasar por esos mismos puntos. Por ello afirmo que no hay pasado. Si el tiempo es circular, no se puede medir ¿qué somos nosotros entonces si toda nuestra vida gira en torno a nuestras experiencias pasadas y el anhelo de experiencias futuras? No lo sé.

“¡Futuro! Es un invento para arruinar el presente.” De la película Y Dios creó a la mujer. Roger Vadim (1956).

Luis Racionero y Lucía Bosé fallecieron este pasado marzo. Lucía sobrevivió 15 días a Luis. Eran muy amigos, lo he leído en la biografía de Racionero. Tan amigos que él pasaba largas temporadas en Marbella en casa de Miss Italia 1947. Nadie les ha relacionado y eso que han fallecido casi a la vez. Son los misterios del destino. No me interesa el tiempo porque no me interesa lo que no existe, sí me interesa conocer si somos fruto del azar o de un plan. Ése es el gran misterio de la vida. Nunca lo sabré, y creo que nunca lo sabremos, pero estoy seguro que la respuesta está ahí, visible a todos, siempre ha estado ahí… simplemente, nunca hemos buscado bien. Puede que alguno haya tenido o tenga la respuesta y no le hemos querido escuchar.

El otro misterio de la vida es el amor. Dos personas que no se conocen se encuentran por primera vez, se miran a los ojos y booom el Big Bang sucede de nuevo, en un instante se han enamorado, en menos de lo que dura un parpadeo… ¿a cuántos desertores de la vida el amor les ha rescatado? ¿No es un gran misterio, quizás el misterio más grande de nuestra corta existencia, que algo que no sabemos cómo surge salve vidas?

Cuando no me interesa la gente olvido rápidamente su nombre. Hay algunas personas con las que en breve ya no podré mantener una conversación porque se me olvidarán hasta las palabras.

El precio de la independencia es la soledad. No hay nadie enteramente independiente (nadie), pero sí hay personas completamente solas.

Cuando el rey Pirro, el de las guerras pírricas, trató de pasar a Italia desde el Epiro, ahora Albania y tierra de Olimpia (la madre de Alejandro), uno de sus consejeros, Cineas, le quiso advertir de su vanidad. ¿Con qué fin queréis pasar a Italia? Le preguntó el consejero. Para hacerme con Italia, contestó Pirro. ¿Y luego? Le volvió a preguntar Cineas. Pasaré a la Galia para después conquistar España, y tras estas conquistas subyugaré África, y ya con todo el mundo conquistado, podré retirarme a descansar y ser feliz. ¿Y qué os impide, majestad, descansar ya y ser feliz? Le preguntó el consejero. 

¿Nos hacemos las preguntas correctas?

Junio 2020

Ojalá nunca hubieras venido

así la noche tampoco habría pasado nunca.

Y ojalá no te hubieras quedado

así la mañana tampoco habría llegado nunca.

Ojalá no se hiciese nunca verano

así el verano estaría siempre acercándose.

Estos versos de Henrik Nordbrandt me han recordado la maravillosa canción de Armando Manzanaro: “Reloj no marques las horas / Porque voy a enloquecer / Ella se irá para siempre / Cuando amanezca otra vez… Nomás nos queda esta noche / Para vivir nuestro amor / Y tu tic-tac me recuerda / Mi irremediable dolor”.

El mejor momento del mes sucedió cuando volví a sentarme a la sombra de una terraza madrileña, dejé las gafas de sol sobre la mesa, crucé las piernas y respiré la alegría de la vida (una vida mutilada, pero, al fin y al cabo, una vida). Con el primer sorbo del vermú entendí lo que sintió Ulises regresando a Ítaca, aunque sin Penélope esperándome, con el segundo trago encontré el paraíso del que expulsaron a Adán y Eva, y de pronto, no sé de dónde, comenzaron a sonar los primeros acordes de Summer Time (pipiiiiipiiiiipiiii tiriiitiii…) y ahí ya el verano se desplomó sobre mí: aparecieron los recuerdos de las vacaciones con amigos perdidos (o quizás me perdí yo), un amor de verano se sentó en mi mesa y me contó cómo le va, se casó, tiene cuatro niños, tres coches y dos hipotecas, su marido le quiere pero trabaja mucho y ella está aburrida, recordé cómo le pedía a la hostess la segunda botella en el reservado de Pachá Ibiza o en Olivia Valere Marbella o en Caves de Saint Tropez – ya lo dijo un sabio al que pongo al mismo nivel de Sócrates: “solo la primera botella es cara”, seguro que en la Academia de Platón o en el Liceo de Aristóteles le hubieran dado un trato reverencial a este filósofo – en la terraza ya olía a mar y a libertad, a langostinos de Sanlúcar y manzanilla, a nostalgia y paz, se fue el amor del verano pero los vestidos de las chicas que pasaban a mi alrededor se hicieron más cortos, sus piernas bronceadas pasan a dominar el mundo la próximos meses y probar su piel salada inicia guerras ¿o qué crees que hizo que Paris se enamorara de Helena? Un verano desbordado sobre mi mesa me cubrió de sensaciones olvidadas – otro vermú, por favor – olía a yodo y a bondad, a cloro y tranquilidad ¿por qué merece la pena vivir? Por esa cena con amigos en una terraza con una luna grande iluminándote y un buen godello golpeándote, por la ducha de después de la playa donde no sólo te limpias la arena y la brea, sino también los malos momentos del año, las tontería de los jefes y los fines de semana perdidos en edificios “inteligentes” donde no entra el aire de la calle y el café es casi tan malo como unas impresoras que nunca funcionan. Ayyyyyyyy esa siesta de después en la cama o en la tumbona, en la playa o en cubierta, eso sí que es el sueño eterno al que escribía Chandler; porque en los sueños de verano la rubia de la barra, que te ha visto entrar antes de que tú salieras de casa, sí se deja invitar a una copa y el barman es tu amigo, así que cuando ella se escapa al baño a guiñarle el ojo a otro, pintarse los labios y subirse el vestido, te dice, mientras seca unos vasos con una servilleta blanca: cuidado, chaval, ésta tiene una moneda donde otras tienen un corazón ¿hasta en mis sueños me van mal las cosas? Con el verano hablándome y el tercer vermú sobre la mesa me dije que si por algo merece la pena vivir también debe haber algo por lo que merece la pena morir ¿pero el qué? Cuando volvía a casa ayudado por los edificios de la calle Recoletos, una voz interior me sopló la respuesta: por volver a besar el cuello de Helena después de bañarse una noche en el Mediterráneo.

“Qué difícil es morirse después de oler el perfume de tus manos en el cine” Luis Alberto de Cuenca.

Tengo tantas teorías que creo que un día voy a ponerlas por escrito porque para que no se me olviden porque rara es la semana que no le digo a alguien “yo tengo una teoría sobre eso…”.

¿Adán y Eva tenían ombligo? ¿Se lo dibujan los pintores? Voy a empezar a fijarme.

Una amiga me llama cursi y me quedo con ganas de responderle algo ingenioso, pero como es habitual no se me ocurre nada y simplemente me rio. A los pocos días leo a de Foxá en Madrid de Corte a Checa:

“- Es un cursi.

Se apoyaba con fruición en aquella palabra inventada por la gente vulgar para reírse de lo romántico, como ya existía lo de “primo” para ridiculizar todo lo heroico y generoso”.

Decido que cursi es uno de los mejores piropos que me pueden hacer y lo asumo como una cualidad propia. Se lo cuento a mi amiga y ahora es ella la que se ríe.

¿Y si he vivido ya lo mejor de mi vida?

Mayo 2020

Mientras paseo por casa me entretengo con un podcast donde me dicen que Felipe II era un enamorado del silencio de las piedras de su Escorial. Imagino unas piedras, más pesadas que las del resto por la carga adicional de valores y espiritualidad, entregándole cada mañana a nuestro rey la necesaria educación silenciosa para dirigir varios continentes. Unas piedras que entendían el espíritu del Habsburgo y un Habsburgo tratando de no hacer ruido para no perturbarlas. Qué maravilla.

Durante este mes adicional de reclusión he leído una anécdota de Diógenes el Cínico que se me ha esposado a la mente: Diógenes pasaba por ser un filósofo que no poseía nada excepto un esclavo, un día el esclavo se escapó y le preguntaron a Diógenes que por qué no denunciaba la huida; éste les respondió que si el esclavo podía vivir sin Diógenes, Diógenes debería poder vivir sin el esclavo.

Todo lo que es dado puede ser quitado y todo nos ha sido dado.

Acabo de finalizar a Montaigne y regreso, como un enfermo puntual, a mi médico, Séneca, médico que comparto también con el francés. De alguna manera, muy lejana, pienso que somos de la misma tribu, yo el más bajo en la escala social, el menos importante, pero de la misma tribu.

Si algo he podido hacer durante este periodo de anormalidad es conversar conmigo. Vuelvo la cabeza atrás para observar estos últimos años, hacerme reflexiones y preparar la ruta.

“Me dejo llevar como huésped allí donde me arrastra la tormenta” Horacio.

Algunas veces (muchas veces) no hay que tener opinión de todo.

Leo a Óscar Tusquets “uno se acaba de morir del todo cuando se muere el último que le ha conocido vivo”. Qué fuerza tan poderosa es el recuerdo que cuando un ser querido fallece los vivos nos embarcamos en finalizar sus empresas, perseguir sus sueños, reconocer como propios sus fracasos y hasta pagar sus deudas, reales o imaginarias, si así le podemos mantener bajo llave en alguna habitación de nuestra memoria.

52 días después regreso al mundo de la calle. Dudo que un acontecimiento similar se repita en toda mi vida ¿pero cuántas cosas he creído con la contumaz tozudez de un burro y luego la realidad se precipitó por otro camino?

Opino (aunque no haya que tener opinión de todo) que a Montaigne el paso del tiempo le ha beneficiado porque lo que nos dejó como guía probó ser fiable, auténtico y verdadero, y ahí están los siglos como jueces, pero también por su incontrolable nacimiento como francés y ensayista en tal lengua. En aquella época Francia era un país dividido por las guerras de religión, con una monarquía débil y un pueblo enfrentado, pero los siglos se fueron sucediendo y el Estado se asentó, las matanzas cesaron y el centralismo ganó la batalla. Y como testimonio de la nueva Francia ahí están los siglos XIX y XX ¿cuántos grandes pensadores, escritores, filósofos, incluso superiores a mi gentilhombre, se han ahogado en el mar del olvido porque nacieron en un territorio al que la tempestad hundió?

“Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia” Gabriel García Márquez en sus memorias.

Abril 2020

Los días siguen cayendo como granos en un reloj de arena, con la incógnita todavía de cuándo la mano que no controlamos pondrá el reloj en horizontal. No obstante, este confinamiento está teniendo para mí un efecto balsámico y, por qué no decirlo, también, espiritual. Sé ya que voy a añorar de por vida mi momento matinal, en que, tras hacerme el café a fuego lento, me siento en el sofá con una taza caliente y mi Montaigne. Paladeo al francés junto con la complicidad del único compañero que busco a esas horas: el silencio. La calidad del silencio es tan puro que podría decirse que hasta se huele. En ese silencio con eco, de una solemnidad casi mística, puedo buscar en lo más profundo y encontrar el calmante que necesito. Mis desdichas desaparecen o, por lo menos, menguan. La armonía del Universo, indescifrable todavía para nosotros, se presenta cada mañana en mi salón. Sólo se atreve a replicar a mi callado compañero el segundero de un viejo reloj de mesa, al cual no escucho hablar durante el resto del día, y que obstinadamente me recuerda cada mañana con su tic tac que cada grano de arena caído en el reloj de nuestra vida ya nunca regresará a la cápsula de la que ha salido. He aquí nuestra fragilidad: el tiempo; del que ahora nos acordamos.

“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho” Séneca.

Como veo que me acerco al final de Montaigne, he promulgado una ley en mi castillo: sólo se podrán leer 25 páginas al día de sus Ensayos y siempre por la mañana. Es tan provechosa para mí su lectura que no quiero desperdiciar ni una página por no prestarle la concentración que alguien tan valioso se merece. Cada página leída es como una de esas muestras de un perfume nunca probado que regalan en diminutos frascos en las perfumerías y que con la ilusión más inocente, y hasta infantil, guardas en algún lugar seguro esperando la ocasión justa de usarla – quizás en un viaje especial que todavía no has planeado o quizás en una cena deseada que aún no ha sido fijada – pero que te produce también una leve y extraña sensación de tristeza al acabar de perfumarte y contemplar el pequeño recipiente vacío, porque sabes que este nuevo olor que en unas horas morirá deja ya de ser extraño y, por tanto, pierde la pasión que produce la novedad; en esta lectura, y no sé quién más podría hablar así en la historia universal, cada página leída engrandece al lector de buen corazón pero aún más al autor.

Ayer, mientras leía al gentilhombre, se acercó a saludarnos la lluvia que con fuerza llamó a la ventana para pedirnos pasar a nuestra celebración matinal. Entre todos decidimos aceptarla, así que desayunamos juntos mis dos íntimos amigos, el de Burdeos y el callado, mi segundero, la lluvia y el que escribe. El sonido de la lluvia me produjo una extraña sensación de bienestar y felicidad pero también de recogimiento. Recordé el fragmento de Proust en el que describe el momento en que comienza a escuchar la lluvia caer.

“Un golpecito en el cristal, como si algo hubiera percutido sobre él, seguido de una amplia y ligera caída como de granos de arena que hubieran dejado caer desde una ventana de encima; y luego, la caída extendiéndose, adoptando un ritmo, haciéndose fluida, sonora, musical, innumerable, universal: era la lluvia” Proust en Por el Camino de Swann.

Lo vuelvo a leer y pienso que la belleza puede aparecer en un edificio, en un cuadro, en un verso, en un párrafo pero también en una conversación, en una forma de ser o incluso en una idea, aunque éstas, que son del mundo de lo inaprensible, no podamos medirlas en una escala como solemos hacer con las obras que se plasman sobre lo físico.

Oigo la lluvia y abro la ventana pero no la huelo. Es otra cosa que nos ha robado el confinamiento: los olores.

Comienzo a oír ruidos en la cocina, una taza que se posa en el plato, la cafetera de cápsulas temblando, un grifo abierto; mi madre ya se ha levantado, comienza el día para ella pero también para mí, lo anterior ha sido una ensoñación que no pertenece ni al día anterior ni al día de hoy, es otro universo, en donde el tiempo no puede imponer su tiranía simplemente porque es un concepto que no existe. Me despido de mis amigos hasta la mañana siguiente, aprovecho para dar el último trago al café, encender el ordenador y me dirijo hacia la ducha.

No olvido que mientras yo estoy gozando de una plácida primavera sin olores, y sin más sobresaltos que los de algún pensamiento ingenioso en un libro o la llamada de algún amigo, otros están sufriendo un invierno muy crudo.

“”Hay cosas que jamás se escriben”, exclamó Napoleón al enterarse de la capitulación de Bailén” Stendhal en Rojo y Negro.

Marzo 2020 (II)

Una semana más recluido, reclusión total, ni he salido de casa. Han transcurrido más de 15 días desde la última vez que decidí coger aire pisando una acera y, sin embargo, estoy absolutamente tranquilo, relajado, de buen humor, en paz conmigo y de alguna manera puedo decir que feliz. Mi vida transcurre como debió ser la de un gentilhombre europeo continental antes de la Revolución (la francesa), lecturas, algo de trabajo (cada vez menos), un poco de ejercicio en la bicicleta estática (el gentilhombre daría un largo paseo a caballo -¿no hay un toque de decadencia en todo?-), algo más de lectura al sol y una película de la época dorada de Hollywood cada noche. Los días fluyen cada vez más rápido, de una pequeña lluvia que creíamos que pararía en cualquier momento hemos pasado a una fuerte borrasca que nadie sabe cuándo nos querrá abandonar, lo único que me sobresalta en mi castillo es alguna idea original o un pensamiento desde un ángulo oculto para mí que me muestra mi compañero de reclusión Montaigne.

“Lo leo como otra gente lee la Biblia: abro mi Montaigne y leo una página o dos, al menos una vez por semana, por placer, sin más. Para mí, no hay mayor goce en el mundo” Orson Welles.

He aprovechado el confinamiento para volver a leer Robinson Crusoe. No quedaba en mi memoria más que algún rescoldo sobre Robinson y Viernes, pero muchos menos de los que imaginaba. Según iba avanzando en la lectura me preguntaba si yo realmente había llegado en algún momento este libro en mis manos ¿a qué edad lo leería por primera vez? Cómo es de atrevida la osadía que si alguien me hubiera preguntado antes de esta relectura mi opinión sobre la novela le habría contestado sin inmutarme que era un libro magnífico. Envalentonado es probable que hasta le hubiera insistido que se hiciera con uno. Sí, lo es, es un libro magnífico, pero lo puedo decir ahora que lo he vuelto a descubrir (no hay otra palabra, porque realmente es como si nunca hubiera estado antes en aquella isla) con unos añitos de más y con algunas experiencias en la mochila. Me pregunto ¿cuántas opiniones tengo sobre lugares, libros, películas o incluso personas (puedo seguir con la lista) totalmente erróneas debido a que se basan en razonamientos ingenuos, pueriles o superficiales realizadas por mi personaje de hace 20, 15 ó 10 años el cual era un personaje totalmente diferente al de hoy? En este caso, mi visión juvenil y adulta de Robinson Crusoe han coincidido, pero creo que se debe más al azar que a un juicio sosegado.

Pasan los días y cada vez estoy más convencido de que sería el recluso modelo en prisión. A tal hora se come, a tal hora se lee, a tal hora se sale al patio, a tal hora se apaga la luz. Perfecto, gracias.

Matriculado en el segundo cuatrimestre en arte prehistórico y no he abierto el libro durante este periodo de reposo. Aquí al lado tengo los apuntes observándome mientras tecleo. Dos páginas he leído en 15 días. Me miran como diciéndome: “hasta que no quede un mes no vas a acercarte ¿verdad?”.

El mejor momento del día es entre las 8:30 y 10:30 cuando me hago el café a fuego lento en mi cafetera y tras ojear por encima los periódicos (la decadencia es terrible) me siento en el sofá con mi café caliente y mi vaso de agua. No sé cuál es el segundo mejor momento del día.

Hay algo de vanidad, no lo puedo evitar, en haberme adaptado tan magníficamente a esta reclusión. No lo puedo evitar. Hablo con amigos que no lo llevan tan bien y cuando me preguntan les contesto con un: “bien, ya sabes, sin más… esperando a que esto pase”.

En Teledeporte reponen la contrarreloj de Induráin del año 92 en Luxemburgo. Una de las mayores hazañas del ciclismo moderno. Recuerdo aquella tarde del verano del 92, mientras veía la contrarreloj apuntaba todos los tiempos intermedios para que cuando mi padre se levantara de la siesta pudiera ir al trabajo debidamente informado.

¿Tengo alguna idea propia? Estoy convencido de que no. He cogido de aquí, he copiado de allá y he robado algo de más allá, pero mío, mío y sólo mío, nada. Tampoco creo que muchas personas puedan decir que tiene alguna idea propia. Y no me estoy refiriendo ahora a elevados pensamientos filosóficos. ¿Quién tiene en 2020 una idea propia?

¿Qué haré en cuanto salgo de aquí? Pues continuar mi vida normal. Es más que suficiente. ¿Un pequeño placer que echo en falta? una copa de manzanilla en una terraza con una gilda.

Veo Sospecha de Cary Grant y pienso en el actor de doblaje español ¿cómo debió ser su vida en España siendo la voz de Cary Grant? ¿le reconocerían cuando iba a los bares? el cine es la manera de andar de Cary Grant, su forma de besar, su estilo llevando un traje, su modo de sujetar una copa o una taza, esa forma de sentarse que tenía, el cine es Cary Grant o, mejor dicho, Cary Grant es el cine ¿sucumbió el actor de doblaje al personaje? Yo me habría rendido como el soldado más cobarde que jamás haya ido a una guerra. Puestos a vivir una vida que no es la mía, que sea la de Cary Grant. Habría llevado esa nueva vida hasta el epitafio.

Llega la primavera y pronto olerá a primavera ¿qué olor exhalarán los almendros en flor que había ido descubriendo por Madrid? ¿será una primavera robada la del año 2020?

¿Es primavera?

La colina sin nombre

se ha perdido en la bruma

Haiku de Matsuo Basho.

“Que el cielo siga siendo siempre azul para usted, mi joven amigo” Proust en Por el Camino de Swann.

Marzo 2020

Recluido con mi madre durante el periodo que sea necesario. Mi madre está contenta porque un hijo le hace compañía, aunque quizás hubiera preferido otro hijo para una reclusión. Por las noches vemos una película clásicas. Hemos visto ya Eva al Desnudo, El Apartamento, Las Uvas de la Ira, Historias de Filadelfia y otra que ahora mismo no recuerdo. Esto va para largo pero me distribuyo bien el día entre trabajo, lecturas, películas y algo de ejercicio. Vamos a exprimir a nivel mundial la famosa máxima de Pascal y comprobaremos dónde está el límite de cada uno.

«Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación.» Pascal.

Estaba yendo a clases de sevillanas. Un pequeño reto. No soy muy buen bailarín (traducción: tengo dos patas de palo por piernas y una cintura de titanio)

Me acuerdo de esto de Loriga: “Y por más que ahora quiera ser de una vez el hombre que baila, condenado como está a ser el hombre que mira, no encuentra ya ningún consuelo”. De su libro Ya sólo habla de amor.

Este verano pasé unos días en casa de un amigo en Ibiza. Su retiro ibicenco es de productor de Hollywood de la época dorada y se encuentra cerca de una cala con unas preciosas vistas. La morada es muy luminosa y los vecinos de la urbanización son de los considerados “ilustres”. A mi amigo le ha ido muy bien con sus negocios y una tarde nos hizo un reflexión que me persigue desde entonces. Nos comentaba, con total franqueza y sin exagerar, que creía haber alcanzado ya todos las metas profesionales que se había ido poniendo y que al llegar a la cima, no había sentido nada, ni un especial orgullo, ni tampoco un placer diferente al de otras ocasiones, nos insistía en que ahí arriba no hay nada y que ahora sin metas se sentía perdido en el plano profesional. Yo miraba a todos los lados, de frente el Mediterráneo, a la izquierda la piscina, a la derecha un campo de fútbol sala y pensé que quizás es cierto aquello que tantas veces he escuchado y que nunca había querido creer (quizás porque opinaba que tiene algo de cursi o, a lo mejor, porque me suena a excusa fácil de aquellos que prefirieron renunciar a las metas y esconder así un fracaso cuyo culpable es la pereza o la vagancia), la idea de que el camino no sólo es lo importante, sino lo único; de que realmente no hay metas o que si las hubiera el fin no es alcanzarlas sino lo que te ha ido ocurriendo durante el proceso: la gente que has conocido, los esfuerzos que has hecho, los sueños que has tenido, las esperanzas que te has ido creando. Ahora sí que tengo dudas, dudas sobre todo.

Pensando tanto en ello, hoy me he encontrado esta frase de Montaigne que he subrayado: “El papel propio de la verdadera victoria es la lucha, no la salvación; y el honor de la virtud radica en combatir, no en vencer”.

No me gustan las fotos coloreadas. Es como el mal periodismo, te dejan ver la noticia pero no te permiten acercarte a la realidad.

Al irme de mi casa no he podido comprar flores estos dos últimos viernes. Las últimas que compré fueron gerberas y crisantemos. Seguirán en el jarrón muriendo cada día un poco, lentamente. Siento pena por ellas.

El año que me apunto a aprender sevillanas suspenden todas las ferias por una pandemia mundial.

En la terraza de Ibiza olía a dama de noche. Qué maravilla de olor, qué sensación de sentirse libre, en paz, feliz, y deseoso de emprender nuevas empresas y todo gracias una copa de vino blanco (era José Pariente), el olor de la planta y una noche de verano en el Mediterráneo.

Veo tocar el violín con pasión, manejándolo como si fuera una extremidad más de su cuerpo, y yo que no sé hacer nada, me quedo fascinado.

Me he dado cuenta paseando estas últimas semanas por Madrid de que hay muchos almendros en flor por sus calles. Tantos años viviendo aquí y no había visto ni uno antes. Miro pero no veo. ¿En cuántas más cosas seguiré ciego?

De la biografía de Sila paso a leer las Catilinarias de Cicerón, de ahí a El Orador y Las Paradojas de los Estoicos, también de Cicerón, Séneca nunca consideró a Cicerón un estoico porque estaba alejado del modelo estoico de no buscar gloria ni riquezas. La tercera o cuarta Catilinaria es una autoalabanza para decirnos que él salvo a Roma y se compara con Rómulo y Mario. Acabo de terminar el capítulo que Montaigne le dedica a Cicerón.

“¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?” cambias Catilina por cualquier otro nombre y encaja perfecto.

No me gusta el mensaje que se está lanzando durante la pandemia de que todo saldrá bien, básicamente porque es mentira. No saldrá bien para la gente que fallezca, que ya son miles y serán decenas de miles más, tampoco para sus familiares que nunca se recuperarán; y qué decir de la economía, donde tendrán que tomarse las mismas medidas que en una época de guerra: quitas de deuda, que las empresas dejan de producir en lo suyo para producir bienes de primera necesidad, desempleo, más deuda, nacionalizaciones… El mensaje es seguir infantilizando la sociedad. Pero todavía hay algo que me gusta menos, que nos muestren a niños lanzando el dichoso mensaje de que todo saldrá bien o haciéndoles dibujar pancartas para colgarlas en los balcones.

Veo con mi madre Cantando bajo la Lluvia y pienso que si la definición de bailar del diccionario encuadra tanto a lo que hago yo en mis clases de sevillanas como a lo que hacen Ginger Rogers y Donald O’Connor estamos ante un tremendo error que la RAE debería subsanar el mismo día que levanten el confinamiento.

Montaigne se retiró voluntariamente a los 38 años a una torre de su castillo a escribir sus ensayos.

“Dudar me gusta tanto como saber” de Dante, lo cita Montaigne.

Qué pena me da haberme dejado en mi casa de Madrid los Diarios de Iñaki Uriarte. Es el compañero perfecto para estos tiempos de reclusión. Libro de mesilla de noche, leer una página y cerrarlo. Tiempos convulsos dicen algunos ¿pero cuándo no ha vivido la humanidad tiempos convulsos?

Febrero 2020

¿Y si la pereza no fuera tan horrible (pecado capital) porque así los malos no llegan a realizar algunas de sus malvadas actuaciones?

Ha fallecido David Gistau. Le conocí en enero de 2014, el mismo día que conocí a Jabois. Quedamos a comer un sábado en un restaurante de la plaza Marqués de Salamanca. Era un tipo cercano. Luego escribió dos artículos en el ABC en los que me citaba y que, obviamente, me hicieron mucha ilusión. Los tengo aquí en casa guardados en una especie de baúl debajo de una mesa del salón. Nunca los he vuelto a leer. En ese baúl he ido metiendo momentos de mi vida que merecen la pena ser recordados, la mayoría son recuerdos agradables pero hay algunos que todavía duelen y dolerán siempre. Así de primeras, me vienen a la cabeza algunos recuerdos encerrados en el baúl: las bandas de graduación de la universidad, los artículos de Gistau, la esquela del fallecimiento de mi padre, entradas de partidos del Madrid, un artículo que le escribió un amigo de mi padre en El Diario Montañés uno o dos años después de su fallecimiento, sé que hay fotos pero no recuerdo de qué, la factura de alguna comida con amigos que merece la pena ser recordada… ¿qué tendré guardado que ahora no recuerdo? Nunca me he atrevido a abrir el baúl, cuando meto algo, que no es muy a menudo, lo tiro sin mirar y sin orden. Algún amigo lo llamaría vertedero emocional, pero yo creo que es más como un trastero emocional. Un lugar donde vas dejando recuerdos sin ningún tipo de orden y a donde no quieres nunca ir pero que, sin embargo, te da cierta tranquilidad saber que existe; es como una especie de herencia de mi paso por la Tierra. Con la muerte de Gistau pensé en abrirlo y leer los dos artículos. No he tenido fuerza. Ahí sigue el baúl, mirándome mientras escribo. Estoy recordando el chorro de voz de Gistau. Descanse en paz.

Séneca sobre la brevedad de la vida: “No hallamos a nadie que quiera compartir su dinero: ¡entre cuántos distribuye cada uno su vida! Son parcos a la hora de conservar su patrimonio: tan pronto llegó la ocasión de perder el tiempo, son muy derrochadores de su tiempo, única cosa en la que ser avaricioso es una virtud”.

En el hotel Uro con C., llega el pianista, nos saluda y se pone a tocar. Estamos solos a excepción de un señor mayor inglés, muy mayor, que habla con el pianista y se emociona con las canciones que van sonando. Precisamente a Gistau le leí un par de veces que Manuel Vincent le decía que hacerse mayor es que te reconozcan los pianistas de los hoteles. C. me pide que hable con el pianista para pedirle Piano Man, cuando suena se acerca a mí y se emociona. Hay momentos, situaciones o recuerdos que no se pueden meter en el baúl pero que, no obstante, siempre quedarán guardados y clasificados en mi memoria. Éste es uno de ellos.

¿Qué es mi (la) vida sino recuerdos?

Día de San Valentín y he tenido examen en la UNED de historia antigua. Me ha ido bien: civilización minoica, religión en el Imperio Antiguo, la tetrarquía… hacía tanto tiempo que no escribía tan seguido a mano que me ha estado doliendo gran parte del examen. Cuando he salido había un sol madrileño de febrero, era viernes por la tarde y he sentido la misma liberación que puede sentir un preso al abandonar la cárcel, pero si algo he disfrutado al volver paseando a casa ha sido un momento de felicidad. La misma que cuando salías contento de un examen a los 19 años. Al final, la vida no cambia… tanto.

Hoy hace ocho años que falleció mi padre. Sólo somos recuerdo.

También Séneca: “vivís como si fuerais a vivir eternamente, jamás os acordáis de vuestra fragilidad, nunca reparáis en cuánto tiempo se os ha ido ya”. La parte en negrita yo lo traduzco así: vivimos como si fuéramos inmortales.

Es viernes y me he comprado flores. He decidido que a partir de ahora siempre tendré flores en casa. Las he puesto en el centro de la mesa del salón. Para este primer ramo he dejado que la dependienta decidiera. Qué maravilla, cómo huele la casa. Me quedo mirándolas mientras leo desde el sofá, me dan alegría y producen belleza ¿quién puede decir que dejará el mundo aportando alegría y belleza al resto?

He visto la película Lady Bird. Hacía mucho que no veía una película con tanta sensibilidad. No parece de nuestra época.

Sábado y tengo un cumpleaños en club Allard. Me he puesto el esmoquin. No se me ocurre un acto más revolucionario en el 2020.

Estoy deseando llegar a casa para ver las flores.

He leído un biografía de Sila para el examen de historia antigua y profundizar en las guerras civiles entre Mario y Sila. Me ha fascinado el personaje de Sila; sobre todo porque tras convertirse en dictador (sanguinario) y emprender una serie de reformas, decidió abdicar y retirarse a vivir como un ciudadano más los últimos años de su vida. ¿Quién ha podido tener más poder que un dictador romano? Nadie sabe por qué decidió abdicar. Dice Plutarco que tras la abdicación: “paseaba por el Foro como simple ciudadano, exponiendo su persona a los atropellamientos e insultos.” ¿Quién haría algo así en el 2020?

Cambio todos los días por la mañana el agua a las flores, me produce paz y también alegría. Qué bien huele la casa.

Enero 2020 (II)

Cuando me voy de un hotel, me gusta dejar mi habitación perfectamente recogida. Me parece una de las mejores maneras de comprobar la educación de una persona.

Voy a una misa a la catedral de Cuenca. Creo que hace más de 15 años que no iba voluntariamente a misa. Duró exactamente 27 minutos. El cura muy teatral pero muy bien. Me pareció un profesional. Sabe cuál es su profesión. La misa también me gustó, que se celebrara en la capilla Honda ayuda.

El lateral del ayuntamiento de Madrid por Paseo del Prado es muy bonito. Mucho más que la fachada principal. Nunca me había fijado.

Dicen que uno sabe que se ha hecho mayor porque comienza a pensar más en la resaca del día después que en la diversión de la noche. Hoy estaba viendo la clasificación de la liga y he pensado “¿pero el Osasuna está en primera este año?” Esto sólo te puede ocurrir cuando ya has dejado la juventud.

No me gusta viajar en preferente. Tengo la sensación de que no me lo merezco.

Todo lo que he podido pensar yo, incluso la mayor locura, ya lo ha pensado alguien en algún momento de la humanidad.

Me han dado una mala noticia un viernes ¿no podían haber esperado al lunes? Nada habría cambiado si me lo hubieran dicho el lunes y no me habrían arruinado el fin de semana. Dar noticias malas los viernes es de una completa falta de educación.

He dejado de comprar periódicos. El nivel es cada vez más bajo. Mi padre, que fue un gran lector de periódicos, siempre lo llevaba doblado para que nadie supiera cuál compraba. En un quiosco te significas políticamente casi tanto como en un mitin.

“Somos los que ya no son” dice José Luis Garci refiriéndose a los padres.

Mi peluquero nunca acepta que se haya podido equivocar. Es fantástico.

Donde me ponían el café americano con jarrita han dejado de hacerlo. A lo mejor me leen.

Sobre el café leo esto verso de Henrik Nordbrandt:

La llovizna

cae en mi café

hasta que se enfría

y se sobra

hasta que se sobra

y se aclara

de forma que se hace visible

la imagen del fondo.

Me recomienda Netflix una serie sobre la caída de Bizancio, que es como si un atlético llegara cansado del trabajo un lunes, encendiera la tele y su mujer le recomendara volver a ver la final de Lisboa justo en el momento del cabezazo de Ramos. Las máquinas tienen que mejorar.

“No hubo ni habrá jamás suceso más terrible», anotaba un monje entre las cenizas de la derrota.

Acabo de terminar Shoe Dog, la biografía del fundado de Nike, y me quedo con la sensación de que ha sido un desgraciado y que su vida no ha sido feliz. Algunos me dirán ¿y quién ha sido feliz en esta vida? Algunos puedo ser yo, por ejemplo.

Leo a Ignacio Vidal Foch en El País sobre Cioran “Algunos libros no existen para leerse más o menos de corrido, sino para tenerlos a mano y hojearlos de vez en cuando, leer una página o dos y volver a cerrarlos”. Algo así me pasa a mí con Cowboys de Medianoche, los tengo todo el día puestos en casa de fondo, como un ruido necesario. ¿Qué será de mí si un día quitan Cowboys de Medianoche? Recuerdo que mi abuela tenía siempre puesta en casa Radio Nacional de España y dormía pegada al transistor. Aún recuerdo la melodía de Radio Nacional, cada vez que la escucho veo a mi abuela en Santander. Qué extrañeza me producía de pequeño y mírame ahora.

Otro verso más de Henrik Nordbrandt:

En la plaza de Israel

Ojalá nunca hubieras venido

así la noche tampoco habría pasado nunca.

Y ojalá no te hubieras quedado

así la mañana tampoco habría llegado nunca.

Ojalá no se hiciese nunca verano

así el verano estaría siempre acercándose

Que se parece mucho a la gran canción de Armando Manzanaro:

Reloj no marques las horas

Porque voy a enloquecer

Ella se irá para siempre

Cuando amanezca otra vez

Nomás nos queda esta noche

Para vivir nuestro amor

Y tu tic-tac me recuerda

Mi irremediable dolor

Reloj detén tu camino

Porque mi vida se apaga

Me encantaría ver Lo que el viento se llevó en pantalla grande. Creo que tendría mucho éxito que los cines recuperaran películas clásicas. Yo hasta empezaría a ir.

¿De qué sirven las palabras si no me puede explicar?

Enero 2020

Ahora que estoy estudiando historia antigua, me encuentro que muchos días mientras voy caminando hacia al trabajo le explico a un compañero imaginario La Eneida o las Guerras Médicas. No sé muy bien por qué hago esto, ya que nadie me va a pedir nunca que le cuente La Eneida o las Guerras Médicas; y yo tampoco se lo voy a contar a nadie si no me lo piden. El caso es que según llego al trabajo caigo en la cuenta de que llevaba todo el camino con los auriculares puestos con música de fondo. Ni me había enterado. Así llevo semanas.

Las ostras en Madrid siempre cuestan lo mismo, o por lo menos en los sitios donde yo las encuentro: 4 ó 4,5 euros. Nunca me han parecido un signo de distinción. Yo a veces también las he pedido para ver si me empiezan a encantar (y, ojo, me gustan pero no me vuelven loco), a mí hay cosas que me gustaría que me encantaran pero no lo consigo: como el jazz, el whiskey o la ópera. Cuando veo a gente disfrutar tanto con estos placeres siento envidia. Aunque imagino que en muchos habrá algo de pose. Volviendo a las ostras, creo que una buena croqueta es mejor que una ostra y cuesta menos de la mitad. Esta es una opinión prohibida, lo sé. En Can Carlos en Formentera comí una ostra rebozada buenísima. Tengo ganas de volver a Can Carlos, me pareció un restaurante precioso. También es verdad que en verano todo sabe diferente (mejor).

Una compañera del trabajo me dijo una vez que se me nota que hablo mucho solo porque no paro de gesticular. Me he fijado y, la verdad, es que tiene razón. Hay veces que voy por la calle moviendo los brazos y discutiendo en debates imaginarios. «Pasas tanto tiempo solo que con quien más hablas es contigo» me contestó cuando le dije que tenía razón.

Cuando compro un libro de tapa dura lo primero que hago es olerlo. Sin embargo, en los de tapa blanda no suelo hacerlo.

Leo en el manual de historia antigua que Trajano en el 114 d.C. trató de frenar el despoblamiento rural. La Roma vaciada.

«A algunos ya sólo nos queda la frivolidad» me encanta esta frase.

Llevo años diciendo que me tengo que comprar un buen paraguas. Pero sigo sin paraguas. No sé cuántos paraguas habré olvidado en mi vida. Creo que hay algo en mi interior que me dice: «no te gastes dinero en un paraguas que lo vas a perder el segundo día de lluvia y luego te llevarás un disgusto. Si nos conocemos».

El otro día discutíamos unos amigos sobre si los matrimonios debían dormir en la misma cama. A día de hoy me parece la respuesta más lógica a un conflicto como el matrimonio. El día que quieras encontrarte con tu mujer pues te encuentras, pero hasta entonces ¿por qué tener que estar sufriendo en la cama por las rutinas del otro? Una de las cosas que más me marcó de la serie de Downton Abbey es que los condes solían dormir en camas diferentes. ¡Eso sí que es un signo de distinción y no comer ostras! «Hija, no te equivoques, el secreto de un matrimonio largo y feliz es tener baños diferentes» le dijo la abuela a una amiga. Mi amiga es aristócrata, así que empiezo a ver un patrón común. Le he dado muchas vueltas a ese consejo y me parece que la abuela de mi amiga tiene razón. Pienso que hay consejos como éste que valen más que cualquier libro de autoayuda y la gente pasa por encima de ellos por considerarlos frívolos.

Como ahora todo el mundo habla de política y a mí no me gusta hablar de política (y aquí jamás hablaré de política) acabas pensando en algún tema político candente. Es increíble la cantidad de veces en los últimos años en los que he cambiado de opinión sobre asuntos en donde creía tener una base sólida de pensamiento y, por tanto, inamovible. Lo cual me ha recordado a la frase que Sánchez-Ferlosio le dedicó a Manuel Vincent: «no es de valores eternos, pero sí de placeres efímeros». Apuntada queda.

Sobre placeres efímeros, me estoy acostumbrando a pedir fuera de casa café americano. Noto que me sienta mejor. La mayoría de las veces, el camarero ya me trae en la taza el agua caliente mezclado con el café y yo lo único que tengo que hacer es remover el café con la cucharilla hasta que se enfríe. Operación que en algunas cafeterías me lleva más de cinco minutos. Sin embargo, hay veces (las menos) que me viene el café sin el agua hirviendo y con una jarrita al lado para que me lo sirva yo. No sé qué hacer. Me quedo paralizado. ¿Cuánto me echo? ¿cuántas veces? ¿habrá un experto en café americano al lado mirándome a ver si lo hago correctamente y sino contárselo a su joven y guapa acompañante que mi mirará disimuladamente y se reirá de este pobre paleto?

No me gusta que en los libros no traduzcan párrafos o versos de otros idiomas. Especialmente el francés porque no lo hablo y siempre he querido hablarlo. Es una de esas espinas que sabes que ya siempre vas a tener. Según te vas haciendo mayor te vas recubriendo de espinas.

Me gustan mucho las mujeres que van sin medias en invierno. Demuestran actitud y sentido estético. Son las modernas Aníbal cruzando los Alpes con elefantes.

Una de las cosas malas de escribir es que luego queda todo por escrito.

He leído una biografía de Alejandro Magno de Robin Lane Fox que no me ha gustado mucho porque el autor está enamorado del personaje. En mi experiencia, lo que suele pasar con las biografías es que el autor está enamorado del personaje o le odia; por ello, prefiero las autobiografías: ya sabes a lo que te enfrentas.

¿Nunca nadie se ha hecho la pregunta de si Aristóteles fracasó como filósofo ya que fue el tutor de un joven Alejandro que luego se autoproclamó Dios, fue un genocida (sí, era otra época) y mató a sus amigos cuando iba borracho en ataques de cólera? Imagino que no soy el único en la historia que se ha hecho esta pregunta.

Me he venido hoy al trabajo explicándole, y con buena dicción, a mi amigo imaginario las Guerras Púnicas; primero perdieron Sicilia, luego Córcega y Cerdeña, ah y las Guerras de los Mercenarios, luego las luchas en Hispania y cómo Aníbal cruzó los Alpes y derrotó a los romanos pero, y no sé se sabe muy bien por qué, Aníbal no se atrevió a atacar a Roma y los cartagineses acabaron totalmente destruidos. Se construyó una nueva ciudad romana sobre Cartago. Espero, por lo menos, no haber gesticulado mucho hoy por el camino.