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El río

Cuando empiezas a cumplir años te descubres haciendo cosas de las que te reirías si te las contaran de niño y te sorprenderían si te las hubieran avisado de joven. Y no me estoy refiriendo a dejar de ver un partido de fútbol de tu equipo porque tienes sueño o pedir de manera voluntaria unos calcetines por Reyes (algo realmente asombroso pero que de alguna manera desconocida acaba sucediendo), sino a tratar de fotocopiar días de tu vida buscando alcanzar una felicidad pasada que nos inundó en algún momento.

Y así, en busca de esa emoción abstracta, que denominamos felicidad, me podéis encontrar muchos viernes leyendo en el mismo banco del mismo parque donde un viernes (ya ni siquiera recuerdo cuándo) la felicidad me rondó. O de manera ridícula os podríais cruzar conmigo mientras voy a la carrera los sábados para llegar a tomarme el aperitivo a la misma hora en ese bar donde una vez ebrio de felicidad vi un futuro claro y brillante en donde el protagonista era yo. Y como estos grotescos ejemplos, os podría poner varias decenas más.

Esta búsqueda del manantial de donde brota la felicidad (que según Aristóteles es el mayor bien al que el hombre debe aspirar, siendo la ética el camino más corto para lograrla) me recuerda a la de aquellos exploradores que recorrían África con el fin de encontrar el lugar exacto del nacimiento del Nilo. Pero esta búsqueda sobre la causa original de  la satisfacción espiritual plena sólo comienza a suceder cuando uno ha abandonado ya la estación de la juventud y se adentra en lo que algunos llaman “el mundo real”, que no suele ser más que un eufemismo para enunciar un mundo más inhóspito, triste y cruel en comparación con el que disfrutamos durante las primeras décadas de nuestra existencia.

¿En qué baso mi afirmación? En que siendo niño no tiene sentido hablar de la felicidad, desconoces su significado, cada día es una nueva aventura que nos ofrece diversas y variadas emociones. En nuestra infancia la felicidad afloraba casi a cada instante envolviéndonos como si una capa de superhéroe se tratara protegiéndonos del mundo de los mayores. Fue una “eterna primavera”, como se refería Ovidio en su Metamorfosis a la Edad de Oro, la primera época del hombre – el Jardín del Edén cristiano -, en donde “se practicaba la lealtad y la rectitud. No existía el castigo, ni el miedo”.

Luego, durante la juventud, nos fuimos adentrando en un sinuoso y excitante camino, que hay que recorrer pero del que también hay que salir (ya lo dice el refrán: el que de joven no trota de viejo galopa), cuyas etapas fuimos completando sin pararnos a pensar en si éramos felices, tan ocupados como estábamos en descubrir los placeres más mundanos, los cuales nos confinaron en un mundo repleto de experiencias que se olvidaban rápido porque cada nueva experiencia se disolvía en la siguiente nueva experiencia.

Según vamos cambiando de bebida, que es lo mismo que decir cuando vamos cumpliendo años, nos paramos a pensar en la naturaleza de la felicidad y en cómo alcanzarla, iniciando una búsqueda de las fuentes de las que brota ese río de agua pura y cristalina allí donde una vez su rastro divisamos. Como para la búsqueda de este manantial no existe un mapa y los GPS del mundo moderno sólo llevan a lugares equivocados nos dedicamos a abrir una y otra vez las mismas puertas que una vez inundaron nuestra vida de felicidad. Pero el problema de abrir siempre las mismas puertas es que dejamos de abrir otras. Y esas puertas que abrimos machaconamente lo que nos muestran tras tanta repetición es una felicidad marchita, una felicidad que ha dejado de ser auténtica y pura para convertirse en una felicidad prestada que, aunque parezca que contiene los mismos atributos de la dicha auténtica, no deja de ser una felicidad de piscifactoría.

Este simulacro de felicidad al que me refiero le sucedía al Proust niño cuando esperaba a su madre en la cama para que le diera un beso de buenas noches. A fuerza de repetir esa felicidad acabó desgastándose para acabar en insatisfacción: 

«Mi único consuelo, cuando subía a acostarme, era que mamá vendría a besarme, una vez metido en la cama. Peo aquellas buenas noches duraban tan poco – ella volvía abajo en seguida – que el momento en que la oía subir, y luego cuando pasaba por el corredor de doble puerta el ligero ruido de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban unos cordoncitos de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. Anunciaba el que iba s seguirle, en que se habría ido y bajado de nuevo. De modo que esas buenas noches que yo ansiaba tanto, llegaba a desea que se retrasasen lo más posible, que se prolongase el tiempo de tregua en que mamá no había venido aún.»

La vida con sus fracasos y decepciones, pero también con sus alegrías y sus placeres, nos va educando de una manera silenciosa si estás atento a escucharla. Estas arcanas enseñanzas sólo se pueden ir captando cuando nos hemos quitado la venda de la juventud y comenzamos a entender las dificultades de nuestra realidad. Así, cada uno puede ir haciéndose una lista de proposiciones, o más bien de axiomas, que le funcione como guía de viaje, no para entender nuestra existencia (abro un paréntesis para hacer una reflexión ¿somos azar o necesidad? Yo no tengo dudas de que somos necesidad, porque no sólo somos materia sino un combinación de carne efímera y espíritu inmortal. Y tengo pruebas), pero sí para vislumbrar con mayor claridad los caminos que otros ya transitaron. 

Yo, poco a poco, con dificultad y sufrimiento, he ido anotando en mi lista lo siguiente: que la vida es saber perder con clase (porque al echar cuentas se pierde más veces que se gana), que nunca se conoce a una mujer tanto como se la ama, que las mejores cosas de esta vida no cuestan dinero o muy poco, que la infancia es la mejor estación de la vida, que a cierta edad no basta con que una mujer sea sólo guapa, que (a diferencia de lo que mayoría cree) una decisión no se debe juzgar por el resultado sino por el proceso de valoración, que una vida sin amor es media vida, que sin sufrimiento no hay aprendizaje, que la gente que habla de política no suele ser interesante (y si hablan de ello en la mesa lo confirman), que los sacrificios te hacen más libre y no más esclavo, que sólo somos recuerdo, que la ignorancia es el principio de todo, que (para la mayoría) el dinero lo purifica todo, que siempre llega el invierno (pero también el verano), que el silencio es liberador, que para que hubiera resurrección tuvo que haber cruz, que conocerse a uno mismo lleva toda una vida, que el recuerdo duele o que casi siempre la gente muere demasiado joven.

A esta lista le he añadido hace no mucho un nuevo axioma: que la felicidad no se puede perseguir porque la felicidad perseguida no es felicidad. Es el afluente del río, pero no el propio río. 

(Un día hablaré de la bondad. Quizás la cualidad que más valoro en las personas).  

Apuntes a vuelapluma

Es muy fácil escribir cuando estás enamorado o cuando te han roto el corazón. Cuando estás in love los días de lluvia no mojan, las derrotas de tu equipo de fútbol importan menos y los correos de trabajo urgentes son afrontados con un humor tan bueno que sólo falta responderlos sustituyendo el kind regards por un “vaya, parece que alguien no está enamorado y no es feliz. Tranquilo, amigo; todo llega”. Sin embargo, aún es más fácil teclear unas palabras cuando estás blue por algún traspiés amoroso ¿por qué? Por la sencilla razón de que los sentimientos están a flor de piel. Así, una escena de una película, una frase de una canción o el recuerdo de un lugar común pueden desencadenar un torrente de emociones que no cuesta demasiado plasmar en el papel antes de que el paroxismo doloroso se esfume. Lo complicado es sentarte a escribir en la monotonía, en esos días iguales dentro de semanas iguales que van sumando meses que al cabo de los años acaban conformando una vida. Pero claro, aquí hay un problema, y es que en la vida no sueles estar enamorado hasta las trancas ni tampoco decaído en el desasosiego más profundo ad aeternum. Y ahí aparece otro tipo de persona al que denominaremos “hombre cabal”. El “hombre cabal” es el que renunció hace ya tiempo a vivir, el que con su impostada seriedad es considerado como alguien en quien confiar y que suele mirar por encima del hombro al resto. Es fácil detectarles porque siempre que en una conversación alguien destaca la virtud de otra persona suelen tener un comentario despectivo o, al menos, matizando el elogio, como si la virtud de otros le recordara sus vicios (si nos fijamos bien, los encontramos en todos los lugares, en el trabajo, en la familia y entre los amigos, esto último es lo más triste, porque, al fin y al cabo, los amigos son de las pocas cosas que uno puede elegir en esta vida). El “hombre cabal” también se sienta a escribir (llenan los periódicos y las estanterías de libros más vendidos), pero como no tienen nada interesante que contar comienzan a soñar sobre una vida que no es la suya, se apuntan historias de otros o exageran las propias como el que hincha poco a poco un globo, algunos incluso llegan a inventarse su biografía. Los “hombres cabales” son los que acuden a las tertulias de radio y televisión, los que nos dicen qué votar y cómo actuar, los que dirigen empresas y gobiernan a la población. Hay mucha gente que les admira porque también quieren ser “hombres cabales” sin darse cuenta de que les están engañando, porque se está engañando a muchísima gente. Pero también es verdad que hay mucha gente que quiere ser engañada. Los “hombres cabales” son los que toman las decisiones. 

Es difícil tomar decisiones cuando estás enamorado o echo polvo, en el primer caso parece que todo te da lo mismo, al fin y al cabo vives en una luna de miel permanente como si hubieras alcanzado ya la Jerusalén Celeste profetizada ¿qué más da cuál sea la elección? Estás enamorado. Todo saldrá bien. En el otro escenario, el de la melancolía, los mecanismos de la decisión también importan poco porque total la vida en soledad no merece mucho la pena y ¿cuál es la diferencia entre diversas opciones si estás solo y vas a ser un infeliz? De acuerdo con mi exposición anterior alguien podrá decir que lo más sensato es tomar decisiones cuando los sentimientos no están a flor de piel. Pero, y al contrario de lo que pudiera parecer, creo que las decisiones que toma el que no está enamorado o roto por el sufrimiento serán igual de buenas o malas que los que sienten que el mundo es ya el Paraíso en la Tierra o el noveno, y más profundo, anillo del infierno que narraba Dante donde junto con Satanás están Judas, Bruto y Casio (los asesinos del dictador Julio César). Mi razonamiento, como todos los míos, es simplón y fácil de entender: las vidas sin amor o sin dolor en el mundo moderno llevan a la monotonía, de la monotonía al aburrimiento, del aburrimiento al tedio espiritual y del tedio espiritual al vacío existencial, del vacío existencial a la búsqueda de aventuras, de la búsqueda de aventuras a las emociones y de las emociones al riesgo. De este modo, las decisiones tomadas por los “hombres cabales”, que lo que suelen ser es más aburridos que sensatos, tienden a ser igual de ingenuas o atrevidas que las de los locos enamorados o de los piltrafillas pisoteados. Digo todo esto porque si algo he ido descubriendo estos últimos años es que el ser humano necesita causalizar los resultados. Es decir, que si por puro azar la decisión tomada por Romeo fue un éxito, tendremos a un coro diciendo que hay que perseguir aquello que se hace por amor, si la decisión tomada por nuestro Bruto triunfó frente a lo que parecía un fracaso rotundo el pueblo de Roma le santificará porque le habrán librado del dictador y finalmente si el hombre que chapotea en la monotonía fue premiado por el azar alcanzando lo que anhelaba (abro un paréntesis: me pregunto si habrá leyes en el azar. “Nada era real, excepto el azar” escribió Paul Auster) nos encontraremos con el habitual grupo de prosélitos moviendo la cabeza y señalándonos al “hombre cabal” como ejemplo. Por cierto, tecleo estas líneas después de escribir una carta de amor que probablemente no entregue nunca pero que ha resultado muy sencilla de escribir porque las cartas de amor se escriben solas. 

En línea con lo anterior, lo de escribir, digo, he visto recientemente la película Anatomía de un Dandy (abro otro paréntesis; no sé por qué lo llaman película cuando realmente es un documental). 

En la vida de cualquier persona suele haber un momento crucial que comienza a perfilar nuestra biografía. El fallecimiento de su madre fue ese momento crucial en la vida de Umbral que le llevó a abandonar el banco donde trabajaba y entregarse  a escribir. Anoto de memoria así que erraré, pero contó algo similar a “sentí que mi madre era una rémora para mi carrera como escritor porque ella quería que trabajara en el banco y por las tardes escribiera un poco. Yo me di cuenta que para ser escritor tenía que dejar el banco y dedicarme sólo a escribir”. Cualquiera que viera el documental, y en particular el chaval que casi no ha saboreado los sinsabores del mundo  y está seducido con la idea de convertirse en escritor, pensará que el éxito de Umbral se puede resumir en la máxima de que el destino pertenece a los audaces, por lo que si quieres que el sueño se haga realidad hay que lanzarse y comprobar si tenemos una red debajo.

Umbral fue valiente y se lanzó y además de la red protectora encontró a cuatro ángeles celestiales que le sostuvieron durante toda su carrera. Este chaval soñador seducido por la literatura estará rumiando ahora en su cabeza dejar de estudiar o trabajar para tratar de convertirse en un escritor de reconocido prestigio. Sin embargo, existen multitud de ejemplos de grandes escritores (incluso superiores a Don Francisco) como Conan Doyle, Kafka, Kennedy Toole o Chandler que compatibilizaron un trabajo con la profesión de escribir, o viceversa una profesión con el trabajo de escribir. Aquí otro ejemplo de la causalización. 

Pero regresando al documental lo que más me conmovió fue cómo acabó convirtiéndose, aunque no creo que fuera su pretensión, en un perfecto resumen de la vida de casi cualquiera de nosotros. Umbral es sólo la excusa. Más que la anatomía de un dandy es la anatomía de nuestras vidas.

Nacemos siendo el corazón de una alcachofa, un pequeño núcleo compuesto de bien, bondad y belleza donde nuestro yo o nuestro ego no logran entrar, pero poco a poco con el devenir del tiempo, que nos va regalando experiencias, vamos recubriendo ese corazón puro con hojas que nos van estropeando. La primera siempre es la de la soberbia (que fue el primer pecado que cometimos cuando aquel se nos acercó y nos incitó a que comiéramos del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal con la promesa más tentadora para un hombre: “seréis como dioses”), luego nos echamos la de la vanidad, después la del egoísmo, continúa la de la envida, la sigue la búsqueda de la fama y así continúan la del éxito, la de la maldad, la de las infidelidades, la de los complejos… es el encantamiento sobre las vidas mundanas: que dejamos de saber quiénes somos. Cada uno va sumando sus hojas particulares y hoja tras hoja hace que ese rastro de bien, bondad y belleza se vaya esfumando para acabar completamente oculto bajo una maleza inaccesible. Y así vivimos, asediados por nuestras hojas que más que protegernos nos destruyen poco a poco. 

Pero la ley universal de la vida establece que cuando un hombre ha vivido lo suficiente, alguna de las papeletas que llevamos para la tómbola de desgracias que es nuestra existencia terrenal (“no te sorprenda que en el mar de la vida te sacudan fuertes tempestades” Boecio) tendrá premio. A Umbral la desgracia le premió en forma de enfermedad que le obligó a dejar de escribir. Y así los amigos de la noche y la prensa desaparecieron, el éxito se desvaneció y la fama, efímera como la felicidad (“el murmullo del mundo es sólo un soplo de viento: hoy está aquí y mañana allá, cambia su nombre y cambia su destino” Divina Comedia. Dante) se esfumó. Él, que había sido el mejor testimonio de una España que bailaba al ritmo de los periódicos de papel con la música de sus columnas acabó desterrado por el mundo moderno en su fortaleza de Majadahonda  (una de las características de nuestra sociedad es que cuando dejas de producir dejas de ser útil) para dedicarse a poco más que observar cada mañana con una mirada triste y lánguida la piscina de su jardín que parecía contener toda la nostalgia de una vida. 

Finaliza el documental poniéndonos a todos frente al espejo de nuestra vida. Y en el reflejo nos contemplamos totalmente desnudos sin ninguna de las hojas que nos fuimos echando encima a lo largo del camino y comprobamos que de aquel corazón original de bien, bondad y belleza sólo queda un pálido recuerdo, que en el caso de Umbral todavía tenía la fortuna de estar abrigado con lo único realmente valioso en una vida: el amor de una mujer leal a Don Francisco como Penélope a Odiseo. Y así, al terminar el documental uno confirma dos leyes de la vida humana: la primera, tras ver  yacer a Umbral en el mismo nicho que el hijo de cinco años que se fue antes de tiempo, es que al final del camino sólo nos encontraremos con lo que realmente importa; y si ya lo sabemos ¿por qué no actuar en consecuencia? La segunda es que los espejos nunca mienten, lo complicado es encontrar un espejo limpio. 

Por cierto, hablando de fortalezas yo estoy construyendo la mía. Pero mi fortificación no tiene piscina, ni varias plantas, ni un gran salón, ni siquiera tiene una pequeña habitación donde poder descansar. El motivo es que la fortaleza que me estoy construyendo es moral. Por el momento, sólo tengo una pequeña ciudadela cuyas únicas construcciones son un diminuto santuario y una precaria choza rodeados por una empalizada de madera que pretendo ir sustituyendo poco a poco por unos sólidos muros de piedra. Sin embargo, me siento muy orgulloso de mi ciudadela. Es mi patrimonio moral. Es lo único que poseo que nunca me podrá ser arrebatado. Si un día Alarico y sus seguidores la toman será “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” al no haberla defendido con el ahínco, la pasión y la energía suficientes. Esta ciudadela moral es el mayor patrimonio que Dios nos ha dado. Pero no siempre supe de la existencia de este regalo. Orgulloso de mí, o más bien, soberbio de mí, pensaba que antes de levantar mi pequeña ciudadela ya poseía  un gran reino moral. Me creía monarca de un territorio de extensas praderas verdes con manantiales de agua cristalina donde los animales pastaban felices. En ese territorio había levantado un castillo, rodeado de un foso con agua, en el que se alzaban unos imponentes muros coronados por macizas almenas donde yo residía como monarca absoluto. En mi ingenuidad (o, más bien, soberbia) creía que esos muros eran tan inexpugnables como las murallas de Constantinopla, que fueron en otros tiempos consideradas las murallas más inaccesibles jamás erigidas. Yo, como los bizantinos de entonces, me sentía seguro bajo la protección de estos muros. Sin embargo, cada cierto tiempo mi antiguo reino era arrasado por dragones que sin mucha dificultad penetraban en mi territorio quemando los pastos, comiéndose al ganado, allanando mi castillo y arrojando mi corona al suelo. En mi vanidad no le daba mucha importancia a estas profanaciones porque tras cada razia reconstruía rápidamente mi reino rápidamente sin gran dificultad y me volvía a autoproclamar rey. Qué error, qué tremendo error, lo que rápido se construye rápido se desmorona y lo que volvía a construir lo hacía sobre la movediza arena en vez de sobre la permanente roca. No tenía un reino sino que más bien yo era el vasallo de muchos otros reinos que me esclavizaban a su antojo haciéndome creer que era un hombre libre. 

Los dragones siguen acechando y no dejarán de hacerlo porque este acoso es consustancial a nuestra naturaleza imperfecta, pero, por lo menos, ahora estoy levantando un torreón en la ciudadela para poder divisarlos cuando se vayan acercando. Sé que nunca alcanzaré la riqueza moral de aquellos que fueron verdaderamente ricos y por ello podían ir al cadalso perdonando a sus verdugos y dando gracias a Dios por su destino de mártires ya que pronto se reunirían con Él. Tampoco lograré la virtud moral de Maximiliam Kolbe, el fraile franciscano que fue torturado y asesinado en Auschwitz tras reemplazar voluntariamente a otro hombre seleccionado para morir (“No tengo a nadie. Soy un sacerdote católico” dijo Maximiliam al ofrecerse al sustituir al preso que suplicaba clemencia porque tenía hijos). Nada se le puede arrebatar a un hombre que ha alcanzado el grado más perfecto de la naturaleza humana (“pero seguís ignorando, porque estáis ciegos, dónde se oculta el bien que deseáis, y buscáis bajo la tierra lo que se encuentra en el cielo estrellado” Boecio).

Ellos no tenían una pequeña ciudadela como la mía, sino inmensas ciudades con altas catedrales góticas protegidas por muros tan anchos que se tardarían años en atravesar y tan elevados que la vista no alcanza a ver el final. Las coronas que ceñían sobre sus cabezas no es que nunca cayeran al suelo es que jamás nadie se las pudo mover. Mi poblado no aguanta la comparación pero cada día voy percibiendo que la morada moral que estoy levantando es cada vez más inviolable y comienzo ya a sentirme resguardado tras la protección de las murallas de mi pequeña ciudadela. Sin embargo, la única manera que tengo de comprobar la solidez de mi sistema defensivo será cuando aparezca un día el sultán otomano con todas sus tropas. Sólo espero que cuando ello suceda no me haya dejado la noche anterior una pequeña puerta de la muralla abierta, como sucedió aquella última noche de Bizancio (“mientras deambulan curioseando sin rumbo entre la primera y la segunda muralla de la ciudad, descubren que por un incomprensible descuido una de las pequeñas puertas de la muralla interior, la llamada Kerkaporta, se ha quedado abierta… (…) Un pequeñísimo azar, Kerkaporta, la puerta olvidada, ha decidido la historia del mundo” Zweig. Momentos estelares de la humanidad). Y si finalmente el sultán logra entrar me comprometo desde ahora a hacer todo lo posible para que lo que encuentre en el santuario de la ciudadela no sean todas esas hojas que me he ido echando sino únicamente el rastro de lo que un día fue un corazón de bien, bondad y belleza. Ése debe ser el único sentido de mi vida. Al fin y al cabo, ya sé que es lo que realmente importa cuando llegue al final de mi camino.

(Nuestro amor es como Bizancio

tuvo que haber sido

la última noche. Tuvo que haber habido

me imagino

de los que se agolpaban en las calles

o formaban pequeños grupos

en las esquinas de las calles y en las plazas

hablando en voz baja,

un resplandor que tuvo que haberse parecido

al que tiene tu cara

cuando te echas el pelo hacia atrás y me miras.

Nuestro amor como Bizancio de Henrik Nordbrandt)

La tormenta

Me gusta levantarme pronto, cuando el día no ha amanecido y los últimos rescoldos de la noche se imponen sobre el alba. Me preparo tres o cuatro tazas de café en mi cafetera italiana y me acomodo en el sofá a leer hasta que llega el momento de acercarme hacia la línea de salida de un nuevo día: la ducha. 

El tiempo que paso leyendo en un absorbente silencio junto con mi café tiene algo no sólo de relajante sino también de místico, es un momento que no pertenece a ningún día, un tiempo apátrida que me sirve de meditación y de calmante. Observando ayer por la ventana como los copos caían suavemente – iluminados únicamente con la tenue luz que desprendían las farolas – y mientras la ventisca arrastraba la nieve en polvo de la cornisa del edificio de enfrente de mi casa, no sentí, como había sospechado me que sucedería cuando los días previos nos anunciaban la nevada, la melancolía de recordar aquel paraíso perdido de la infancia en una ciudad de provincias cuando en vez de ir al colegio, suspendido por la avalancha de nieve, nos dejaban ir al parque a tirarnos en trineo. Al contrario, lo que experimenté fue más bien una energía renovada, un estímulo adicional a vivir la vida, como si algo sobrenatural hubiera en contemplar en silencio a los copos que pausadamente caían frente a mi ventana.

Con el mismo ímpetu de un soldado valiente que se sabe luchando en una batalla definitiva por una causa justa, e igual de abrigado que un oficial ruso en invierno, me lancé a la calle a contemplar la belleza de la destrucción de la naturaleza en los árboles caídos, a los niños saltando en la nieve como si fueran niños, a los perros extrañados con la situación oliendo los bancos blancos y a los adultos sonrientes arrojarse bolas de nieve. Ya cerca de mi casa, en una pequeña calle, casi inaccesible por los estragos de la tormenta, descubrí un edificio antiguo cuya amplio portón de madera estaba rodeada de nieve pura, lisa y virgen, como si desde hace mucho nadie hubiera podido atravesar esa puerta. Quise acercarme con cuidado a tocar ese nieve inmaculada y comprendí en ese breve pero fatigoso camino que hay puertas por las que es más fácil entrar cuando en el mundo ha nevado.

Ya cerca del portón, pero sin la posibilidad de poder todavía alcanzarlo para alguien como yo, dibujé con mi dedo una pequeña cruz sobre la nieve que sabía que inevitablemente desaparecería a los pocos minutos cubierta por nuevos copos. Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que aunque hoy no me haya lanzado a la calle debido al frío, el hielo y el miedo a cualquier desgracia, la puerta sigue en el mismo lugar esperando a que alguno de nosotros llame para pedir entrar. Y a esa certeza la llamo fe. Las tormentas más intensas no están en el exterior, por muy destructivas que puedan parecer, sino en el interior de nosotros.

Noviembre y diciembre 2020

No existe una fuerza más poderosa, después del amor, que el odio. Pero es una fuerza maligna que debilita al que lo siente impidiéndole llevar una existencia feliz. El odio no es sólo una debilidad del que odia (“toda ferocidad viene de la debilidad”, decía Séneca citando a alguien que ya no puede recordar. De mi memoria escribiré otro día) es también una gran pérdida de tiempo. Y si es el tiempo un regalo que no nos pertenece a ninguno  ya que nadie puede controlarlo, tampoco aquellos que tanto tienen y pueden comprarlo todo ¿quiénes son realmente los millonarios? Los que no odian… a mí no me cabe ninguna duda.

Creonte: un enemigo jamás se vuelve amigo, ni siquiera al morir.

Antígona: yo no nací para compartir odio, sino amor.

Antígona. Sófocles (441 a.C.)

Feliz Navidad y Feliz 2021.

Octubre 2020

Diez meses escribiendo este diario mensual sin más afán que obligarme a sentarme unos días de cada mes a reflexionar y escribir y, quizás, releer todos estos garabatos mentales dentro de unos años con la perspectiva que da el tiempo. No hay ningún plan ni ningún guión, todo lo que escribo es para mí. El tiempo es el mejor juez que conozco y también el mejor calmante “todo lo bueno pasa pero también todo lo malo”, se lo escuché una vez a Garci y creo que lo escribí hace años por aquí. Digo creo porque no me gusta releer mis entradas antiguas, ya que me producen una mezcla entre pudor, por volver a escucharme, y de dolor, por el paso del tiempo. El tiempo es el mayor castigo que nos impuso Dios a los hombres y por el contrario, y aunque nos pudiera parecer mentira en un primer vistazo, la mortalidad el mayor regalo. Lo mortalidad del hombre como regalo de Dios se lo leí a Epicuro en el libro de Emilio Lledó sobre el epicureísmo. Me pareció una de las reflexiones más acertadas que he leído ¿cuál sería el sentido de una vida inmortal? ¿Nos pondríamos objetivos? ¿Existiría una vida plena cuando no podríamos morir por algo? Si fuéramos inmortales nos afanaríamos en buscar la mortalidad desafiando por ello a Dios o al creador del programa informático en el que vivimos. Así es el hombre, no tiene remedio.

“Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es la privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de la inmortalidad” Epicuro. Epístola a Meneceo.

Cuando me siento a escribir y las palabras brotan solas sé que lo que anotó nace de algún lugar honesto y sincero, no hay nada impostado ni falso, es puro como la infancia. Al contrario, si necesito pensar demasiado o inspirarme ojeando un libro donde en su momento subrayé un párrafo soy consciente de que lo que quiero dejar escrito se asemeja más a la bisutería que a la joyería, es mezquino tratar de engañarse a uno mismo. Igual que es un síntoma de mezquindad no reconocer la superioridad de otros. He tratado siempre de huir de la bisutería en mi vida; sin embargo, la vida es una lucha constante entre lo que somos y los que nos gustaría ser, entre ahorrar o disfrutar, correr o andar, quedarte en casa o salir, aceptar el reto o rehuirlo, entre el deseo o la represión. Quizás el éxito de una vida feliz sea evitar los conflictos internos y quizás también la forma de lograrlo sea indagar en nuestro yo más profundo, el que nadie conoce, ni nosotros mismos, buscando el origen de nuestros conflictos, desdichas y desgracias. Indagar en ese yo no es complicado pero sí extremadamente doloroso porque el resultado, aun siendo acercarnos a la felicidad plena, supone contemplarnos ante el espejo más cruel, el mismo que nos muestra quiénes somos realmente…. y bien sabemos que los espejos tienen una cualidad que no tenemos los hombres: no mienten nunca.

Mi mundo es cada vez más pequeño aunque el mundo cada vez sea más grande.

Estaba leyendo en la página web del restaurante Viridiana su menú cuando me topé con una frase de Borges que enlaza con la visión que varios autores clásicos tiene sobre la fortuna: “La puerta es la que elige, no el hombre.”

Vivimos en un mundo absolutamente moralista e insoportablemente inmoral.

Septiembre 2020 (II)

“No sé” es la frase más liberadora del mundo ya que exime de tener que dar una opinión. Un “no sé” convierte al que lo pronuncia en alguien interesante ante mis ojos y me muestra además que detrás de una fingida, o no, modestia se esconde inteligencia. Un “no sé” suena honrado y valiente… qué difícil es escuchar, aunque sea entre susurros, un simple “no sé”.

Quizás el momento más terrible de nuestra vida es cuando de niño nos damos cuenta de nuestra existencia mortal. A partir de ese momento, y justo en ese momento, toda nuestra forma de entender la vida cambia radicalmente.

Escribo bajo el sol de unos tenues rayos okupas que se han colado sin anunciarse por mi ventana con la intención de recordarme que un verano más ha sucedido para no regresar. Algún frívolo pensará que entre la tesitura de perder la casa o vivir recordando tiempos felices que no volverán preferiría vivir a la intemperie. Estos rayos de finales de septiembre ya lánguidos, pero no pobres, me han traído a la memoria el recuerdo de una escena de Memorias de África cuando un guapo y atractivo (dos cualidades que no suelen ir de la mano) Robert Redford le contaba a una no tan guapa pero sí atractivísima Meryl Streep que los zulúes era un pueblo incapaz de pensar en el futuro. Para esta tribu su tiempo siempre es presente, así que cuando un zulú es encarcelado acaba muriendo de pena en su celda porque piensa que su condena es hasta el fin de sus días. Hace tiempo leí, ya no sé dónde, que una característica del homo sapiens y de su éxito evolutivo es la capacidad de pensar en el futuro y que este atributo pudo ser decisivo en nuestra lucha por los recursos frente a los neandertales. Afirmo sin dudarlo, que yo nunca he sido más infeliz que cuando he tratado de controlar o, al menos, organizar el futuro, debido a que la contrapartida fue la peor desdicha de todas: dejar de vivir el presente para ser golpeado por un futuro completamente incierto. Vivimos con la esperanza de que algún día nos retiraremos ya mayores a descansar y a partir de entonces poder comenzar a vivir. Qué error, qué tremendo error. Me invade ahora otro recuerdo y es aquella lectura tan sobrecogedora, agobiante y asfixiante de El Desierto de los Tártaros, un libro tan borgiano que Borges hizo el prólogo como queriendo reclamar su autoría. Miro a la librería y ahí me está observando el cuento de Dino Buzzati que te atrapa como un sueño, o quizás una pesadilla, para susurrarme que nunca esté tan ocupado como para no darme cuenta de que estoy vivo. ¿Si no sé cuándo mi destino caducará, qué prefiero ser: un feliz neandertal o un insípido sapiens?

(Nunca es tarde para tener un verano feliz).

“Somos europeos y pertenecemos a un mundo que sabía compensar la pobreza con la belleza” escribe Mauricio Wiesenthal en su libro Orient-Express el tren de Europa. Ojalá mi vida fuera un viaje en el Orient-Express.

Hastiado de la barbarie del mundo moderno y con la intención de olvidar los tropelías de su cocina, me he ido a cenar dos viernes a Horcher sin más compañía que un traje de verano cruzado, una corbata azul mar Cantábrico y un pañuelo blanco. Allí entre los rescoldos de un mundo pasado que vive sus últimos coletazos y escoltado por sus manteles blancos, sus soldaditos de porcelana, que me miraban como rogándome que me alistara con ellos por la causa del Emperador, su cristalería checa con el escudo de la casa grabado y su espléndido servicio, sin libreas pero con el detalle de separarme ligeramente la mesa cuando me levanto, quise  soñar que estaba en el vagón restaurante del Orient Express la noche antes de llegar a Venecia. Ebrio de melancolía, y arropado por su moqueta decimonónica, me abandoné por completo a mi sueño romántico entregándome al cariño de un chef que me cortejó la primera noche con una menestra de verduras con huevo de codorniz, a la que siguió un goulash de ternera a la húngara y finalizó con un strudel de manzana a la vienesa, uniéndose al final de la velada el éxtasis dulce de un oporto color caoba. En mi segunda cena, y siguiendo las recomendaciones del maître, decidí comenzar con unos arenques a la crema con Kartoffelpuffer, continué con un stroganoff a la mostaza de Pommery, que completé con una variedad de quesos europeos que pidió el oporto por mí. Borracho por el encantamiento melancólico que estaba disfrutando felicité al chef las dos noches, aunque absurdamente me privé de comentarle que el goulash de ternera sólo lo había probado tan exquisito en el palacio de los antepasados del archiduque Otto y que el stroganoff me pareció tan sublime que se lo comentaría al zar la próxima vez que nos viéramos en el ballet.

Herido de nostalgia, y quizás también de alcohol, abandoné feliz el palacio del Imperio hacia la Plaza de San Marcos con la noble intención de dar las buenas noches a sus palomas mientras en mi cabeza sonaba la alegre marcha Radetzky. Pero a todo sueño le llega su mañana y al caminar unos metros y darme de bruces con las hipócritas y exageradas terrazas de la Plaza de la Independencia caí en la cuenta de que no estaba en Venecia sino frente a la vulgaridad de nuestro siglo, el mismo que en cada tienda, cada restaurante, cada película y casi cada debate me susurra, para burlarse de mí, que sigo embarcado en el navío de la vida moderna, por mucho que me considere un polizón.

“Cuando encuentres un buen restaurante, cambia de plato, pero no cambies de restaurante” Néstor Luján.

Septiembre 2020

Al sol de septiembre y de vuelta a Madrid escribo estas palabras en la terraza del Café Gijón. Aquí hago balance de los momentos memorables del verano: algunos almuerzos, un vino, el tiempo pasado con amigos o un amor truncado. Recapitulo lentamente para que se graben en mi memoria una gran comida (otra vez) en Casa Bigote en Sanlúcar, la zanahoria aliñada del Bar Gonzalo en El Puerto de Santa María, un almuerzo en La Milla de Marbella con mi amigo Felipe, el descubrimiento de Ossian 2016 (un verdejo de Segovia envejecido nueve meses en barrica), la piscina de mi hotel en Marbella, los cócteles en la terraza del Marbella Club antes de cenar, las vistas a la bahía de Santander desde El Marítimo, el bonito con Tomate y los bocartes rebozados de La Bombi (como todos los veranos) o la primera tarde en El Beso de Formentera con grandes amigos. Estos son los recuerdos que han aparecido sin que les llame, así que deben ser los que mi memoria ha guardado ya en un almacén de mi subconsciente y allí  pasarán a vivir desperdigados y sin orden junto con el resto de mis recuerdos (bonitos). ¿Qué es la vida sino recuerdos (bonitos)?

Entre los vaivenes del descanso y el trabajo sucedió un verano más con el principal sobresalto de descubrir La libertad primera y última de Jiddu Krishnamurti, un libro que me guiará toda la vida. Existe un camino verdadero, que no tiene atajos y está al alcance de todos. Observo lo que conozco del camino y me pregunto ¿qué es más difícil: conocer el camino o seguirlo? Pienso en todos aquellos que no conocen el camino y, sin embargo, echan a andar.

Regresando a mis nostalgias me doy cuenta de que la gente quiere asomarse al futuro y yo volver al pasado. Me gusta abusar de mi recuerdos; así los veranos anteriores siempre los disfruté más, los amores de mi larga juventud fueron más intensos o cualquier Tour de Francia pasado me parece más heroico. Hay momentos de mi vida que ya sólo sobreviven en mi nostalgia y siendo como es de mentirosa esta amiga me inclino a pensar que nunca sucedieron; o, por lo menos, de la manera que yo los recuerdo. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, así comienza la autobiografía de García Márquez.

Vivir en la nostalgia me ha permitido ir desarrollando un algoritmo infalible para juzgar los ciudades a las que vuelvo, los restaurantes a los que retorno o los labios a los que años después regreso. Mi algoritmo es muy simple: si la realidad triunfa sobre el recuerdo rescatado de mi nostalgia, lo que estoy viviendo merece la pena. Hasta el día de hoy, no conozco Trip Advisor más eficaz que el mío. Así, puntuar un restaurante o un hotel en un lugar que no sea la memoria me parece una falta de educación y de gente poco interesante. Los momentos importantes en la vida no hace falta anotarlos o fotografiarlos porque se recuerdan solos, siempre vivirán con nosotros. Ufff ganar a los recuerdos, eso sí que es un desafío. 

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“¿Qué busca la mayoría de nosotros, qué queremos? Concretamente, en este mundo de desasosiego en el cual todos procuramos encontrar cierta clase de paz, de felicidad, algún refugio, sin duda lo importante es descubrir qué es eso que intentamos encontrar, que tratamos de conseguir, ¿no es cierto? Es probable que la mayoría busquemos cierta paz, felicidad; en un mundo sacudido por disturbios, guerras, contiendas y luchas deseamos un refugio donde pueda haber paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos, por eso buscamos, vamos de un dirigente a otro, de una organización religiosa a otra, de un instructor a otro.

Ahora bien, ¿buscamos realmente la felicidad o buscamos alguna clase de satisfacción de la que esperamos obtener felicidad? Sin duda, hay una diferencia entre satisfacción y felicidad, porque ¿se puede buscar la felicidad? Tal vez uno puede encontrar satisfacción, pero no puede encontrar la felicidad.” Jiddu Krishnamurti.

Agosto 2020 (II)

Los libros, los buenos libros, una vez publicados, dejan de pertenecer al país del autor para emigrar a un país al que pertenecemos todos los lectores. En este país se puede entrar sin visado ni pasaporte y no hay un tipo coñazo preguntándote cuál es el motivo de tu viaje. En algunas ocasiones, el vínculo creado entre autor y lector es tan fuerte que se llega a producir una confusión entre ambos. Esos son los grandes libros. Por ello, cuando regalamos a la gente que queremos un libro que nos ha marcado, lo que realmente le estamos diciendo es que el libro lo hemos escrito nosotros, independientemente de quién figure como autor en la portada. El tipo de la portada es simplemente el medio que nos ha ayudado a traducir nuestros sentimientos, pasiones, sensibilidades, gustos o ideas y los ha puesto sobre papel, pero, en ningún caso, es el único creador de la obra. ¿De verdad alguien cree que Antoine de Saint-Exupéry es el único autor de El Principito?

Todo lo que he escrito aquí durante años lo hago con la autoridad que me da el fracaso de no saber aún a mi edad qué me gusta, qué quiero, qué necesito o, incluso, qué siento. ¿Cómo voy a dar consejos si ni yo mismo me conozco todavía?

Tengo la teoría de que los buenos clientes habrían sido grandes maîtres.

Uno de los gestos de peor educación que se pueden cometer es no leer un libro que te regala alguien cercano. No hablo de los libros que se obsequian casi por obligación (o sin el casi) en los cumpleaños o en Reyes y se han cogido de la estantería de los más vendidos. Me estoy refiriendo a ese libro que se regala porque mientras lo lees estás pensando sin parar en esa persona. No leer un libro regalado es una manera de despreciar los sentimientos del que regala.

Pido el segundo dry martini en la terraza del Marbella Club (siempre con dos aceitunas). De alguna manera aquí me siento usufructuario de una época que ya se ha extinguido. “Otros mundos, otra vida“ era el título de la autobiografía de José Luis de Vilallonga. Observo cómo el barman salpica con el rocío del limón la ginebra (no es muy seco, noto alguna gota de vermú) y me da por pensar en nuevas frases para el guión de la película de cine negro (el productor me ha vuelto a preguntar esta mañana que cómo voy. Le he dicho que estoy escribiendo seis páginas diarias, lo que no le he contado es que cada noche tiro a la basura las seis páginas escritas). En esta terraza las frases surgen igual de rápido que se sirven cafés en un Starbucks, es como vivir en una nostalgia prolongada: “[Escena final de la película. Plano de espaldas de una pareja y voz en off]. Mientras ella se alejaba de la mano de Scott, me di cuenta de que la mujer de tu vida siempre es de otro.”

En la vida nunca sabes cuándo son los mejores momentos.

Agosto 2020

Tecleo desde una piscina de Marbella imaginando que soy un guionista de películas de cine negro del Hollywood clásico. Sueño con que me han contratado tres meses para escribir un guión sobre un tipo con pasado que no cree ya en nada, dos policías que hacen negocios con la mafia, una chica buena que quiere al tipo descreído y una rubia sin corazón a la que quiere el tipo descreído. Para que la inspiración me atrape el productor me tiene a base de gimlets durante el día, dry martinis a partir de las siete de la tarde (lo que los italianos llaman el aperitivo) y me saca a cenar a clubs con piano a los que sólo se puede entrar en esmoquin y donde el maitre te lleva a “la mesa de siempre” porque sabe que le soltarás un billete de 20€. Tengo ya el comienzo de la película y algunas buenas frases como “¿Quieres saber de qué está hecho este cocktail, nena? De lo mismo que yo: fracaso y nostalgia… la proporción depende del día” o “Te voy a dar un consejo, chaval. No te fíes de ese tipo, es de los que entra detrás de ti en una puerta giratoria y acaba saliendo delante”. Siendo honesto (me irá mal como guionista si lo soy) ninguna frase es mía, lo único que he hecho es retocarlas. Y siendo más honesto, una enfermedad que suele ser letal en cualquier profesión, el comienzo es una mezcla entre Laura y El Crack. Espero que el productor no se entere… y si lo descubre me haré el ofendido, a ver si así le puedo sacar dos meses más en esta piscina y unos 75 gimlets adicionales. Ahora escribo desde la terraza del Marbella Club (con Horcher el único mundo que conozco que ha decidido no claudicar “se prohíbe la entrada en zapatillas de deporte y pantalón corto” reza un cartel a la entrada. Mi Bizancio). Me siento como Steel (Bogart) en Un Lugar Solitario. Él es un guionista de Hollywood al que el amor salva. Yo no soy Bogart, ni guionista, ni he pisado Hollywood, no tengo a mi Gloria Graham ¿quién sabe ya quién es Gloria Graham (a mí me gusta mucho Irene Dunne)? suena el piano, hoy tenemos boleros (me encantan los boleros), y me acaba de caer una oliva en la cabeza porque estoy bajo un olivo, espero que no se haya hecho daño la oliva. Es el mejor lugar del mundo, me creo Nicholas Ray dirigiendo En un Lugar Solitario… mientras escribo estas palabras y doy un sorbo a mi dry martini siento que la felicidad me acaricia durante unos segundos: lo máximo que puede durar la felicidad.

“Nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó, viví unas semanas mientras me amó” le dice Bogart a Ms Grahame en Un Lugar Solitario (Nicholas Ray. 1950).

Bebiendo solo en una terraza de una casa de El Puerto de Santa María un gin tonic que me he preparado (con un twist de limón) mientras miro a las estrellas y pienso en todo aquello que me gusta. El verano también es esto.

Me gustan las despedidas cortas, las mesas con manteles blanco, el dry martini en copa pequeña, Séneca, un cocido los sábados con amigos, la izquierda de José Tomás y los comienzas de faena de Pablo Aguado, los paseos nocturnos veraniegos en Madrid, los libros en papel, las camisas (no uso camisetas), la Navidad, el daiquiri de Matador, la soledad, el amor no correspondido (uno de los mayores placeres que Dios nos ha regalado), los trajes cruzados, la nostalgia, el bonito con tomate de La Bombi de Santander, no llevar calcetín de mayo a octubre, dar las gracias, comprarme flores, la manzanilla y el vermú, reconocer los errores, las películas de Garci, los langostinos de Casa Bigote en Sanlúcar, el olor de después de una tormenta de verano, Montaigne, los boleros, el sonido de la lluvia cayendo sobre un paraguas, la gente que sonríe, el café en cafetera italiana, las canciones del verano, los buenos modales en la mesa (“los malos modales en la mesa han roto más matrimonios que las infidelidades” decían en la película Gigi), ilusionarme con tener un día un negocio, Cadillac Solitario, las imperfecciones en los trabajos artesanales, limpiarme los zapatos en Orquera, escuchar Cowboys de Medianoche, los libros de Garci, preguntar, pasear solo por Roma, la macedonia de frutas, Casablanca, las amistades sin envidias, las toallas blancas, vivir en el centro de las ciudades, hacer listas, El Padrino (que era la película favorita de mi padre), las gildas, septiembre, la historia de cómo se fundó el Harry’s Bar, los perfumes de Jo Malone, Cary Grant, hacer las cosas despacio, salir con la bicicleta los sábados por la mañana, el comienzo de la primera Catilinaria (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?), afeitarme todos los días, los trenes, recordar aquellas noches de Gabana y de Fortuni y de Liberata, las camisas blancas, pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, la gente que no habla de política, la tortilla de patatas, las películas de Max Ophüls, los vasos Riedel, el sexo con amor, madrugar entre semana para leer en el sofá, la noche de Reyes, ordenar los libros de mi biblioteca, Gregory Peck en Horizontes de Grandeza, las camas de los hoteles de lujo, el helado de limón, dejar propina, tomarme una copa (o dos) yo solo antes de una cena, regalar flores, las mesas de madera, desayunar solo en los hoteles, tomar decisiones, Casa Moreno en Sevilla, la ducha de después de la playa, los besos en el cuello, ver nevar, la terraza de Marbella Club, los tres últimos párrafos de La Iliada, no dar consejos, Can Carlos en Formentera, ver etapas de Induráin en El Tour, el queso para acabar un vino, que una chica me coja la mano, los pantalones blancos en verano.

Dicho todo lo anterior, realmente, sólo importan unas pocas cosas.

Julio 2020

Principios de julio y regreso por tercer año consecutivo a Formentera para pasar un fin de semana largo con unos amigos que se encuentran ya por la isla. El jueves, como los años anteriores, tomo el primer avión que sale de Madrid con destino a Ibiza. Los horarios se cumplen y a las nueve de la mañana estoy en el puerto de Formentera esperando a que algún amigo se despierte y tenga la amabilidad de venir a recogerme con el dingui. Como sé que mis amigos están durmiendo y yo disfruto de una perfecta armonía con una terraza del puerto y mi café (los tres años en la misma terraza, Amarre 32, y no estoy dispuesto a negociar un cambio), no les quiero avisar de mi llegada hasta más o menos las once. Los años anteriores tuve que sacar el ordenador, aquí mismo en Amarre 32, y ponerme a trabajar porque, desafortunadamente, el guión de mi vida alguna vez no lo escribo yo. Pero este año ha sido diferente. Estaba yo confinado en la autobiografía de Luis Racionero, Memorias de un Liberal Psicodélico, y, al mismo tiempo, observando de reojo cómo limpiaban a conciencia un barco amarrado en frente de mi mesa cuando me abordó una casi plena sensación de felicidad para inmediatamente después abrazarme una profunda melancolía. ¿Tres años ya desde que quedamos en julio para pasar unos días en Formentera? No puede ser. Se cumple aquello, que tanto oía de joven pero que con la arrogancia de la juventud pensé que nunca me alcanzaría, de que a medida que te haces mayor (o más viejo) el tiempo pasa más deprisa. Pido mi segundo americano y un agua con gas y me pongo a pensar sobre el tiempo. Quizás el tiempo no existe, quizás sea una invención nuestra, como las matemáticas, los derechos humanos o la amistad entre un hombre y una mujer. Consideramos que el tiempo es lineal cuando en realidad el pasado no existe y el presente nunca puede ser porque siempre es ya pasado. ¿Qué es el futuro? Sentado aquí en una terraza de una isla mediterránea percibo claramente que el tiempo es circular, un círculo compuesto de puntos que vamos recorriendo a lo largo de nuestra vida y que cuando has vivido lo suficiente simplemente vuelves a pasar por esos mismos puntos. Por ello afirmo que no hay pasado. Si el tiempo es circular, no se puede medir ¿qué somos nosotros entonces si toda nuestra vida gira en torno a nuestras experiencias pasadas y el anhelo de experiencias futuras? No lo sé.

“¡Futuro! Es un invento para arruinar el presente.” De la película Y Dios creó a la mujer. Roger Vadim (1956).

Luis Racionero y Lucía Bosé fallecieron este pasado marzo. Lucía sobrevivió 15 días a Luis. Eran muy amigos, lo he leído en la biografía de Racionero. Tan amigos que él pasaba largas temporadas en Marbella en casa de Miss Italia 1947. Nadie les ha relacionado y eso que han fallecido casi a la vez. Son los misterios del destino. No me interesa el tiempo porque no me interesa lo que no existe, sí me interesa conocer si somos fruto del azar o de un plan. Ése es el gran misterio de la vida. Nunca lo sabré, y creo que nunca lo sabremos, pero estoy seguro que la respuesta está ahí, visible a todos, siempre ha estado ahí… simplemente, nunca hemos buscado bien. Puede que alguno haya tenido o tenga la respuesta y no le hemos querido escuchar.

El otro misterio de la vida es el amor. Dos personas que no se conocen se encuentran por primera vez, se miran a los ojos y booom el Big Bang sucede de nuevo, en un instante se han enamorado, en menos de lo que dura un parpadeo… ¿a cuántos desertores de la vida el amor les ha rescatado? ¿No es un gran misterio, quizás el misterio más grande de nuestra corta existencia, que algo que no sabemos cómo surge salve vidas?

Cuando no me interesa la gente olvido rápidamente su nombre. Hay algunas personas con las que en breve ya no podré mantener una conversación porque se me olvidarán hasta las palabras.

El precio de la independencia es la soledad. No hay nadie enteramente independiente (nadie), pero sí hay personas completamente solas.

Cuando el rey Pirro, el de las guerras pírricas, trató de pasar a Italia desde el Epiro, ahora Albania y tierra de Olimpia (la madre de Alejandro), uno de sus consejeros, Cineas, le quiso advertir de su vanidad. ¿Con qué fin queréis pasar a Italia? Le preguntó el consejero. Para hacerme con Italia, contestó Pirro. ¿Y luego? Le volvió a preguntar Cineas. Pasaré a la Galia para después conquistar España, y tras estas conquistas subyugaré África, y ya con todo el mundo conquistado, podré retirarme a descansar y ser feliz. ¿Y qué os impide, majestad, descansar ya y ser feliz? Le preguntó el consejero. 

¿Nos hacemos las preguntas correctas?