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Enero 2020

Ahora que estoy estudiando historia antigua, me encuentro que muchos días mientras voy caminando hacia al trabajo le explico a un compañero imaginario La Eneida o las Guerras Médicas. No sé muy bien por qué hago esto, ya que nadie me va a pedir nunca que le cuente La Eneida o las Guerras Médicas; y yo tampoco se lo voy a contar a nadie si no me lo piden. El caso es que según llego al trabajo caigo en la cuenta de que llevaba todo el camino con los auriculares puestos con música de fondo. Ni me había enterado. Así llevo semanas.

Las ostras en Madrid siempre cuestan lo mismo, o por lo menos en los sitios donde yo las encuentro: 4 ó 4,5 euros. Nunca me han parecido un signo de distinción. Yo a veces también las he pedido para ver si me empiezan a encantar (y, ojo, me gustan pero no me vuelven loco), a mí hay cosas que me gustaría que me encantaran pero no lo consigo: como el jazz, el whiskey o la ópera. Cuando veo a gente disfrutar tanto con estos placeres siento envidia. Aunque imagino que en muchos habrá algo de pose. Volviendo a las ostras, creo que una buena croqueta es mejor que una ostra y cuesta menos de la mitad. Esta es una opinión prohibida, lo sé. En Can Carlos en Formentera comí una ostra rebozada buenísima. Tengo ganas de volver a Can Carlos, me pareció un restaurante precioso. También es verdad que en verano todo sabe diferente (mejor).

Una compañera del trabajo me dijo una vez que se me nota que hablo mucho solo porque no paro de gesticular. Me he fijado y, la verdad, es que tiene razón. Hay veces que voy por la calle moviendo los brazos y discutiendo en debates imaginarios. «Pasas tanto tiempo solo que con quien más hablas es contigo» me contestó cuando le dije que tenía razón.

Cuando compro un libro de tapa dura lo primero que hago es olerlo. Sin embargo, en los de tapa blanda no suelo hacerlo.

Leo en el manual de historia antigua que Trajano en el 114 d.C. trató de frenar el despoblamiento rural. La Roma vaciada.

«A algunos ya sólo nos queda la frivolidad» me encanta esta frase.

Llevo años diciendo que me tengo que comprar un buen paraguas. Pero sigo sin paraguas. No sé cuántos paraguas habré olvidado en mi vida. Creo que hay algo en mi interior que me dice: «no te gastes dinero en un paraguas que lo vas a perder el segundo día de lluvia y luego te llevarás un disgusto. Si nos conocemos».

El otro día discutíamos unos amigos sobre si los matrimonios debían dormir en la misma cama. A día de hoy me parece la respuesta más lógica a un conflicto como el matrimonio. El día que quieras encontrarte con tu mujer pues te encuentras, pero hasta entonces ¿por qué tener que estar sufriendo en la cama por las rutinas del otro? Una de las cosas que más me marcó de la serie de Downton Abbey es que los condes solían dormir en camas diferentes. ¡Eso sí que es un signo de distinción y no comer ostras! «Hija, no te equivoques, el secreto de un matrimonio largo y feliz es tener baños diferentes» le dijo la abuela a una amiga. Mi amiga es aristócrata, así que empiezo a ver un patrón común. Le he dado muchas vueltas a ese consejo y me parece que la abuela de mi amiga tiene razón. Pienso que hay consejos como éste que valen más que cualquier libro de autoayuda y la gente pasa por encima de ellos por considerarlos frívolos.

Como ahora todo el mundo habla de política y a mí no me gusta hablar de política (y aquí jamás hablaré de política) acabas pensando en algún tema político candente. Es increíble la cantidad de veces en los últimos años en los que he cambiado de opinión sobre asuntos en donde creía tener una base sólida de pensamiento y, por tanto, inamovible. Lo cual me ha recordado a la frase que Sánchez-Ferlosio le dedicó a Manuel Vincent: «no es de valores eternos, pero sí de placeres efímeros». Apuntada queda.

Sobre placeres efímeros, me estoy acostumbrando a pedir fuera de casa café americano. Noto que me sienta mejor. La mayoría de las veces, el camarero ya me trae en la taza el agua caliente mezclado con el café y yo lo único que tengo que hacer es remover el café con la cucharilla hasta que se enfríe. Operación que en algunas cafeterías me lleva más de cinco minutos. Sin embargo, hay veces (las menos) que me viene el café sin el agua hirviendo y con una jarrita al lado para que me lo sirva yo. No sé qué hacer. Me quedo paralizado. ¿Cuánto me echo? ¿cuántas veces? ¿habrá un experto en café americano al lado mirándome a ver si lo hago correctamente y sino contárselo a su joven y guapa acompañante que mi mirará disimuladamente y se reirá de este pobre paleto?

No me gusta que en los libros no traduzcan párrafos o versos de otros idiomas. Especialmente el francés porque no lo hablo y siempre he querido hablarlo. Es una de esas espinas que sabes que ya siempre vas a tener. Según te vas haciendo mayor te vas recubriendo de espinas.

Me gustan mucho las mujeres que van sin medias en invierno. Demuestran actitud y sentido estético. Son las modernas Aníbal cruzando los Alpes con elefantes.

Una de las cosas malas de escribir es que luego queda todo por escrito.

He leído una biografía de Alejandro Magno de Robin Lane Fox que no me ha gustado mucho porque el autor está enamorado del personaje. En mi experiencia, lo que suele pasar con las biografías es que el autor está enamorado del personaje o le odia; por ello, prefiero las autobiografías: ya sabes a lo que te enfrentas.

¿Nunca nadie se ha hecho la pregunta de si Aristóteles fracasó como filósofo ya que fue el tutor de un joven Alejandro que luego se autoproclamó Dios, fue un genocida (sí, era otra época) y mató a sus amigos cuando iba borracho en ataques de cólera? Imagino que no soy el único en la historia que se ha hecho esta pregunta.

Me he venido hoy al trabajo explicándole, y con buena dicción, a mi amigo imaginario las Guerras Púnicas; primero perdieron Sicilia, luego Córcega y Cerdeña, ah y las Guerras de los Mercenarios, luego las luchas en Hispania y cómo Aníbal cruzó los Alpes y derrotó a los romanos pero, y no sé se sabe muy bien por qué, Aníbal no se atrevió a atacar a Roma y los cartagineses acabaron totalmente destruidos. Se construyó una nueva ciudad romana sobre Cartago. Espero, por lo menos, no haber gesticulado mucho hoy por el camino.

Invulnerable

Una de las pocas lecciones que uno aprende cuando ya por fin se ha hecho mayor ¿a qué edad es eso? es que la vida consiste en perder. Quizás es la única lección que realmente se aprende en esta vida. Cuando eres joven e inmortal los sueños son realizables, los caminos tienen un destino y las preguntas respuestas. Pero pasan los años y las desilusiones se amontonan, los reveses te llueven y todo en lo que crees en algún momento se desmorona.

¿Quién no ha perdido alguna vez? No conozco a nadie. La vida consiste en lidiar con la derrota, en saber manejarla. Quien nunca ha perdido nunca ha tenido sueños, ni ilusiones, no se ha hecho preguntas; pero quién sabe, quizás la felicidad consista en no hacerse demasiadas preguntas.

Nos refugiamos en el pasado para colonizar un nuevo país sin fracasos que jamás ha existido. «Mi lugar favorito es el pasado» decía Arcadi Espada en un artículo donde recordaba comidas que probablemente nunca disfrutó. Vivimos sobre recuerdos, unos reales y otros imaginarios.

En El Crack Cero, la mejor película que he visto en 2019, Germán Areta, el detective protagonista, dice una frase que resume una vida ¿mi vida? ¿todas las vidas? (escribo de memoria, así que me traerá lo que ella quiera): «sí, soy un perdedor, pero un perdedor muy bueno».

Cuando uno empieza a acostumbrarse a perder puede comenzar a vivir, ese pasito al lado que se da para ver las cosas con más calma, sin prisa, con la tranquilidad de saber que los palos van a llegar y que tan bien resume Séneca en la mejor frase que le he leído: «Invulnerable no es el que no recibe daño, sino el que sabe aguantar los golpes». Me gusta Séneca en sus libros sobre la firmeza del sabio, sobre el ocio, sobre la tranquilidad del alma, sobre la brevedad de la vida y las cartas a Lucilio. Escribe desde la derrota, porque es desterrado siendo el hombre más rico del imperio romano, y nos guía sobre cómo tratarla.

¿Qué es para mí la clase? Mantenerse en pie mientras todo lo que te rodea se hunde. Es decir, perder mejor que el resto. Perder con estilo. Pero aprender a perder no quiere decir dejar de luchar, porque conformarse a perder sería otra forma de morir.

Feliz Navidad

Mi segunda novela

Hay edificios que los arquitectos diseñan sólo para impresionar a otros arquitectos, igual que hay mujeres que sólo consiguen impresionar a otros mujeres. No era el caso de Andrea. Dios la había creado para seducir a todos los seres vivos que fueran pasando por su vida. ¿Qué más puedo decir de Andrea? Pues que sólo a un muerto dejaría indiferente. Ah, y que a Andrea todo el mundo le llamaba Andrea. Esto es fundamental en una vida, yo, por ejemplo, me llamo Ramón pero la gente siempre me ha llamado Cincín. Parece una diferencia sin importancia, pero tengo la teoría de que las personas que no se hacen llamar por su nombre de pila completo no se respetan, ellos mismos, digo. Y yo soy un ejemplo perfecto.

El día que conocí a Andrea en la fiesta de la embajada italiana en París me invitó a tomar una copa de champagne. Yo odiaba el champagne, y más sin comida, debido a que me produce una terrible acidez. Sin embargo, y aquí otro buen ejemplo que reafirma mi teoría sobre el auto-respeto, a los pocos días de nuestro primer encuentro en la embajada abandoné prácticamente cualquier bebida para beber sólo champagne, incluso compré varias cajas por si algún día tenía que cenar solo en casa. Cambiar de bebida por una mujer reafirmaba otra de mis teorías, pero que no viene ahora a cuento desarrollar. En cualquier caso, he de decir en mi defensa, que ha sido la primera y única vez que he cambiado de bebida por una mujer.

Algunos se preguntarán por qué bebía champagne, incluso cuando no estaba con ella, si me produce una continua acidez. La respuesta es muy simple, en cada copa que me servían veía a Andrea. Lo cual empezaba a hacer llevadera una existencia como la mía que, y aquí no quiero mentir, siempre se había inclinado entre el hastío en algunas ocasiones y la mediocridad en la mayoría. Quizás también debiera comentar, para que se me conozca un poco más, que yo era un habitual de la mayoría de las fiestas, eventos y cócteles que embajadas, agencias de comunicación, revistas de moda y joyerías daban en París. Lo cual me acabó provocando una acidez crónica en mi estómago debido a que, y creo que la gente que ha asistido en París a estas fiestas, eventos y cócteles podrá confirmar, el alcohol es la única salida que un desgraciado como yo tiene para soportar a la mayoría de los invitados. 

Andrea me había quitado mi dignidad y, además, me había producido un quemazón continuo en mi estómago -sobre el del corazón ya hablaré más tarde-, pero ¿qué me había dado Andrea? Esperanza, me había dado esperanza, y eso es lo más magnífico en una vida. La esperanza de que un día me amaría.

Así comenzará mi segunda novela que será un éxito de público, aunque no tanto de crítica. Ganaré suficiente dinero para dejar, por fin, mi trabajo y dedicarme a lo que más me gusta: tratar de buscar la infelicidad cuando soy feliz. 

Gracias al éxito de esta segunda novela se volverá a reeditar mi primera novela, que fue un rotundo fracaso de público, no llegó ni a los 150 ejemplares vendidos, pero que, paradójicamente, fue mejor de crítica, ya que al contrario que mi segunda novela no obtuvo ninguna crítica negativa. Es verdad, que tampoco obtuvo ninguna crítica positiva. Ésta será la anécdota que contaré entre risas, y con una copa de champagne en la mano, en todas las entrevistas, presentaciones de libros, fiestas, eventos y cócteles que ahora empezarán a hacer en mi honor como escritor de éxito. La vida es fácil cuando te va bien, las respuestas ingeniosas se aparecen, los lunes pasan a ser jueves y hasta te crees que los taxistas te sonríen. 

Sin embargo, todo se derrumbará cuando descubran que mi primera novela «La Carta» fue una copia casi exacta de una novela italiana, no muy larga, de principios del siglo XIX que se titulaba “La Lettera”. La Lettera narra la historia de un chico, Alonso, originario de un pequeño pueblo italiano, que se enamora de una chica, Alesia, originaria de una ciudad y que veraneaba todos los años en el pueblo de Alonso. Tuvieron un romance durante varios de eso veranos que finalmente no fructificó en relación seria porque él debía quedarse a vivir en su pueblo y ella debía quedarse a vivir en su ciudad. Alonso se enamoró más que ella, esto es siempre así, siempre ellos se enamoran más, también a principios del siglo XIX, y para que Alesia no le olvidara le escribía todos los 12 de agosto una carta por su cumpleaños. Alesia nunca hizo mucho caso a las cartas hasta que un año la lettera no se presentó en su buzón; intrigada volvió al pueblo y se entera de que Alonso había fallecido. A partir de entonces, Alesia comienza un viaje hacia su interior para descubrir que seguía enamorada de Alonso. Tras este descubrimiento su vida comienza a derrumbarse por el sentimiento de pérdida del amor de su vida y muere al cabo de unos pocos meses de una profunda pena.

Cuando me sentaron ante el juez traté de demostrar mi inocencia y juré que jamás había leído esa dichosa novela italiana. Defendí que era pura casualidad -porque las casualidades existen en este mundo, señor juez- que el autor de las dos novelas se llamara Alonso, y -porque insisto, señor juez, que la vida está llena de causalidades-, que si el título de mi libro era una mera traducción al español de La Lettera se debía a una de esas tantas casualidades que nos rodean. En mi defensa también expuse, porque tenía argumentos muy sólidos para defenderme, que el pueblo italiano del libro era Cefalù, que nada tiene que ver con el Cefalú de mi libro, y que mientras en la novela italiana la protagonista se llamaba Alessia, en mi novela el personaje femenino era Alesia -Alesia, señor juez, Alesia, con una sola s, ¿me oye?-. Obviamente, también expuse el argumento más contundente en defensa de mi inocencia, mientras en La Lettera Alonso le mandaba cartas escritas a mano a Alessia con una pluma de oca, mi Alonso le mandaba un wasap a Alesia (con una sola s) cada 12 de agosto. Lo cual, sin ser yo un experto en leyes me parece una diferencia más que significativa. A la pregunta de su señoría sobre la coincidencia de que en ambas libros el cumpleaños de Alessia, o Alesia, fuera el 12 de agosto, le argumenté con educación que en el casino muchas veces salen dos 7 seguidos en la ruleta y nadie empieza a gritar “¡trampas, trampas!”, o, por lo menos, en los casinos que yo frecuentaba.

La campaña que sufrí de la prensa por mi condena por plagio hizo que se investigara mi segunda novela, descubriendo que el premio que había recibido, sí, gané el premio literario con la mayor gratificación económica que existe en español, había sido comprado.

Yo nunca supe lo del amaño, pero mi editor me confesó que la única forma de conseguir un premio donde participen escritores es directamente amañándolo. Según me dijo, esta práctica es totalmente habitual en todos los premios literarios, donde autores, jurado y editores están perfectamente conchabados. Juro que yo no sabía nada, pero tras mi condena por plagio yo no iba muy sobrado de credibilidad.

Así que sin el dinero del premio, con todos mis bienes embargados para dárselos a los sucesores del italiano y mi orgullo por los suelos, tuve que replantearme volver a realizar la tarea más indigna a la que un hombre puede ser forzado: trabajar. Todos sabemos que los escritores, toreros, pintores, fotógrafos y promotores inmobiliarios eligen su profesión para no tener que trabajar un sólo día de su vida. Yo ya no entraba en esa categoría de elegidos. Había sido expulsado del verdadero paraíso.

No me quedaba otra y tuve que volver a mi antiguo jefe para rogarle que me permitiera «reincorporarme a este gran equipo de profesionales», explicándole lo mucho que echaba en falta por las mañanas el sabor del café de la máquina, las anécdotas de las vacaciones de mi compañeros con sus familias o lo vacía que es la vida del escritor, despertándose cada día a una hora diferente y con resaca -como los animales, jefe, eso no es vida, se lo juro-. Incluso me vine un poco arriba y le pregunté si había conseguido matricular a sus hijos en aquel colegio concertado del que tanto me hablaba cuando trabajábamos juntos, aquí creo que notó que estaba desesperado por conseguir el trabajo.

Me readmitieron en mi antiguo trabajo, aunque sinceramente creo que más para poder burlarse de mí y convertirme en el bufón que hay en todas las oficinas que porque necesitaran a otro contable.

Finalmente, aquí estoy, a las 9 de la mañana de un lunes, en la puerta de mi antiguo trabajo, apunto de volver a “reincorporarme a este gran equipo de profesionales” y confirmando mi principal teoría: algunos nacemos marcados, y, por mucho que hayamos tenido un golpe de suerte, nunca vamos a poder cambiar nuestro destino.

Can’t help falling in love

Escribo desde el sofá un viernes por la tarde de otoño, de noviembre, cuando a las 18 horas es casi de noche y a las 18:30 es ya de noche. Un fin de semana en los que no quieres salir de casa porque prefieres subir la calefacción y quedarte recordando a aquellos amigos que desaparecieron ¿qué harán ahora? vuelves a poner Casablanca; ¿estás tratando de olvidar a aquella chica? todos tenemos alguna con la que creías que esta vez sí, suena She de Aznavour (she may be the face I can’t forget / a trace of pleasure or regret), o a lo mejor no quieres olvidarla, relees a Houellebecq -me estoy acordando que le dejé Plataforma a una chica que me gustaba-, miras por la ventana y todo está oscuro, chispea, ¿cómo imaginabas a los 20 años que sería tu vida actual? No lo sé, nunca me hice preguntas tan profundas a esa edad. Ellas sí, ellas ya tenían un plan. Vas a la cocina abres una botella de vino, brindas por ellos, por los amigos que desaparecieron o te traicionaron, y sí, también por las chicas que te gustaron ¿realmente cuántas han sido: dos, tres, quizás, cuatro (no, tantas no)? En la segunda copa brindas por los fracasos y por los desamores pero también por lo que creías que iba a ser la vida y por lo que realmente es (“Es curioso, el café nunca sabe tan bien como huele. Cuando envejezcas verás que la vida es como el café, el aroma es mejor que la realidad”); dejas la película, creo que ahora voy a poner Johnny Guitar (tell me something nice, lie to me / I love you); me dijo que no le gustó Plataforma cuando me devolvió el libro; fuera cada vez está más oscuro; acaba de entrar Johnny en el salón y se hace el duro ante Viena, ya lo dice Jordan Peterson “La capacidad de las mujeres de avergonzar a los hombres y volverlos inseguros sigue constituyendo una fuerza primordial de la naturaleza”, me gusta recordarlas por su perfume, estoy cerrando heridas con recuerdos, no creo que así cicatricen bien… pienso en aquellas noches de viernes de hace años con mis amigos: las copas en casa, las chicas que venían, los besos de camino al baño, las miradas a escondidas… ¿qué fue de todo aquello?  

Los finales felices no son para los románticos como yo. 

(Take my hand, take my whole life too

Feliz año.

Tres

TRES LIBROS

Tres libros que he leído o releído hace poco:

  1. Travesuras de la niña mala (Mario Vargas Llosa. 2006)

Dicen que es una obra menor de Vargas Llosa ¿y la cantidad de obras mayores que he leído de otros autores que no llegan a la suela de los zapatos de esta novela? Todo el libro está lleno de sensibilidad, pero de sensibilidad de verdad, no eso que algunos llaman sensibilidad y es, realmente, cursilería.

  1. Todo se puede entrenar (Toni Nadal. 2015)

Siempre me he preguntado como un entrenador que no tenía ningún título y no llevaba a ningún jugador profesional es capaz de coger a su sobrino y hacerle ganar 17 grand slams (a día de hoy). Y por qué los padres de Rafa aceptan entregar a su hijo pequeño al tío para que éste le eduque. El tenis es una excusa para hablar de algo que es más importante. Un libro del que no esperaba tanto. Me ha fascinado.

  1. El universo en tu mano (Christophe Galfard. 2016)

¿Qué es la gravedad (que no es una fuerza)? ¿Qué es el Bing Bang? ¿Hay universos paralelos? ¿Qué es el tiempo? ¿Por qué no encajan las fuerzas del mundo cuántico con la gravedad? Aunque peca de cursi en algunas ocasiones, es un libro magnífico para todos aquellos que nos hacemos preguntas sobre el lugar donde vivimos.

TRES RESTAURANTES

Tres restaurantes de Madrid por menos de 50 euros:

  1. Taberna Verdejo

Excelentes sus escabeches, pero cualquier plato está pensado con cariño y buen gusto y, además, muy bien ejecutado. Me gusta también su carta de manzanillas que incluye Velo Flor.

  1. Matteo

En el Mercado de la Paz hay un italiano que tiene la mejor burrata con trufa y los mejores espaguetis carbonara que he tomado nunca. Mejor que los que he podido comer en Italia. No paro de recomendárselo a la gente. No es el sitio más cómodo del mundo pero se merece, al menos, una visita.

  1. Mawey Taco Bar

Hay pocas cosas que me gusten más que una cena de viernes con amigos en un mexicano compartiendo unos buenos tacos y unas «chelas» (qué pena que cerrara Mexkisito). Me ha encantado este sitio, carta pequeña, sin pretensiones, pero con unos tacos excelentes. No toda va a ser La Lupita (que está muy bien).

TRES BEBIDAS

Tres bebidas para tomar en Madrid:

  1. El daiquiri de Matador (creo que es el mejor del mundo. No lo he probado igual en ninguna otra coctelería de este universo). Yo sé el truco.
  2. El ginfizz de Cock.
  3. El dry martini en el Javier de las Muelas del hotel Gran Meliá Fénix.

Y UN CUADRO

Siempre me ha encantado este cuadro de Eduardo Úrculo que me recuerda a una escena de Love Affair (pero la del 39, la de Charles Boyer e Irene Dunne, que me gusta más que el remake del 57 con Cary Grant y Deborah Kerr), una de mis películas favoritas.

 

 

Entre lo viejo y lo nuevo

Todos los finales de julio poseen algo de viejo, que debe morir, para que lo nuevo, el verano, pueda nacer.

Morir es olvidar el pasado, aunque Faulkner escribiera: “el pasado no es pasado porque nunca muere”; ¿y quién soy yo para llevar la contraria a un premio Nobel? Sin embargo, y mis disculpas al guionista de Howard Hawks, el verano no está sólo para traerme unas semanas de libertad y beber godello frente al mar (¡qué nivel Avancia!) mientras aguardo servilmente a que me digan que mi mesa está lista para sentarme con amigos a comer bonito en el Norte y atún en el Sur. Por cierto, amigos y mesa son el sustento de una civilización burguesa, algo frívola, egoísta y solitaria: la mía. Decía que el verano tiene también esa función de asesinar a sangre fría el pasado, de olvidar las cenas delante del ordenador del trabajo, los atascos de Madrid, los cientos de correos electrónicos diarios, el café de la oficina y todo aquello que se resume en días iguales que caen como los granos de un reloj de arena ¿quién no ha pensado alguna vez en poner en horizontal ese reloj?

Ya casi en septiembre, cuando ahora lo que está muriendo es el verano junto con sus recuerdos, cuyos pilares son: la taberna Er Guerrita, la corvina en salsa tártara de Casa Bigote, las cenas en Marbella junto al mar o las copas en el Marítimo de Santander, recuerdo lo que me dijo el padre de un amigo en el jardín de su casa de Guadalmina mientras bebíamos otro godello (de éste no recuerdo su nombre) “yo siempre he trabajado por dinero” y con un Marte tan grande este agosto que lo teníamos como uno más en la mesa, continuaba el padre de mi amigo: “trabajar es una maldición bíblica y no entiendo esta moda de decir a la gente joven que hay que trabajar en lo que a uno le gusta, pero si lo haces, luego no protestes por no ganar dinero”.

Acabo los últimos párrafos de esta entrada y descubro que Faulkner tenía razón y yo estaba equivocado (de nuevo), que lo caduco es ahora el verano que debe morir, para que lo nuevo, otra vez el café malo, el despertador a las 7:30 y las reuniones interminables, se instale. Y acepto que así debe suceder para que el verano próximo pueda disfrutar de nuevo y plenamente de la manzanilla en rama Gabriela en una plaza de Sanlúcar, del rodaballo a la parrilla de Elkano o de unas pocas páginas de Pinker, sin prisa y con aire acondicionado (que también es parte de mi civilización), antes de cada siesta estival.

Ni el pasado es pasado porque nunca muere, como decía William, ni hay nada nuevo ni nada viejo, todo se repite.

¿Qué hemos hecho mal?

Uno de los motivos por los que ya no entro en Facebook es debido a su mala costumbre,  o por no decirlo claramente, falta de educación, de recordarme las fotos que subí ese mismo día pero años atrás. Para un nostálgico como yo, recibir este tipo de documento es como para un madridista ver los goles de Cristiano Ronaldo con la Juventus.

La última vez que entré, hace unos pocos días, Facebook me mostró una foto que subí hace siete años en una casa maravillosa que habíamos alquilado unos amigos y yo en Marbella para disfrutar (que no pasar) el verano. Ahí estaba yo, con los brazos en alto, un kimono japonés que encontré en un baño y sujetando una botella de Don Julio añejo que trajo un amigo mexicano. Siete años, no sé si eso es hace mucho o hace poco. Inmediatamente, le envíe la foto a un amigo con el que pasé aquel verano marbellí de fiestas diurnas y nocturnas, horas de piscina y cenas pantagruélicas que me preguntó «¿qué hemos hecho mal?».

De la nostalgia siempre me quedo con una frase de unos de los bármanes de mi club cuando le dije que el mejor negroni lo había tomado en Roma, exactamente en Piazza Navona frente a una fuente de Bernini: «contra los recuerdos no se puede luchar».

(Feliz verano)

Inmune

Junto con la bebida – ella había pedido un Aperol Spritz y él un daiquiri, pero sólo tras confirmar con el barman que tenía limas frescas –  les sirvieron el típico aperitivo italiano de antes de cenar (l’aperitivo), que en la terraza del De Russie consistía en una variedad de tres tipos de aceitunas, unas mini hamburguesitas, un tartar (casi un puré) de salmón, unas almendras, unas patatas y unas verduras crudas, que hacían más de adorno que de aperitivo.

– Me gusta mucho esta terraza y me gusta estar aquí contigo.

– Es uno de los sitios más bonitos de Roma y eso es mucho decir.

– ¿Qué hacías antes de que te conociera?

– Trabajar, sólo trabajar.

– Una vez te casaste,

– Era lo que hacían todos.

– ¿No la querías?

– Cuando me casé tenía 29 años. No era lo suficientemente maduro como para distinguir lo que era el amor de una obligación más para ser feliz.

– ¿Y si te digo que yo sí te quiero?

– ¿Tengo que creerte?

– Yo no tengo 29 y soy una mujer. Nacemos maduras

– Soy inmune a tus palabras, todavía… ¿Cuántas veces te has enamorado?

– No llevo una lista.

– Me estoy creyendo especial.

– Lo eres.

Cuando se levantaron para abandonar la terraza  e irse a cenar, él movió su silla lentamente para que ella se incorporara y con mucho cuidado, como si manejara algo muy frágil, puso la chaqueta sobre sus hombros desnudos y morenos. Pensó que hacía mucho tiempo que no veía unos hombros tan bonitos.

Un disparo

– Sabía que ibas a ser tú quien abriera esa puerta.

– ¿Y desde cuándo lo sabías?

– Desde el día que me dijiste que me querías en Roma, en la terraza del De Russie.

– Siempre has sido muy perspicaz.

– No lo suficiente como para salvarme.

– Sólo cumplo órdenes.

– Las de tu cartera.

– Siguen siendo órdenes.

– ¿Me llegaste a querer alguna vez?

– Estás a punto de morir ¿acaso importa?

– Los condenados tienen derecho a una última petición.

– Sabes que nunca he sido de cumplir las peticiones de los hombres.

– Que sea rápido, por favor.

– No es la primera vez.

El disparo fue tan certero que la bala le atravesó por el mismo centro de su corazón. Fue instantáneo. Un solo disparo, una sola bala. Era una profesional. Se acercó al cuerpo, que yacía con el corazón roto en el suelo, lo miró y con su dedo índice le dio una caricia en la mejilla.

Ya en el ascensor, mientras pulsaba el botón de la planta del bar del hotel, se preguntó, durante tan sólo un segundo, si alguna vez le había querido.

Completamente avergonzado

Me encanta la frivolidad, eso sí, siempre que sea en su justo punto. La frivolidad es como el vermú en el dry martini, unas gotas pueden convertir un simple chorro de ginebra en una bebida compleja, difícil y de adultos. Sin embargo, un toque de más del barman y aquello es un brebaje que sólo te puedes beber cuando te da igual todo, por ejemplo, si estás enamorado o eres aficionado del Real Madrid en la temporada 2017-2018. Yo una vez devolví uno en el bar del Le Meurice; a veces, las revoluciones empiezan con pequeños gestos. Lo recordé el otro día cuando leí que habían entrado en el Ritz de París a robar unas joyas y que habían tenido que esconder a los clientes del bar en un salón para protegerlos, entre ellos estaba Beigbeder. Hay vidas que sólo se entienden desde la frivolidad.

De Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946. Por cierto, siempre me gustó más su título original «Notorious») me encanta cuando el grupo de amigos nazis exiliados en Brasil quedan para cenar en casa del jefe y se dedican a conspirar con unos modales exquisitos en esmoquin. El otro día, un diputado del parlamento británico dimitía en directo por haber llegado dos minutos tarde (thoroughly ashamed). Hace poco una amiga se fue de casa de sus padres para vivir sola, me dijo que ahora se estaba dando cuenta de la cantidad de gastos que suponía vivir sola y que tendría que empezar a cortar con lo superfluo, le pregunté si iba entonces a dejar de usar una colonia de Jo Malone que me gusta mucho «antes dejo de comer que de usar Jo Malone», me contestó. Uno se enamora de chicas así y no de las que te hablan de planes de pensiones.

Ojalá un día quedar a cenar con mis amigos para conspirar en esmoquin, aunque después de la cena nos diéramos cuenta de que no teníamos nada contra qué conspirar.