Capítulo 2

“¡Pero si es nuestro amigo! hay días terribles, ¿eh? a ti te parten la cara y yo tengo que beber champagne caliente” escuché nada más volver a cruzar la puerta de El Sentimental por segunda vez. La voz venía del fondo del bar. El que me hablaba era Ray, que sentado en la mesa más alejada de la entrada me miraba con una sonrisa en la cara y la única compañía de un gimlet.

Eran más o menos las siete de la tarde del último sábado de junio de 2008 cuando me atreví a regresar a El Sentimental con un pantalón claro, una camisa azul clarita, un blazer azul oscuro, unos zapatos de verano sin calcetines y bien afeitado. El Sentimental seguía siendo El Sentimental, existían unas reglas de vestimenta y yo no tenía ninguna intención de cambiarlas. También aterricé por allí con lo que me quedaba orgullo, que era poco.

Atravesé el bar lo más rápido que pude para evitar las miradas de algún posible espectador del combate del primer día. Ray me pidió que me sentará con él y accedí. Al fin y al cabo, yo volvía a El Sentimental buscando un martini, a Ray y sus amigas. No sé por qué orden. Me preguntó qué tal estaba y yo restando importancia al encuentro entre mi ojo y aquel puño le di las gracias por haberme acompañado a casa:

-Espero que tus amigas estén bien -le dije-.

-Mis amigas están fenomenal, te mandan besos y piensan que fuiste un caballero.

-Qué casualidad encontrarte de nuevo.

-Bueno, no creas -me dijo con una media sonrisa- yo vengo mucho por aquí y más los sábados.

En mi aprendizaje en El Sentimental descubrí que en un bar el mundo se divide entre los que disfrutan estando solos y los que se quedan esperando en la puerta hasta que llegan sus acompañantes. Es fundamental en la vida saber estar solo, de otra manera serás una marioneta tratando de escapar de la soledad. Nuestra vida no es más que una huida de la soledad. De jóvenes vivimos tan rápido que no nos damos cuenta de nuestra huida porque saltamos de experiencia en experiencia y cada experiencia necesita ser más intensa para superar a la anterior. Sólo cuando uno se enfrenta a la soledad puede aprender a convivir con ella, aunque en ningún caso logrará derrotarla. La soledad te ayuda a descubrir quién eres. Hoy, a mis 86 años, me dio cuenta de que la felicidad es simplemente estar tranquilo, y eso lo logro anticipándome a los problemas que puedo controlar y no enfrentándome a aquellos sobre los que no tengo ningún poder. A mi edad ya puedo decir que una vida plena no está fabricada de pasiones, deseos y experiencias sino de autocontrol y sacrificios. Cualquier deseo y pasión manifiesta imperfección. Rememoro aquellos tiempos de El Sentimental y me veo tan perdido como cualquier joven de cualquier época, llevando una vida de placeres frívolos y superficiales que me dominaban, creyendo que era libre y no siendo más que un esclavo en manos de nuevas experiencias. 

En cuanto Ángel me vio salió precipitadamente de la barra, se acercó a nuestra mesa y con su sonrisa eterna me dio un apretón de manos que me reconfortó tanto como el abrazo de una madre a su bebé:

-Esos tipejos no volverán a entrar aquí, les tengo fichados -me dijo Ángel- ¿sabes quiénes eran? ¡Periodistas! Por algo tenemos una placa clavada en la entrada, pero la vamos a cambiar para empezar a preguntar la profesión de los clientes que vienen.

-¿Periodistas? -pregunté yo extrañado- no me lo parecían. Además, si pone en la entrada que no pueden entrar, ¿por qué vienen?

-Eso me gustaría saber a mí, amigo. Pero no te preocupes que no volverán. Están nerviosos, muchos están perdiendo el trabajo porque con lo de los periódicos online ya no necesitan a tanta gente en las redacciones.

-Bueno, yo estoy bien. Lo del ojo fueron dos días -contesté mintiendo-.

-A esta primera copa invita la casa.

Yo estaba algo aturdido por el recibimiento y lo único que quería era pasar desapercibido. Me apetecía una copa y preguntarle a Ray dónde estaban sus amigas, pero antes de que pudiera preguntar Ángel ya estaba de vuelta en la barra preparándome un cóctel:

-Te voy a preparar un gimlet como el que toma Ray, ¿lo has probado?

-Creo que no -contesté muy sincero-.

-Ésta es la bebida que tomaba el detective Marlowe en El Largo Adiós, para mí el mejor libro de Chandler -me decía Ángel mientras se ajustaba el nudo de la corbata-.

-No lo he leído, pero sí leí hace tiempo El Sueño Eterno y vi la película de Bogart. Me gustaron mucho los dos, el libro y la película.

Estaba realmente sorprendido. Hablaba de libros con un barman que había nacido en los arrabales de Cartagena de Indias. Yo por aquellas trabaja en una prestigiosa consultora internacional y el único tema de conversación con mis compañeros de trabajo era el dinero y cuando se cansaban de hablar de dinero volvíamos a empezar a hablar de dinero. Sus lecturas se limitaban a autoproclamados gurús que habían hecho mucho dinero y al convertirse en ricos se sentían capacitados para ayudar a otros a controlar la mente, combatir el estrés y vender consejos sobre cómo mejorar tus relaciones personales. Yo creo que estos gurús tenían la mente tranquila porque al levantarse por la mañana sabían que tenían varios millones en la cuenta. Ése era su verdadero truco, no la meditación. Por aquel entonces se puso de moda practicar yoga en todas sus variantes, mindfulness o meditación, cualquier cosa menos acercarse a Jesucristo. Mis jefes cuando ascendían en el trabajo salían a cenar a un sitio más caro, se compraban una casa más grande, sus mujeres redecoraban el salón en una tienda más exclusiva y a sus hijos les cambiaban a un colegio donde los profesores hablaban mejor inglés. Con los grandes bonuses que recibíamos iban amortizando parte de la deuda de la nueva casa, cambiaban el renting del coche y se iban lo más lejos posible de Madrid en verano. Ése era el ciclo de la vida aquellos años. Una historia circular anual. Vivían contaminados por el dinero. Nunca les culpé, aquel mundo moderno quería que viviéramos así. Trabajando, ganando, gastando, trabajando. El problema es si mueres así. Era una carrera de fondo sin meta.

Ángel comenzó a prepararme un gimlet y yo aproveché para conocer un poco más a Ray:

-¿A qué te dedicas, Ray?

-Tengo un negocio de exportación. Traigo a España cualquier cosa que crea que se pueda vender aquí. Voy mucho al extranjero.

-Ah, qué interesante, ¿y tus amigas a qué se dedican?

-Jajaja a nada, son ricas. Simplemente a gastar. Imagino que quieres preguntarme si salgo con alguna de ellas. La respuesta es no. Ellas son ricas y yo no -la sonrisa de Ray iba en aumento, pero era una sonrisa natural, verdadera; no era esa sonrisa cínica de quien habla y te aconseja con aires de superioridad-. Quizás ahora no te hayas dado cuenta porque eres muy joven, pero las mujeres ricas no salen con hombres más pobres. Ni su familia ni sus amigas se lo permitirían. Se pasarían el día recordándoselo. Sólo las mujeres muy ricas, ricas de verdad, pueden permitirse tener un marido pobre -cogió la copa del gimlet por el tallo, le dio un pequeño sorbo y continuó hablándome-. Y las ricas de verdad se cuentan con los dedos de una mano.

-Bueno, quizás puedes encontrar algo nuevo en uno de tus viajes traerlo a España y así hacerte rico -Ray me hablaba de la vida y yo no estaba a la altura en ese momento-. Bueno, o quizás ya eres rico, la verdad es que no lo sé.

-No, no ya te digo que no soy rico -intervino Ray, que ya se había ventilado casi todo el gimlet- ¿para qué querría ser rico? El dinero sólo trae problemas. Cuanto más tienes más quieres, más necesitas. El dinero te crea necesidades que antes no tenías. Hay que tener mucho cuidado con el dinero. Alguien con mucho dinero no podría estar tomándose aquí una copa tranquilamente con nosotros.

-Pero el dinero da seguridad y libertad -dije sin mucha convicción interior, aunque quería creerlo. Al fin y al cabo tenía que justificar ante mí la vida que llevaba en aquel momento-.

-Si el dinero diera seguridad y libertad cuanto más dinero tuviera un hombre más seguro y libre sería. Sin embargo, conozco a muchos ricos y tienen que gastarse un dineral en la seguridad de sus casas y sus familias ¿por qué? porque como son ricos no se sienten seguros, creen que pueden robarles en cualquier momento -Ray hablaba con una voz segura, y decía todo lo contrario a los gurús de los libros que leían en mi trabajo-. ¿Tú crees que vivir así es sentirse seguro?

-¿Pero alguien que no tiene nada puede sentirse libre? -le pregunté sinceramente-.

-Esto no lo comprende mucha gente, pero un esclavo puede sentirse libre.

Yo en aquel momento no entendía mucho de lo que me decía Ray. Era todo lo contrario a lo que transmitían los gurús de los libros que leían mis compañeros de trabajo, lo opuesto a las peroratas que escuchaba en mi círculo de amistades y estaba en las antípodas de lo que la consultora quería que yo pensara sobre la vida. Pero pronto descubrí que mi gurú era Ray.

Mientras seguíamos hablando, Ángel se acercó a la mesa con un gimlet en la bandeja y suavemente lo depositó sobre un posavasos circular que tenia grabada una S muy estilizada de Sentimental. Yo nunca había probado un gimlet, ni tan siquiera me sonaba el nombre de la bebida ¿quién diablos tomaba un gimlet en 2008? Le di un pequeño sorbo para descubrir si me gustaba. El primer trago a un gimlet es como volver a nacer, pero en un mundo mejor. Es una bebida que dignifica a la persona que la bebe. Brindé con Ray, brindamos por nosotros:

-Después de dejarte en casa el otro día volví aquí. Ya habían echado a los camorristas y mis amigas estaban más tranquilas. Brindamos por ti, amigo, pero con el tumulto el champagne se quedó en la mesa y como luego nos íbamos a una cena no pudimos enfriarlo. Fue terrible lo del otro día, no lo de tu ojo, sino beber champagne caliente -me dijo Ray con una sonrisa pícara-.

-Lo siento mucho -contesté con un hilito de voz-.

-Jajaja estoy bromeando. ¿Qué sería de la vida sin un poco de frivolidad?

Por aquella época me valía cualquiera para salir, lo único que importaba es que tuviera ganas de pasárselo bien y aguantar hasta el amanecer. Tras conocer a Ray todo cambió, me mostró que no todo el mundo podía servirme ni para salir ni para la vida. Él jamás me lo dijo pero su presencia me lo transmitía. Podíamos decir que me fue dando una educación silenciosa. Es como cuando te enamoras de verdad, que serías capaz de rechazar una cita con la mujer más bella del mundo porque sólo quieres pasar el tiempo con tu amada. Yo quería estar con Ray, me sentía a gusto junto a él; de alguna manera yo era su pupilo en un mundo que se derrumbaba. Todavía no éramos conscientes de lo que vendría en la siguiente década con el desmoronamiento de la razón. Tampoco pensaba mucho en el futuro por entonces, había descubierto un amigo, un verdadero amigo y eso era lo que importaba. Sentía admiración hacia él porque la gente le respetaba, pero era un respeto diferente al respeto que yo conocía en la consultora o en mi entorno. No provenía del miedo, ni del dinero, ni tampoco de la jerarquía propia de un trabajo. La gente le respetaba de manera natural, simplemente porque sabía comportarse en cada momento. Tenía la naturalidad de las personas con carisma, de los líderes. Durante todo estos años he confirmado que el carisma no se puede aprender, tampoco se enseña, es algo natural que se tiene o no se tiene. Es un don de la divinidad. Ray habría sido un líder en el barrio más pobre de Bombay o como oficial del ejército prusiano. Jamás le escuché hablar mal de nadie; sin embargo, de él hablaba mal mucha gente. Al principio, con la inocencia propia de mi edad, no entendía muy bien por qué había personas que le criticaban cuando estar con él era para mí un constante aprendizaje, una mañana soleada de primavera, pero no tardé mucho en descubrir que era simple y llanamente por envidia. Con los años fui descubriendo que a los hombres les molesta conocer a la persona que les habría gustado ser y a las mujeres les molesta confirmar que hay hombres mejores que con el que se han casado.

Ángel desde la barra me preguntó si quería un segundo gimlet y yo le contesté que quería una bañera de gimlet para poder desayunarla.  Me estaba envenenando del bar, de Ray, de Ángel y de los gimlets. Intrigado le pregunté por la composición de una bebida que me pareció mágica, dulce, delicada, suave y peligrosa, igual que una mujer:

-Amigo mío, tienes que saber que yo practico mi profesión con clasicismo e identidad -me decía Ángel hablando lentamente mientras agarraba una coctelera brillante-. Hay muchas recetas del gimlet. La mía la hago buscando un equilibrio balanceado que en un cóctel con acidez es esencial. Mi receta perfecta es con seis centilitros de ginebra Plymouth y 4,5 centilitros de cordial de lima, el mejor es Rose’s, y luego dejar caer en la copa una filigrana de lima que le aporta frescura y aroma.

-Podría beberme 10 seguidos -le repliqué-.

-Mejor empecemos por dos, que yo creo que Marlowe no se tomó nunca más de tres el mismo día – me espetó Ángel con gracia y sabiduría-.

Veo ahora a Ángel en mi cabeza, con su sonrisa, su corbata azul sobre camisa blanca y su risa siempre joven hablándome de cócteles, libros, mujeres, sus anécdotas colombianas y pienso que en aquella época la mejor escuela a la que asistí fue la de detrás de su barra.

A partir de entonces comencé a quedar habitualmente con Ray. Yo le llevaba a los sitios del Madrid de entonces que frecuentaba y él me enseñó una ciudad de la que desconocía su existencia. Era otro Madrid. Barras de bar de hoteles, coctelerías con música en directo, piano bars, cafeterías de barrio donde te atendían mejor que en un hotel de lujo, pequeños parques escondidos para ir a leer, reservados escondidos de discotecas, fiestas clandestinas en tiendas de ropa, hasta un museo que nos abría a escondidas de madrugada antes de una nueva exposición Yo tenía un tutor para la vida adulta que no había publicado ningún libro, pero me aconsejaba y me enseñaba sobre la vida mejor que cualquier de aquellos gurús con sus libros de más de 20 ediciones. Sin embargo, su forma de aconsejar era muy diferente a la manera a la que estaba acostumbrado a recibir consejos. Nunca me dio uno directamente, a no ser que yo se lo pidiera, pero al mismo tiempo me estaba aconsejando continuamente, sólo tenía que prestar atención. A cualquier sitio que íbamos los camareros le trataban como si un hijo volviera a casa por Navidad. Él sólo les sonreía, les hablaba por su nombre, pedía las cosas con educación, dejaba siempre propina, más alta cuanto más le invitaban, y al irse les daba la mano o un abrazo a prácticamente toda la plantilla. Si un día volvíamos y no había mesa se la pintaban. Con las mujeres sucedía algo similar, ellas suspiraban por él y él lo único que hacía es mostrar por ellas cierto interés, pero un interés superficial, lo suficiente para coquetear y no ir más allá. Las que más le atosigaban eran las ricas, lo habían tenido todo tan fácil en la vida que en cuanto algo se les resistía acaban obsesionándose por ese deseo; es decir, por Ray. Yo jamás he logrado entender a las mujeres, para mí ha sido lo más indescifrable que he conocido en este mundo cuyo camino ya se acaba para mí. Ni a mi querida Fátima, con la que me casé hace 43 años, y que me acompaña aquí y ahora mientras hago este breve repaso a mi vida, conseguí comprenderla completamente. Para mí, siempre ha sido muy cierto aquello de que a una verdadera mujer no se la conoce tanto como se la ama. Y yo no he querido más a nadie en este mundo temporal que a Fátima. Pero volvamos a Ray y su educación silenciosa, él nunca hablaba mal de nadie y cuando alguien comenzaba a criticar a otra persona él disimuladamente cambiaba de tema. Jamás le vi ir mal vestido o mal afeitado, me decía que era un síntoma de derrumbamiento interior de una persona. “¿Tú te fiarías de los contratos que te hace tu abogado si un día te dice que no se ha afeitado por pereza?” Me dijo una tarde en la barra de un hotel de Barcelona.

Nos despedimos de Ángel:

-Me he apuntado mentalmente la receta del gimlet, Ángel.

-Es tuya amigo, te voy a contar un secreto: puedes utilizar la mejor ginebra y el mejor cordial de lima, pero los cócteles salen del corazón. La coctelera lo siente, el día que estás triste no salen igual que el día que estás dicharachero. Apúntate esto para cuando te aficiones a hacértelos en casa.

Mi vida aquellos años se concentraba en salir y trabajar. Desgraciadamente, a Ray no le veía tanto como me hubiera gustado debido a sus continuos viajes, generalmente a Asia, “quizás me convierta un día en el nuevo Marco Polo” solía decirme con una sonrisa. Yo, por mi lado, no quería saber nada del futuro. El futuro era cada día, cada noche, cada fiesta. Lo que ganaba lo gastaba. Besaba a muchas chicas, también a las que no debía. Ninguna ley natural tutelaba mi moral, así que ésta sólo tenía que responder ante mí. Vivía como una estrella del rock and roll. Todo giraba en torno a mí, el egoísmo me devoraba pero era incapaz de verlo. Asistía a las mejores fiestas de Madrid, de Ibiza, de Saint Tropez, de Londres. Envalentonado por la soberbia de la juventud me creía inmortal. No hay nada más peligroso para un hombre que ser joven, ganar algo de dinero y que las mujeres te hagan caso. Presumía de ser un soltero insobornable. Los ecos de aquellos días de exacerbado egoísmo todavía hoy resuenan en mí.  Todo era perfecto me mi vida, hasta que un día… me enamoré.