Capítulo 3

– Para un corazón roto las noches duran el doble que los días.

– Yo estoy bien -mentí a Ray-.

– Si estuvieras bien, amigo, no habrías salido cuatro noches seguidas.

– Tenía buenos planes -volví a mentir a Ray-.

El silencio se apoderó de nuestra mesa cuando el reloj de pared que teníamos en frente marcaba las ocho y media de la mañana. Ray dio un pequeño trago a su negroni y continuó. Mira, amigo, al final, todo se reduce a la mujer en la que piensas cuando acaba la noche. Me lo dijo con una ligera sonrisa que traslucía amistad.

Yo no me atreví a seguir mintiéndole. Puede que tengas razón, Ray. En ella estoy pensando ahora mismo, le dije. Ahí estaba yo, rodeado de turistas que desayunaban plácidamente en el Hotel Palace antes de irse a hacer cosas de turistas por Madrid. Mientras ellos se tomaban sus croissants a la plancha con mermelada de arándanos, mi cabeza daba vuelta a unos pensamientos que se revolvían como dados en un cubilete. Era un juguete roto. Aquella mañana que nunca olvidaré estaba embriagado de alcohol por fuera, y no podía disimularlo, y de una mujer por dentro, aunque lo disimulara. No era más que un esclavo suspirando por la libertad. Digo que nunca la olvidaré porque fue la penúltima vez que estuve con mi gran amigo Ray.

Esa noche Ray había salido con unos socios suyos de sus negocios y yo me había ido a cenar con unos amigos. Cuando la noche amenazaba con clarear acordamos vernos para tomar la última copa en la fiesta que una de sus amigas daba en una mansión a las afueras de Madrid. Allí me presenté con una sonrisa, las ganas de gustar, mi habitual camisa blanca y una buena cantidad de alcohol enquistado en mi cuerpo, en mis palabras, en mis movimientos y también en mis pensamientos.

Ray muy cortésmente me fue presentando a todos los invitados. A la mayoría de ellos les conocía de vista de otras fiestas o de habérmelos cruzado en los reservados de las discotecas de Madrid, pero nunca había charlado con ellos. Aunque estuviera allí tomándome una copa en una de sus fiestas como uno de ellos y el que me introdujera fuera Ray, al que todos querían, no era considerado uno de los suyos, así que después de que me saludaran con cierta indiferencia siguieron hablando entre ellos de sus temas de ricos. A pesar de que no nos intercambiamos muchas palabras pude percibir que estaban completamente borrachos, pero no de alcohol sino de dinero, poder y soberbia. La mayoría eran millonarios o aspirantes a ello que consideraban que el éxito de una vida se mide en relación al dinero que has hecho o heredado, los contactos de los que presumir y los lugares donde pasar las vacaciones. La única manera de colarte en su estrecho país mental era mostrando un salvoconducto que certificara que tenías el dinero suficiente para residir en su Estado. Yo carecía de dicho salvoconducto. En cualquier caso, a mí me daba igual no tener ese salvoconducto.

Una vez presentados todos los invitados, Ray y yo nos recogimos en un salón apartado para charlar sobre nimiedades y reírnos de lo hortera que era la decoración de la mansión de su amiga. La casa tenía un enorme jardín lleno de estatuas que trataban de imitar una villa romana, la entrada a la casa desde la piscina estaba flanqueada por dos enormes lamassus que imitaban a los famosos palacios asirios de Ashurbanipal, en el salón colgaban del techo unos tapices con colores que dañaban la vista y una mezcla entre muebles antiguos estilo Luis XVI combinados con otros de diseño moderno hacía pensar que el decorador fue la propia empresa de mudanzas al dejar los muebles según fueron saliendo del camión. En resumen, la decoración no era más que la falta de buen gusto y el exceso de dinero. Mientras nos reíamos y bebíamos apareció la anfitriona y se sentó con nosotros. Se llamaba Duha y era libanesa, me contó que su marido era amigo de Ray y se habían conocido en uno de esos viajes de Ray por Oriente. El marido vivía la mayor parte del año en el Líbano y ella se quedaba sola y aburrida en Madrid, por lo que para no estar ni muy sola ni muy aburrida solía dar fiestas en su casa. Era una mujer culta y sofisticada, no pegaba nada con los invitados e incluso se rio de la decoración de su casa: “mi marido es muy excesivo”, me dijo entre risas, “para todo, también para la decoración”. Duha poseía una belleza que resplandecía más en cada frase, era una de esas mujeres de las que se enamora un hombre maduro porque nos sugieren un pensamiento, una reflexión, una conversación. Duha era cariñosa y tenía estilo, un estilo propio en el reír, en el hablar, en sus movimientos, en su mirada. Nunca llegué a conocer al marido, pero creo que Duha era su mujer cualidad.

Ray y yo nos despedimos de Duha y del resto de invitados y nos fuimos a desayunar; es decir, a tomar una última copa al Palace. En aquel momento no lo sabía, pero sería la penúltima vez que viera a Ray.

Hay mujeres para las cuales el corazón de un hombre es sólo un daño colateral más en su vida. Todas responden a un mismo patrón, son mujeres guapas (o atractivas), frías, divertidas, frívolas y, sobre todo, egoístas. En resumen, el tipo de mujeres que vuelven loco a cualquier hombre inmaduro; es decir, la mayoría. Yo me enamoré de una así. Viéndolo ahora con perspectiva no puedo más que sonreír y recordar lo analfabeto emocional que era. Se llamaba Sara, era guapa, fría, divertida, egoísta y frívola. Una de esas mujeres que arruinan la vida de cualquier hombre. Si durante todo mi vida para mí las mujeres siempre han sido un enigma, ahora el final de mi camino puedo afirmar que la cosa más simple que he conocido en este mundo han sido los hombres. Son como un folio en blanco. Yo he tenido relación con hombres muy ricos y poderosos que se casaron con mujeres bellísimas, tipos incapaces de ceder ni el más mínimo punto en una negociación, pero que eran capaces de poner en peligro todo lo material que han conseguido por presumir de conquistar a una mujer. Es fácil descubrir el mundo que se oculta tras un hombre, sólo hay que dejarle hablar.

Sara y yo empezamos a quedar, yo me lo tomé como un juego sin peligro, como una chica más a la que llevar al Sentimental a tomar cócteles, sacarla de fiesta por Madrid y cenar alguna noche en restaurantes con mantel de lino y música en directo. Sara era guapa y lo sabía. Todas las mujeres guapas lo saben porque el mundo funciona diferente para las mujeres guapas que para el resto de la humanidad. Las mujeres guapas tienen unos privilegios que los hombres no llegamos ni a sospechar. Nunca verás a una mujer guapa haciendo una cola en una discoteca, esperando por una mesa en un restaurante o sin un plan un fin de semana. Siempre habrá un hombre que le habrá invitado a su reservado en la discoteca, un maitre que le hará el favor de encontrarle una mesa o un rico invitándola a ella y a sus amigos a la casa del lago, del campo o de la playa. Pero generalmente la belleza en las mujeres no es más que una maldición. Las impide buscar lo que realmente importa en la vida.

Sara jugó conmigo igual que un dueño con su perro. Nos veíamos cuando ella quería, me llamaba sólo cuando le apetecía e íbamos donde a ella le gustaba. Ahí comencé a comprender que las mujeres siempre consiguen lo que quieren de un hombre. Yo que había logrado todo no podía comprender por qué se me resistía. Se acabó convirtiendo en un amor pegajoso, insoportable; como un perfume dañino que no podía dejar de oler. De ella acabé buscando más sus vicios que su conversación y eso a un hombre le engancha. Así estuvimos algo más de un año. Ya no recuerdo si fui yo el que consiguió ir rompiendo poco a poco la correa con la que me ahogaba o si bien fue ella la que soltó la correa porque encontró otro perro. El caso es que de un amor así uno siempre sale convaleciente y como post-operatorio me receté salir más, beber más, viajar más y buscar nuevas experiencias. 

Gracias a esa receta fortalecí mi relación con Ángel, me pasaba por el Sentimental tres o cuatro veces por semana y apoyado en la barra -como si fuera un figurante contratado por el bar- me quedaba hablando horas y horas con él mientras atendía al resto de lo clientes. Gracias a él me aficioné a su cóctel favorito, el daiquiri. Recuerdo cuando me lo preparó la primera vez porque se lo debo a una mujer guapísima, morena, de claros ojos azules que entró un día al Sentimental con un vestido negro y de la mano de un empresario de los que salía habitualmente en los periódicos para decirnos que era uno de los hombres más ricos de España

– ¿Sabes cuál es la historia más vieja del mundo? -le pregunté a Ángel- la del hombre rico con una mujer más joven y muy guapa. Así ha sido siempre y así será -le dije mientras miraba de reojo a la belleza de ojos azules-.

– Jaja, amigo, creí que me ibas a decir que la de Adán y Eva.

– Qué va, Ángel. No te equivoques, esta historia es mucho más vieja y seguro que también estaba por ahí la serpiente. Ella es preciosa -continúe- yo habría mordido la manzana.

– También era preciosa Sara. Lo que nos pasa, amigo, es que siempre nos parece la mujer más hermosa la de la otra esquina de la barra… mira, te voy a preparar mi cóctel favorito, un daiquiri, y te voy a dar mi receta. Te vendrá bien.

Mientras Ángel me lo preparaba yo, como muchas otras noches, me dediqué a contemplar absorto cómo manejaba con la precisión de un relojero suizo la cantidad exacta de las diferentes bebidas a a verter en la copa, la velocidad a la que giraba la botellas sin derramar una sola gota fuera del jigger y, sobre todo, la pasión que seguía poniendo al preparar cada uno de sus cócteles. Miles de cócteles después seguía preparando cada uno con el mismo rigor que si se sintiera examinado por el claustro de teología de la universidad de París cuando Santo Tomás daba clase. Y además siempre sonreía. Nunca olvidaré la sonrisa de Ángel. La sonrisa es una de las mejores armas que tienen las personas, pero muchos no lo saben. Las sonrisas abren algunas puertas que ni el dinero puede abrir.

– Mira, amigo, el daiquiri perfecto requiere de muy buena materia prima. La mayoría de los cócteles se hacen mezclando varias bebidas alcohólicas, pero en el daiquiri la clave son las limas frescas y el sirope de azúcar. Nada de azúcar. Sirope. Si te fallan las limas o el sirope el daiquiri ya no va a oler ni a saber al Caribe. Un daiquiri tiene que recordarte a las noches de verano en el malecón, a una mulata bailando y a Hemingway borracho en una esquina del Floridita.

– Lo cuentas con tanta pasión que creo que querré dos.

– Nosotros hacemos aquí el sirope de azúcar todos los días. Las limas que más me gustan son las de Brasil, pero depende del momento del año, y el ron siempre Havana 3 blanco -lo explicaba con la humildad del sabio-. Las medidas perfectas son 6 centilitros de Havana, 3 de zumo de lima y 2 de sirope de azúcar. Y se echan en la coctelera por ese orden.

El primer sorbo fue como beberme todo el Caribe español. En el segundo estaba haciendo guardia nocturna en la muralla de Cartagena de Indias mientras contemplaba las estrellas reflejarse en el mar. Con el tercer sorbo supe que sería la bebida de mi vida. Y así, entre daiquiris, fiestas, mujeres, viajes y el trabajo fui ocultándome mi vacua vida. No comprendía qué sentido tenía la vida más allá de la búsqueda del placer y el alejamiento del sufrimiento. El mundo de aquel momento tampoco ayudaba, era un mundo profundamente moralista y completamente inmoral. Un mundo egoísta donde todo giraba en torno al dinero y cuyos profetas nos decían que las preguntas importantes de nuestra existencia era mejor no hacérnoslas porque nadie tenía las respuestas correctas. Todas eran válidas. Cada uno podía tener su respuesta y nadie poseía la verdad. El nihilismo lo impregnaba todo. Por mi parte, vivía esclavizado por mis pasiones, pero me creía libre. Aquel mundo estaba perdido y nos arrastraba a muchos. Sin embargo, todos los que caíamos por el precipicio pensábamos que estábamos volando, que nos habíamos liberado de las cadenas que durante siglos habían aprisionado a nuestros antepasados. Sólo mucho después me di cuenta de que era un esclavo más de un mundo subvertido frente al orden natural. Daiquiris, fiestas, mujeres, viajes y el trabajo. Y cuando ya había abdicado de llevar la vida verdadera, la única que realmente merece la pena ser vivida, me rescató lo único que siempre ha salvado al hombre: el amor.

El amor de una mujer y el amor de Jesucristo. 

(Continuará).