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Abril 2020

Los días siguen cayendo como granos en un reloj de arena, con la incógnita todavía de cuándo la mano que no controlamos pondrá el reloj en horizontal. No obstante, este confinamiento está teniendo para mí un efecto balsámico y, por qué no decirlo, también, espiritual. Sé ya que voy a añorar de por vida mi momento matinal, en que, tras hacerme el café a fuego lento, me siento en el sofá con una taza caliente y mi Montaigne. Paladeo al francés junto con la complicidad del único compañero que busco a esas horas: el silencio. La calidad del silencio es tan puro que podría decirse que hasta se huele. En ese silencio con eco, de una solemnidad casi mística, puedo buscar en lo más profundo y encontrar el calmante que necesito. Mis desdichas desaparecen o, por lo menos, menguan. La armonía del Universo, indescifrable todavía para nosotros, se presenta cada mañana en mi salón. Sólo se atreve a replicar a mi callado compañero el segundero de un viejo reloj de mesa, al cual no escucho hablar durante el resto del día, y que obstinadamente me recuerda cada mañana con su tic tac que cada grano de arena caído en el reloj de nuestra vida ya nunca regresará a la cápsula de la que ha salido. He aquí nuestra fragilidad: el tiempo; del que ahora nos acordamos.

“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho” Séneca.

Como veo que me acerco al final de Montaigne, he promulgado una ley en mi castillo: sólo se podrán leer 25 páginas al día de sus Ensayos y siempre por la mañana. Es tan provechosa para mí su lectura que no quiero desperdiciar ni una página por no prestarle la concentración que alguien tan valioso se merece. Cada página leída es como una de esas muestras de un perfume nunca probado que regalan en diminutos frascos en las perfumerías y que con la ilusión más inocente, y hasta infantil, guardas en algún lugar seguro esperando la ocasión justa de usarla – quizás en un viaje especial que todavía no has planeado o quizás en una cena deseada que aún no ha sido fijada – pero que te produce también una leve y extraña sensación de tristeza al acabar de perfumarte y contemplar el pequeño recipiente vacío, porque sabes que este nuevo olor que en unas horas morirá deja ya de ser extraño y, por tanto, pierde la pasión que produce la novedad; en esta lectura, y no sé quién más podría hablar así en la historia universal, cada página leída engrandece al lector de buen corazón pero aún más al autor.

Ayer, mientras leía al gentilhombre, se acercó a saludarnos la lluvia que con fuerza llamó a la ventana para pedirnos pasar a nuestra celebración matinal. Entre todos decidimos aceptarla, así que desayunamos juntos mis dos íntimos amigos, el de Burdeos y el callado, mi segundero, la lluvia y el que escribe. El sonido de la lluvia me produjo una extraña sensación de bienestar y felicidad pero también de recogimiento. Recordé el fragmento de Proust en el que describe el momento en que comienza a escuchar la lluvia caer.

“Un golpecito en el cristal, como si algo hubiera percutido sobre él, seguido de una amplia y ligera caída como de granos de arena que hubieran dejado caer desde una ventana de encima; y luego, la caída extendiéndose, adoptando un ritmo, haciéndose fluida, sonora, musical, innumerable, universal: era la lluvia” Proust en Por el Camino de Swann.

Lo vuelvo a leer y pienso que la belleza puede aparecer en un edificio, en un cuadro, en un verso, en un párrafo pero también en una conversación, en una forma de ser o incluso en una idea, aunque éstas, que son del mundo de lo inaprensible, no podamos medirlas en una escala como solemos hacer con las obras que se plasman sobre lo físico.

Oigo la lluvia y abro la ventana pero no la huelo. Es otra cosa que nos ha robado el confinamiento: los olores.

Comienzo a oír ruidos en la cocina, una taza que se posa en el plato, la cafetera de cápsulas temblando, un grifo abierto; mi madre ya se ha levantado, comienza el día para ella pero también para mí, lo anterior ha sido una ensoñación que no pertenece ni al día anterior ni al día de hoy, es otro universo, en donde el tiempo no puede imponer su tiranía simplemente porque es un concepto que no existe. Me despido de mis amigos hasta la mañana siguiente, aprovecho para dar el último trago al café, encender el ordenador y me dirijo hacia la ducha.

No olvido que mientras yo estoy gozando de una plácida primavera sin olores, y sin más sobresaltos que los de algún pensamiento ingenioso en un libro o la llamada de algún amigo, otros están sufriendo un invierno muy crudo.

“”Hay cosas que jamás se escriben”, exclamó Napoleón al enterarse de la capitulación de Bailén” Stendhal en Rojo y Negro.

Marzo 2020 (II)

Una semana más recluido, reclusión total, ni he salido de casa. Han transcurrido más de 15 días desde la última vez que decidí coger aire pisando una acera y, sin embargo, estoy absolutamente tranquilo, relajado, de buen humor, en paz conmigo y de alguna manera puedo decir que feliz. Mi vida transcurre como debió ser la de un gentilhombre europeo continental antes de la Revolución (la francesa), lecturas, algo de trabajo (cada vez menos), un poco de ejercicio en la bicicleta estática (el gentilhombre daría un largo paseo a caballo -¿no hay un toque de decadencia en todo?-), algo más de lectura al sol y una película de la época dorada de Hollywood cada noche. Los días fluyen cada vez más rápido, de una pequeña lluvia que creíamos que pararía en cualquier momento hemos pasado a una fuerte borrasca que nadie sabe cuándo nos querrá abandonar, lo único que me sobresalta en mi castillo es alguna idea original o un pensamiento desde un ángulo oculto para mí que me muestra mi compañero de reclusión Montaigne.

“Lo leo como otra gente lee la Biblia: abro mi Montaigne y leo una página o dos, al menos una vez por semana, por placer, sin más. Para mí, no hay mayor goce en el mundo” Orson Welles.

He aprovechado el confinamiento para volver a leer Robinson Crusoe. No quedaba en mi memoria más que algún rescoldo sobre Robinson y Viernes, pero muchos menos de los que imaginaba. Según iba avanzando en la lectura me preguntaba si yo realmente había llegado en algún momento este libro en mis manos ¿a qué edad lo leería por primera vez? Cómo es de atrevida la osadía que si alguien me hubiera preguntado antes de esta relectura mi opinión sobre la novela le habría contestado sin inmutarme que era un libro magnífico. Envalentonado es probable que hasta le hubiera insistido que se hiciera con uno. Sí, lo es, es un libro magnífico, pero lo puedo decir ahora que lo he vuelto a descubrir (no hay otra palabra, porque realmente es como si nunca hubiera estado antes en aquella isla) con unos añitos de más y con algunas experiencias en la mochila. Me pregunto ¿cuántas opiniones tengo sobre lugares, libros, películas o incluso personas (puedo seguir con la lista) totalmente erróneas debido a que se basan en razonamientos ingenuos, pueriles o superficiales realizadas por mi personaje de hace 20, 15 ó 10 años el cual era un personaje totalmente diferente al de hoy? En este caso, mi visión juvenil y adulta de Robinson Crusoe han coincidido, pero creo que se debe más al azar que a un juicio sosegado.

Pasan los días y cada vez estoy más convencido de que sería el recluso modelo en prisión. A tal hora se come, a tal hora se lee, a tal hora se sale al patio, a tal hora se apaga la luz. Perfecto, gracias.

Matriculado en el segundo cuatrimestre en arte prehistórico y no he abierto el libro durante este periodo de reposo. Aquí al lado tengo los apuntes observándome mientras tecleo. Dos páginas he leído en 15 días. Me miran como diciéndome: “hasta que no quede un mes no vas a acercarte ¿verdad?”.

El mejor momento del día es entre las 8:30 y 10:30 cuando me hago el café a fuego lento en mi cafetera y tras ojear por encima los periódicos (la decadencia es terrible) me siento en el sofá con mi café caliente y mi vaso de agua. No sé cuál es el segundo mejor momento del día.

Hay algo de vanidad, no lo puedo evitar, en haberme adaptado tan magníficamente a esta reclusión. No lo puedo evitar. Hablo con amigos que no lo llevan tan bien y cuando me preguntan les contesto con un: “bien, ya sabes, sin más… esperando a que esto pase”.

En Teledeporte reponen la contrarreloj de Induráin del año 92 en Luxemburgo. Una de las mayores hazañas del ciclismo moderno. Recuerdo aquella tarde del verano del 92, mientras veía la contrarreloj apuntaba todos los tiempos intermedios para que cuando mi padre se levantara de la siesta pudiera ir al trabajo debidamente informado.

¿Tengo alguna idea propia? Estoy convencido de que no. He cogido de aquí, he copiado de allá y he robado algo de más allá, pero mío, mío y sólo mío, nada. Tampoco creo que muchas personas puedan decir que tiene alguna idea propia. Y no me estoy refiriendo ahora a elevados pensamientos filosóficos. ¿Quién tiene en 2020 una idea propia?

¿Qué haré en cuanto salgo de aquí? Pues continuar mi vida normal. Es más que suficiente. ¿Un pequeño placer que echo en falta? una copa de manzanilla en una terraza con una gilda.

Veo Sospecha de Cary Grant y pienso en el actor de doblaje español ¿cómo debió ser su vida en España siendo la voz de Cary Grant? ¿le reconocerían cuando iba a los bares? el cine es la manera de andar de Cary Grant, su forma de besar, su estilo llevando un traje, su modo de sujetar una copa o una taza, esa forma de sentarse que tenía, el cine es Cary Grant o, mejor dicho, Cary Grant es el cine ¿sucumbió el actor de doblaje al personaje? Yo me habría rendido como el soldado más cobarde que jamás haya ido a una guerra. Puestos a vivir una vida que no es la mía, que sea la de Cary Grant. Habría llevado esa nueva vida hasta el epitafio.

Llega la primavera y pronto olerá a primavera ¿qué olor exhalarán los almendros en flor que había ido descubriendo por Madrid? ¿será una primavera robada la del año 2020?

¿Es primavera?

La colina sin nombre

se ha perdido en la bruma

Haiku de Matsuo Basho.

“Que el cielo siga siendo siempre azul para usted, mi joven amigo” Proust en Por el Camino de Swann.

Marzo 2020

Recluido con mi madre durante el periodo que sea necesario. Mi madre está contenta porque un hijo le hace compañía, aunque quizás hubiera preferido otro hijo para una reclusión. Por las noches vemos una película clásicas. Hemos visto ya Eva al Desnudo, El Apartamento, Las Uvas de la Ira, Historias de Filadelfia y otra que ahora mismo no recuerdo. Esto va para largo pero me distribuyo bien el día entre trabajo, lecturas, películas y algo de ejercicio. Vamos a exprimir a nivel mundial la famosa máxima de Pascal y comprobaremos dónde está el límite de cada uno.

«Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación.» Pascal.

Estaba yendo a clases de sevillanas. Un pequeño reto. No soy muy buen bailarín (traducción: tengo dos patas de palo por piernas y una cintura de titanio)

Me acuerdo de esto de Loriga: “Y por más que ahora quiera ser de una vez el hombre que baila, condenado como está a ser el hombre que mira, no encuentra ya ningún consuelo”. De su libro Ya sólo habla de amor.

Este verano pasé unos días en casa de un amigo en Ibiza. Su retiro ibicenco es de productor de Hollywood de la época dorada y se encuentra cerca de una cala con unas preciosas vistas. La morada es muy luminosa y los vecinos de la urbanización son de los considerados “ilustres”. A mi amigo le ha ido muy bien con sus negocios y una tarde nos hizo un reflexión que me persigue desde entonces. Nos comentaba, con total franqueza y sin exagerar, que creía haber alcanzado ya todos las metas profesionales que se había ido poniendo y que al llegar a la cima, no había sentido nada, ni un especial orgullo, ni tampoco un placer diferente al de otras ocasiones, nos insistía en que ahí arriba no hay nada y que ahora sin metas se sentía perdido en el plano profesional. Yo miraba a todos los lados, de frente el Mediterráneo, a la izquierda la piscina, a la derecha un campo de fútbol sala y pensé que quizás es cierto aquello que tantas veces he escuchado y que nunca había querido creer (quizás porque opinaba que tiene algo de cursi o, a lo mejor, porque me suena a excusa fácil de aquellos que prefirieron renunciar a las metas y esconder así un fracaso cuyo culpable es la pereza o la vagancia), la idea de que el camino no sólo es lo importante, sino lo único; de que realmente no hay metas o que si las hubiera el fin no es alcanzarlas sino lo que te ha ido ocurriendo durante el proceso: la gente que has conocido, los esfuerzos que has hecho, los sueños que has tenido, las esperanzas que te has ido creando. Ahora sí que tengo dudas, dudas sobre todo.

Pensando tanto en ello, hoy me he encontrado esta frase de Montaigne que he subrayado: “El papel propio de la verdadera victoria es la lucha, no la salvación; y el honor de la virtud radica en combatir, no en vencer”.

No me gustan las fotos coloreadas. Es como el mal periodismo, te dejan ver la noticia pero no te permiten acercarte a la realidad.

Al irme de mi casa no he podido comprar flores estos dos últimos viernes. Las últimas que compré fueron gerberas y crisantemos. Seguirán en el jarrón muriendo cada día un poco, lentamente. Siento pena por ellas.

El año que me apunto a aprender sevillanas suspenden todas las ferias por una pandemia mundial.

En la terraza de Ibiza olía a dama de noche. Qué maravilla de olor, qué sensación de sentirse libre, en paz, feliz, y deseoso de emprender nuevas empresas y todo gracias una copa de vino blanco (era José Pariente), el olor de la planta y una noche de verano en el Mediterráneo.

Veo tocar el violín con pasión, manejándolo como si fuera una extremidad más de su cuerpo, y yo que no sé hacer nada, me quedo fascinado.

Me he dado cuenta paseando estas últimas semanas por Madrid de que hay muchos almendros en flor por sus calles. Tantos años viviendo aquí y no había visto ni uno antes. Miro pero no veo. ¿En cuántas más cosas seguiré ciego?

De la biografía de Sila paso a leer las Catilinarias de Cicerón, de ahí a El Orador y Las Paradojas de los Estoicos, también de Cicerón, Séneca nunca consideró a Cicerón un estoico porque estaba alejado del modelo estoico de no buscar gloria ni riquezas. La tercera o cuarta Catilinaria es una autoalabanza para decirnos que él salvo a Roma y se compara con Rómulo y Mario. Acabo de terminar el capítulo que Montaigne le dedica a Cicerón.

“¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?” cambias Catilina por cualquier otro nombre y encaja perfecto.

No me gusta el mensaje que se está lanzando durante la pandemia de que todo saldrá bien, básicamente porque es mentira. No saldrá bien para la gente que fallezca, que ya son miles y serán decenas de miles más, tampoco para sus familiares que nunca se recuperarán; y qué decir de la economía, donde tendrán que tomarse las mismas medidas que en una época de guerra: quitas de deuda, que las empresas dejan de producir en lo suyo para producir bienes de primera necesidad, desempleo, más deuda, nacionalizaciones… El mensaje es seguir infantilizando la sociedad. Pero todavía hay algo que me gusta menos, que nos muestren a niños lanzando el dichoso mensaje de que todo saldrá bien o haciéndoles dibujar pancartas para colgarlas en los balcones.

Veo con mi madre Cantando bajo la Lluvia y pienso que si la definición de bailar del diccionario encuadra tanto a lo que hago yo en mis clases de sevillanas como a lo que hacen Ginger Rogers y Donald O’Connor estamos ante un tremendo error que la RAE debería subsanar el mismo día que levanten el confinamiento.

Montaigne se retiró voluntariamente a los 38 años a una torre de su castillo a escribir sus ensayos.

“Dudar me gusta tanto como saber” de Dante, lo cita Montaigne.

Qué pena me da haberme dejado en mi casa de Madrid los Diarios de Iñaki Uriarte. Es el compañero perfecto para estos tiempos de reclusión. Libro de mesilla de noche, leer una página y cerrarlo. Tiempos convulsos dicen algunos ¿pero cuándo no ha vivido la humanidad tiempos convulsos?

Febrero 2020

¿Y si la pereza no fuera tan horrible (pecado capital) porque así los malos no llegan a realizar algunas de sus malvadas actuaciones?

Ha fallecido David Gistau. Le conocí en enero de 2014, el mismo día que conocí a Jabois. Quedamos a comer un sábado en un restaurante de la plaza Marqués de Salamanca. Era un tipo cercano. Luego escribió dos artículos en el ABC en los que me citaba y que, obviamente, me hicieron mucha ilusión. Los tengo aquí en casa guardados en una especie de baúl debajo de una mesa del salón. Nunca los he vuelto a leer. En ese baúl he ido metiendo momentos de mi vida que merecen la pena ser recordados, la mayoría son recuerdos agradables pero hay algunos que todavía duelen y dolerán siempre. Así de primeras, me vienen a la cabeza algunos recuerdos encerrados en el baúl: las bandas de graduación de la universidad, los artículos de Gistau, la esquela del fallecimiento de mi padre, entradas de partidos del Madrid, un artículo que le escribió un amigo de mi padre en El Diario Montañés uno o dos años después de su fallecimiento, sé que hay fotos pero no recuerdo de qué, la factura de alguna comida con amigos que merece la pena ser recordada… ¿qué tendré guardado que ahora no recuerdo? Nunca me he atrevido a abrir el baúl, cuando meto algo, que no es muy a menudo, lo tiro sin mirar y sin orden. Algún amigo lo llamaría vertedero emocional, pero yo creo que es más como un trastero emocional. Un lugar donde vas dejando recuerdos sin ningún tipo de orden y a donde no quieres nunca ir pero que, sin embargo, te da cierta tranquilidad saber que existe; es como una especie de herencia de mi paso por la Tierra. Con la muerte de Gistau pensé en abrirlo y leer los dos artículos. No he tenido fuerza. Ahí sigue el baúl, mirándome mientras escribo. Estoy recordando el chorro de voz de Gistau. Descanse en paz.

Séneca sobre la brevedad de la vida: “No hallamos a nadie que quiera compartir su dinero: ¡entre cuántos distribuye cada uno su vida! Son parcos a la hora de conservar su patrimonio: tan pronto llegó la ocasión de perder el tiempo, son muy derrochadores de su tiempo, única cosa en la que ser avaricioso es una virtud”.

En el hotel Uro con C., llega el pianista, nos saluda y se pone a tocar. Estamos solos a excepción de un señor mayor inglés, muy mayor, que habla con el pianista y se emociona con las canciones que van sonando. Precisamente a Gistau le leí un par de veces que Manuel Vincent le decía que hacerse mayor es que te reconozcan los pianistas de los hoteles. C. me pide que hable con el pianista para pedirle Piano Man, cuando suena se acerca a mí y se emociona. Hay momentos, situaciones o recuerdos que no se pueden meter en el baúl pero que, no obstante, siempre quedarán guardados y clasificados en mi memoria. Éste es uno de ellos.

¿Qué es mi (la) vida sino recuerdos?

Día de San Valentín y he tenido examen en la UNED de historia antigua. Me ha ido bien: civilización minoica, religión en el Imperio Antiguo, la tetrarquía… hacía tanto tiempo que no escribía tan seguido a mano que me ha estado doliendo gran parte del examen. Cuando he salido había un sol madrileño de febrero, era viernes por la tarde y he sentido la misma liberación que puede sentir un preso al abandonar la cárcel, pero si algo he disfrutado al volver paseando a casa ha sido un momento de felicidad. La misma que cuando salías contento de un examen a los 19 años. Al final, la vida no cambia… tanto.

Hoy hace ocho años que falleció mi padre. Sólo somos recuerdo.

También Séneca: “vivís como si fuerais a vivir eternamente, jamás os acordáis de vuestra fragilidad, nunca reparáis en cuánto tiempo se os ha ido ya”. La parte en negrita yo lo traduzco así: vivimos como si fuéramos inmortales.

Es viernes y me he comprado flores. He decidido que a partir de ahora siempre tendré flores en casa. Las he puesto en el centro de la mesa del salón. Para este primer ramo he dejado que la dependienta decidiera. Qué maravilla, cómo huele la casa. Me quedo mirándolas mientras leo desde el sofá, me dan alegría y producen belleza ¿quién puede decir que dejará el mundo aportando alegría y belleza al resto?

He visto la película Lady Bird. Hacía mucho que no veía una película con tanta sensibilidad. No parece de nuestra época.

Sábado y tengo un cumpleaños en club Allard. Me he puesto el esmoquin. No se me ocurre un acto más revolucionario en el 2020.

Estoy deseando llegar a casa para ver las flores.

He leído un biografía de Sila para el examen de historia antigua y profundizar en las guerras civiles entre Mario y Sila. Me ha fascinado el personaje de Sila; sobre todo porque tras convertirse en dictador (sanguinario) y emprender una serie de reformas, decidió abdicar y retirarse a vivir como un ciudadano más los últimos años de su vida. ¿Quién ha podido tener más poder que un dictador romano? Nadie sabe por qué decidió abdicar. Dice Plutarco que tras la abdicación: “paseaba por el Foro como simple ciudadano, exponiendo su persona a los atropellamientos e insultos.” ¿Quién haría algo así en el 2020?

Cambio todos los días por la mañana el agua a las flores, me produce paz y también alegría. Qué bien huele la casa.

Enero 2020 (II)

Cuando me voy de un hotel, me gusta dejar mi habitación perfectamente recogida. Me parece una de las mejores maneras de comprobar la educación de una persona.

Voy a una misa a la catedral de Cuenca. Creo que hace más de 15 años que no iba voluntariamente a misa. Duró exactamente 27 minutos. El cura muy teatral pero muy bien. Me pareció un profesional. Sabe cuál es su profesión. La misa también me gustó, que se celebrara en la capilla Honda ayuda.

El lateral del ayuntamiento de Madrid por Paseo del Prado es muy bonito. Mucho más que la fachada principal. Nunca me había fijado.

Dicen que uno sabe que se ha hecho mayor porque comienza a pensar más en la resaca del día después que en la diversión de la noche. Hoy estaba viendo la clasificación de la liga y he pensado “¿pero el Osasuna está en primera este año?” Esto sólo te puede ocurrir cuando ya has dejado la juventud.

No me gusta viajar en preferente. Tengo la sensación de que no me lo merezco.

Todo lo que he podido pensar yo, incluso la mayor locura, ya lo ha pensado alguien en algún momento de la humanidad.

Me han dado una mala noticia un viernes ¿no podían haber esperado al lunes? Nada habría cambiado si me lo hubieran dicho el lunes y no me habrían arruinado el fin de semana. Dar noticias malas los viernes es de una completa falta de educación.

He dejado de comprar periódicos. El nivel es cada vez más bajo. Mi padre, que fue un gran lector de periódicos, siempre lo llevaba doblado para que nadie supiera cuál compraba. En un quiosco te significas políticamente casi tanto como en un mitin.

“Somos los que ya no son” dice José Luis Garci refiriéndose a los padres.

Mi peluquero nunca acepta que se haya podido equivocar. Es fantástico.

Donde me ponían el café americano con jarrita han dejado de hacerlo. A lo mejor me leen.

Sobre el café leo esto verso de Henrik Nordbrandt:

La llovizna

cae en mi café

hasta que se enfría

y se sobra

hasta que se sobra

y se aclara

de forma que se hace visible

la imagen del fondo.

Me recomienda Netflix una serie sobre la caída de Bizancio, que es como si un atlético llegara cansado del trabajo un lunes, encendiera la tele y su mujer le recomendara volver a ver la final de Lisboa justo en el momento del cabezazo de Ramos. Las máquinas tienen que mejorar.

“No hubo ni habrá jamás suceso más terrible», anotaba un monje entre las cenizas de la derrota.

Acabo de terminar Shoe Dog, la biografía del fundado de Nike, y me quedo con la sensación de que ha sido un desgraciado y que su vida no ha sido feliz. Algunos me dirán ¿y quién ha sido feliz en esta vida? Algunos puedo ser yo, por ejemplo.

Leo a Ignacio Vidal Foch en El País sobre Cioran “Algunos libros no existen para leerse más o menos de corrido, sino para tenerlos a mano y hojearlos de vez en cuando, leer una página o dos y volver a cerrarlos”. Algo así me pasa a mí con Cowboys de Medianoche, los tengo todo el día puestos en casa de fondo, como un ruido necesario. ¿Qué será de mí si un día quitan Cowboys de Medianoche? Recuerdo que mi abuela tenía siempre puesta en casa Radio Nacional de España y dormía pegada al transistor. Aún recuerdo la melodía de Radio Nacional, cada vez que la escucho veo a mi abuela en Santander. Qué extrañeza me producía de pequeño y mírame ahora.

Otro verso más de Henrik Nordbrandt:

En la plaza de Israel

Ojalá nunca hubieras venido

así la noche tampoco habría pasado nunca.

Y ojalá no te hubieras quedado

así la mañana tampoco habría llegado nunca.

Ojalá no se hiciese nunca verano

así el verano estaría siempre acercándose

Que se parece mucho a la gran canción de Armando Manzanaro:

Reloj no marques las horas

Porque voy a enloquecer

Ella se irá para siempre

Cuando amanezca otra vez

Nomás nos queda esta noche

Para vivir nuestro amor

Y tu tic-tac me recuerda

Mi irremediable dolor

Reloj detén tu camino

Porque mi vida se apaga

Me encantaría ver Lo que el viento se llevó en pantalla grande. Creo que tendría mucho éxito que los cines recuperaran películas clásicas. Yo hasta empezaría a ir.

¿De qué sirven las palabras si no me puede explicar?

Enero 2020

Ahora que estoy estudiando historia antigua, me encuentro que muchos días mientras voy caminando hacia al trabajo le explico a un compañero imaginario La Eneida o las Guerras Médicas. No sé muy bien por qué hago esto, ya que nadie me va a pedir nunca que le cuente La Eneida o las Guerras Médicas; y yo tampoco se lo voy a contar a nadie si no me lo piden. El caso es que según llego al trabajo caigo en la cuenta de que llevaba todo el camino con los auriculares puestos con música de fondo. Ni me había enterado. Así llevo semanas.

Las ostras en Madrid siempre cuestan lo mismo, o por lo menos en los sitios donde yo las encuentro: 4 ó 4,5 euros. Nunca me han parecido un signo de distinción. Yo a veces también las he pedido para ver si me empiezan a encantar (y, ojo, me gustan pero no me vuelven loco), a mí hay cosas que me gustaría que me encantaran pero no lo consigo: como el jazz, el whiskey o la ópera. Cuando veo a gente disfrutar tanto con estos placeres siento envidia. Aunque imagino que en muchos habrá algo de pose. Volviendo a las ostras, creo que una buena croqueta es mejor que una ostra y cuesta menos de la mitad. Esta es una opinión prohibida, lo sé. En Can Carlos en Formentera comí una ostra rebozada buenísima. Tengo ganas de volver a Can Carlos, me pareció un restaurante precioso. También es verdad que en verano todo sabe diferente (mejor).

Una compañera del trabajo me dijo una vez que se me nota que hablo mucho solo porque no paro de gesticular. Me he fijado y, la verdad, es que tiene razón. Hay veces que voy por la calle moviendo los brazos y discutiendo en debates imaginarios. «Pasas tanto tiempo solo que con quien más hablas es contigo» me contestó cuando le dije que tenía razón.

Cuando compro un libro de tapa dura lo primero que hago es olerlo. Sin embargo, en los de tapa blanda no suelo hacerlo.

Leo en el manual de historia antigua que Trajano en el 114 d.C. trató de frenar el despoblamiento rural. La Roma vaciada.

«A algunos ya sólo nos queda la frivolidad» me encanta esta frase.

Llevo años diciendo que me tengo que comprar un buen paraguas. Pero sigo sin paraguas. No sé cuántos paraguas habré olvidado en mi vida. Creo que hay algo en mi interior que me dice: «no te gastes dinero en un paraguas que lo vas a perder el segundo día de lluvia y luego te llevarás un disgusto. Si nos conocemos».

El otro día discutíamos unos amigos sobre si los matrimonios debían dormir en la misma cama. A día de hoy me parece la respuesta más lógica a un conflicto como el matrimonio. El día que quieras encontrarte con tu mujer pues te encuentras, pero hasta entonces ¿por qué tener que estar sufriendo en la cama por las rutinas del otro? Una de las cosas que más me marcó de la serie de Downton Abbey es que los condes solían dormir en camas diferentes. ¡Eso sí que es un signo de distinción y no comer ostras! «Hija, no te equivoques, el secreto de un matrimonio largo y feliz es tener baños diferentes» le dijo la abuela a una amiga. Mi amiga es aristócrata, así que empiezo a ver un patrón común. Le he dado muchas vueltas a ese consejo y me parece que la abuela de mi amiga tiene razón. Pienso que hay consejos como éste que valen más que cualquier libro de autoayuda y la gente pasa por encima de ellos por considerarlos frívolos.

Como ahora todo el mundo habla de política y a mí no me gusta hablar de política (y aquí jamás hablaré de política) acabas pensando en algún tema político candente. Es increíble la cantidad de veces en los últimos años en los que he cambiado de opinión sobre asuntos en donde creía tener una base sólida de pensamiento y, por tanto, inamovible. Lo cual me ha recordado a la frase que Sánchez-Ferlosio le dedicó a Manuel Vincent: «no es de valores eternos, pero sí de placeres efímeros». Apuntada queda.

Sobre placeres efímeros, me estoy acostumbrando a pedir fuera de casa café americano. Noto que me sienta mejor. La mayoría de las veces, el camarero ya me trae en la taza el agua caliente mezclado con el café y yo lo único que tengo que hacer es remover el café con la cucharilla hasta que se enfríe. Operación que en algunas cafeterías me lleva más de cinco minutos. Sin embargo, hay veces (las menos) que me viene el café sin el agua hirviendo y con una jarrita al lado para que me lo sirva yo. No sé qué hacer. Me quedo paralizado. ¿Cuánto me echo? ¿cuántas veces? ¿habrá un experto en café americano al lado mirándome a ver si lo hago correctamente y sino contárselo a su joven y guapa acompañante que mi mirará disimuladamente y se reirá de este pobre paleto?

No me gusta que en los libros no traduzcan párrafos o versos de otros idiomas. Especialmente el francés porque no lo hablo y siempre he querido hablarlo. Es una de esas espinas que sabes que ya siempre vas a tener. Según te vas haciendo mayor te vas recubriendo de espinas.

Me gustan mucho las mujeres que van sin medias en invierno. Demuestran actitud y sentido estético. Son las modernas Aníbal cruzando los Alpes con elefantes.

Una de las cosas malas de escribir es que luego queda todo por escrito.

He leído una biografía de Alejandro Magno de Robin Lane Fox que no me ha gustado mucho porque el autor está enamorado del personaje. En mi experiencia, lo que suele pasar con las biografías es que el autor está enamorado del personaje o le odia; por ello, prefiero las autobiografías: ya sabes a lo que te enfrentas.

¿Nunca nadie se ha hecho la pregunta de si Aristóteles fracasó como filósofo ya que fue el tutor de un joven Alejandro que luego se autoproclamó Dios, fue un genocida (sí, era otra época) y mató a sus amigos cuando iba borracho en ataques de cólera? Imagino que no soy el único en la historia que se ha hecho esta pregunta.

Me he venido hoy al trabajo explicándole, y con buena dicción, a mi amigo imaginario las Guerras Púnicas; primero perdieron Sicilia, luego Córcega y Cerdeña, ah y las Guerras de los Mercenarios, luego las luchas en Hispania y cómo Aníbal cruzó los Alpes y derrotó a los romanos pero, y no sé se sabe muy bien por qué, Aníbal no se atrevió a atacar a Roma y los cartagineses acabaron totalmente destruidos. Se construyó una nueva ciudad romana sobre Cartago. Espero, por lo menos, no haber gesticulado mucho hoy por el camino.

Invulnerable

Una de las pocas lecciones que uno aprende cuando ya por fin se ha hecho mayor ¿a qué edad es eso? es que la vida consiste en perder. Quizás es la única lección que realmente se aprende en esta vida. Cuando eres joven e inmortal los sueños son realizables, los caminos tienen un destino y las preguntas respuestas. Pero pasan los años y las desilusiones se amontonan, los reveses te llueven y todo en lo que crees en algún momento se desmorona.

¿Quién no ha perdido alguna vez? No conozco a nadie. La vida consiste en lidiar con la derrota, en saber manejarla. Quien nunca ha perdido nunca ha tenido sueños, ni ilusiones, no se ha hecho preguntas; pero quién sabe, quizás la felicidad consista en no hacerse demasiadas preguntas.

Nos refugiamos en el pasado para colonizar un nuevo país sin fracasos que jamás ha existido. «Mi lugar favorito es el pasado» decía Arcadi Espada en un artículo donde recordaba comidas que probablemente nunca disfrutó. Vivimos sobre recuerdos, unos reales y otros imaginarios.

En El Crack Cero, la mejor película que he visto en 2019, Germán Areta, el detective protagonista, dice una frase que resume una vida ¿mi vida? ¿todas las vidas? (escribo de memoria, así que me traerá lo que ella quiera): «sí, soy un perdedor, pero un perdedor muy bueno».

Cuando uno empieza a acostumbrarse a perder puede comenzar a vivir, ese pasito al lado que se da para ver las cosas con más calma, sin prisa, con la tranquilidad de saber que los palos van a llegar y que tan bien resume Séneca en la mejor frase que le he leído: «Invulnerable no es el que no recibe daño, sino el que sabe aguantar los golpes». Me gusta Séneca en sus libros sobre la firmeza del sabio, sobre el ocio, sobre la tranquilidad del alma, sobre la brevedad de la vida y las cartas a Lucilio. Escribe desde la derrota, porque es desterrado siendo el hombre más rico del imperio romano, y nos guía sobre cómo tratarla.

¿Qué es para mí la clase? Mantenerse en pie mientras todo lo que te rodea se hunde. Es decir, perder mejor que el resto. Perder con estilo. Pero aprender a perder no quiere decir dejar de luchar, porque conformarse a perder sería otra forma de morir.

Feliz Navidad

Mi segunda novela

Hay edificios que los arquitectos diseñan sólo para impresionar a otros arquitectos, igual que hay mujeres que sólo consiguen impresionar a otros mujeres. No era el caso de Andrea. Dios la había creado para seducir a todos los seres vivos que fueran pasando por su vida. ¿Qué más puedo decir de Andrea? Pues que sólo a un muerto dejaría indiferente. Ah, y que a Andrea todo el mundo le llamaba Andrea. Esto es fundamental en una vida, yo, por ejemplo, me llamo Ramón pero la gente siempre me ha llamado Cincín. Parece una diferencia sin importancia, pero tengo la teoría de que las personas que no se hacen llamar por su nombre de pila completo no se respetan, ellos mismos, digo. Y yo soy un ejemplo perfecto.

El día que conocí a Andrea en la fiesta de la embajada italiana en París me invitó a tomar una copa de champagne. Yo odiaba el champagne, y más sin comida, debido a que me produce una terrible acidez. Sin embargo, y aquí otro buen ejemplo que reafirma mi teoría sobre el auto-respeto, a los pocos días de nuestro primer encuentro en la embajada abandoné prácticamente cualquier bebida para beber sólo champagne, incluso compré varias cajas por si algún día tenía que cenar solo en casa. Cambiar de bebida por una mujer reafirmaba otra de mis teorías, pero que no viene ahora a cuento desarrollar. En cualquier caso, he de decir en mi defensa, que ha sido la primera y única vez que he cambiado de bebida por una mujer.

Algunos se preguntarán por qué bebía champagne, incluso cuando no estaba con ella, si me produce una continua acidez. La respuesta es muy simple, en cada copa que me servían veía a Andrea. Lo cual empezaba a hacer llevadera una existencia como la mía que, y aquí no quiero mentir, siempre se había inclinado entre el hastío en algunas ocasiones y la mediocridad en la mayoría. Quizás también debiera comentar, para que se me conozca un poco más, que yo era un habitual de la mayoría de las fiestas, eventos y cócteles que embajadas, agencias de comunicación, revistas de moda y joyerías daban en París. Lo cual me acabó provocando una acidez crónica en mi estómago debido a que, y creo que la gente que ha asistido en París a estas fiestas, eventos y cócteles podrá confirmar, el alcohol es la única salida que un desgraciado como yo tiene para soportar a la mayoría de los invitados. 

Andrea me había quitado mi dignidad y, además, me había producido un quemazón continuo en mi estómago -sobre el del corazón ya hablaré más tarde-, pero ¿qué me había dado Andrea? Esperanza, me había dado esperanza, y eso es lo más magnífico en una vida. La esperanza de que un día me amaría.

Así comenzará mi segunda novela que será un éxito de público, aunque no tanto de crítica. Ganaré suficiente dinero para dejar, por fin, mi trabajo y dedicarme a lo que más me gusta: tratar de buscar la infelicidad cuando soy feliz. 

Gracias al éxito de esta segunda novela se volverá a reeditar mi primera novela, que fue un rotundo fracaso de público, no llegó ni a los 150 ejemplares vendidos, pero que, paradójicamente, fue mejor de crítica, ya que al contrario que mi segunda novela no obtuvo ninguna crítica negativa. Es verdad, que tampoco obtuvo ninguna crítica positiva. Ésta será la anécdota que contaré entre risas, y con una copa de champagne en la mano, en todas las entrevistas, presentaciones de libros, fiestas, eventos y cócteles que ahora empezarán a hacer en mi honor como escritor de éxito. La vida es fácil cuando te va bien, las respuestas ingeniosas se aparecen, los lunes pasan a ser jueves y hasta te crees que los taxistas te sonríen. 

Sin embargo, todo se derrumbará cuando descubran que mi primera novela «La Carta» fue una copia casi exacta de una novela italiana, no muy larga, de principios del siglo XIX que se titulaba “La Lettera”. La Lettera narra la historia de un chico, Alonso, originario de un pequeño pueblo italiano, que se enamora de una chica, Alesia, originaria de una ciudad y que veraneaba todos los años en el pueblo de Alonso. Tuvieron un romance durante varios de eso veranos que finalmente no fructificó en relación seria porque él debía quedarse a vivir en su pueblo y ella debía quedarse a vivir en su ciudad. Alonso se enamoró más que ella, esto es siempre así, siempre ellos se enamoran más, también a principios del siglo XIX, y para que Alesia no le olvidara le escribía todos los 12 de agosto una carta por su cumpleaños. Alesia nunca hizo mucho caso a las cartas hasta que un año la lettera no se presentó en su buzón; intrigada volvió al pueblo y se entera de que Alonso había fallecido. A partir de entonces, Alesia comienza un viaje hacia su interior para descubrir que seguía enamorada de Alonso. Tras este descubrimiento su vida comienza a derrumbarse por el sentimiento de pérdida del amor de su vida y muere al cabo de unos pocos meses de una profunda pena.

Cuando me sentaron ante el juez traté de demostrar mi inocencia y juré que jamás había leído esa dichosa novela italiana. Defendí que era pura casualidad -porque las casualidades existen en este mundo, señor juez- que el autor de las dos novelas se llamara Alonso, y -porque insisto, señor juez, que la vida está llena de causalidades-, que si el título de mi libro era una mera traducción al español de La Lettera se debía a una de esas tantas casualidades que nos rodean. En mi defensa también expuse, porque tenía argumentos muy sólidos para defenderme, que el pueblo italiano del libro era Cefalù, que nada tiene que ver con el Cefalú de mi libro, y que mientras en la novela italiana la protagonista se llamaba Alessia, en mi novela el personaje femenino era Alesia -Alesia, señor juez, Alesia, con una sola s, ¿me oye?-. Obviamente, también expuse el argumento más contundente en defensa de mi inocencia, mientras en La Lettera Alonso le mandaba cartas escritas a mano a Alessia con una pluma de oca, mi Alonso le mandaba un wasap a Alesia (con una sola s) cada 12 de agosto. Lo cual, sin ser yo un experto en leyes me parece una diferencia más que significativa. A la pregunta de su señoría sobre la coincidencia de que en ambas libros el cumpleaños de Alessia, o Alesia, fuera el 12 de agosto, le argumenté con educación que en el casino muchas veces salen dos 7 seguidos en la ruleta y nadie empieza a gritar “¡trampas, trampas!”, o, por lo menos, en los casinos que yo frecuentaba.

La campaña que sufrí de la prensa por mi condena por plagio hizo que se investigara mi segunda novela, descubriendo que el premio que había recibido, sí, gané el premio literario con la mayor gratificación económica que existe en español, había sido comprado.

Yo nunca supe lo del amaño, pero mi editor me confesó que la única forma de conseguir un premio donde participen escritores es directamente amañándolo. Según me dijo, esta práctica es totalmente habitual en todos los premios literarios, donde autores, jurado y editores están perfectamente conchabados. Juro que yo no sabía nada, pero tras mi condena por plagio yo no iba muy sobrado de credibilidad.

Así que sin el dinero del premio, con todos mis bienes embargados para dárselos a los sucesores del italiano y mi orgullo por los suelos, tuve que replantearme volver a realizar la tarea más indigna a la que un hombre puede ser forzado: trabajar. Todos sabemos que los escritores, toreros, pintores, fotógrafos y promotores inmobiliarios eligen su profesión para no tener que trabajar un sólo día de su vida. Yo ya no entraba en esa categoría de elegidos. Había sido expulsado del verdadero paraíso.

No me quedaba otra y tuve que volver a mi antiguo jefe para rogarle que me permitiera «reincorporarme a este gran equipo de profesionales», explicándole lo mucho que echaba en falta por las mañanas el sabor del café de la máquina, las anécdotas de las vacaciones de mi compañeros con sus familias o lo vacía que es la vida del escritor, despertándose cada día a una hora diferente y con resaca -como los animales, jefe, eso no es vida, se lo juro-. Incluso me vine un poco arriba y le pregunté si había conseguido matricular a sus hijos en aquel colegio concertado del que tanto me hablaba cuando trabajábamos juntos, aquí creo que notó que estaba desesperado por conseguir el trabajo.

Me readmitieron en mi antiguo trabajo, aunque sinceramente creo que más para poder burlarse de mí y convertirme en el bufón que hay en todas las oficinas que porque necesitaran a otro contable.

Finalmente, aquí estoy, a las 9 de la mañana de un lunes, en la puerta de mi antiguo trabajo, apunto de volver a “reincorporarme a este gran equipo de profesionales” y confirmando mi principal teoría: algunos nacemos marcados, y, por mucho que hayamos tenido un golpe de suerte, nunca vamos a poder cambiar nuestro destino.

Can’t help falling in love

Escribo desde el sofá un viernes por la tarde de otoño, de noviembre, cuando a las 18 horas es casi de noche y a las 18:30 es ya de noche. Un fin de semana en los que no quieres salir de casa porque prefieres subir la calefacción y quedarte recordando a aquellos amigos que desaparecieron ¿qué harán ahora? vuelves a poner Casablanca; ¿estás tratando de olvidar a aquella chica? todos tenemos alguna con la que creías que esta vez sí, suena She de Aznavour (she may be the face I can’t forget / a trace of pleasure or regret), o a lo mejor no quieres olvidarla, relees a Houellebecq -me estoy acordando que le dejé Plataforma a una chica que me gustaba-, miras por la ventana y todo está oscuro, chispea, ¿cómo imaginabas a los 20 años que sería tu vida actual? No lo sé, nunca me hice preguntas tan profundas a esa edad. Ellas sí, ellas ya tenían un plan. Vas a la cocina abres una botella de vino, brindas por ellos, por los amigos que desaparecieron o te traicionaron, y sí, también por las chicas que te gustaron ¿realmente cuántas han sido: dos, tres, quizás, cuatro (no, tantas no)? En la segunda copa brindas por los fracasos y por los desamores pero también por lo que creías que iba a ser la vida y por lo que realmente es (“Es curioso, el café nunca sabe tan bien como huele. Cuando envejezcas verás que la vida es como el café, el aroma es mejor que la realidad”); dejas la película, creo que ahora voy a poner Johnny Guitar (tell me something nice, lie to me / I love you); me dijo que no le gustó Plataforma cuando me devolvió el libro; fuera cada vez está más oscuro; acaba de entrar Johnny en el salón y se hace el duro ante Viena, ya lo dice Jordan Peterson “La capacidad de las mujeres de avergonzar a los hombres y volverlos inseguros sigue constituyendo una fuerza primordial de la naturaleza”, me gusta recordarlas por su perfume, estoy cerrando heridas con recuerdos, no creo que así cicatricen bien… pienso en aquellas noches de viernes de hace años con mis amigos: las copas en casa, las chicas que venían, los besos de camino al baño, las miradas a escondidas… ¿qué fue de todo aquello?  

Los finales felices no son para los románticos como yo. 

(Take my hand, take my whole life too

Feliz año.

Tres

TRES LIBROS

Tres libros que he leído o releído hace poco:

  1. Travesuras de la niña mala (Mario Vargas Llosa. 2006)

Dicen que es una obra menor de Vargas Llosa ¿y la cantidad de obras mayores que he leído de otros autores que no llegan a la suela de los zapatos de esta novela? Todo el libro está lleno de sensibilidad, pero de sensibilidad de verdad, no eso que algunos llaman sensibilidad y es, realmente, cursilería.

  1. Todo se puede entrenar (Toni Nadal. 2015)

Siempre me he preguntado como un entrenador que no tenía ningún título y no llevaba a ningún jugador profesional es capaz de coger a su sobrino y hacerle ganar 17 grand slams (a día de hoy). Y por qué los padres de Rafa aceptan entregar a su hijo pequeño al tío para que éste le eduque. El tenis es una excusa para hablar de algo que es más importante. Un libro del que no esperaba tanto. Me ha fascinado.

  1. El universo en tu mano (Christophe Galfard. 2016)

¿Qué es la gravedad (que no es una fuerza)? ¿Qué es el Bing Bang? ¿Hay universos paralelos? ¿Qué es el tiempo? ¿Por qué no encajan las fuerzas del mundo cuántico con la gravedad? Aunque peca de cursi en algunas ocasiones, es un libro magnífico para todos aquellos que nos hacemos preguntas sobre el lugar donde vivimos.

TRES RESTAURANTES

Tres restaurantes de Madrid por menos de 50 euros:

  1. Taberna Verdejo

Excelentes sus escabeches, pero cualquier plato está pensado con cariño y buen gusto y, además, muy bien ejecutado. Me gusta también su carta de manzanillas que incluye Velo Flor.

  1. Matteo

En el Mercado de la Paz hay un italiano que tiene la mejor burrata con trufa y los mejores espaguetis carbonara que he tomado nunca. Mejor que los que he podido comer en Italia. No paro de recomendárselo a la gente. No es el sitio más cómodo del mundo pero se merece, al menos, una visita.

  1. Mawey Taco Bar

Hay pocas cosas que me gusten más que una cena de viernes con amigos en un mexicano compartiendo unos buenos tacos y unas «chelas» (qué pena que cerrara Mexkisito). Me ha encantado este sitio, carta pequeña, sin pretensiones, pero con unos tacos excelentes. No toda va a ser La Lupita (que está muy bien).

TRES BEBIDAS

Tres bebidas para tomar en Madrid:

  1. El daiquiri de Matador (creo que es el mejor del mundo. No lo he probado igual en ninguna otra coctelería de este universo). Yo sé el truco.
  2. El ginfizz de Cock.
  3. El dry martini en el Javier de las Muelas del hotel Gran Meliá Fénix.

Y UN CUADRO

Siempre me ha encantado este cuadro de Eduardo Úrculo que me recuerda a una escena de Love Affair (pero la del 39, la de Charles Boyer e Irene Dunne, que me gusta más que el remake del 57 con Cary Grant y Deborah Kerr), una de mis películas favoritas.