Capítulo 1

“Un dry martini, eh… Siempre he pensando que los placeres simples son el refugio del hombre virtuoso. Siéntate” éstas fueron las primeras palabras que me dirigió Ray la tarde que le conocí mientras se levantaba de la mesa para ir al cuarto de baño. Allí me dejó con dos botellas de champagne y tres chicas bastante ligeras de ropa cuya opinión sobre el hombre virtuoso variaba dependiendo del tamaño de su cartera.


Conocí a Ray una tarde de junio de 2008 en Madrid cuando yo tenía 25 años y él una edad indeterminada entre los 38 y los 44. Allí estaba él la tarde que entré por primera vez en El Sentimental buscando probar mi primer dry martini. Hay días señalados de antemano en nuestro calendario biográfico, días que cambian nuestra vida y sólo pasados unos cuantos años, al echar la vista atrás, caemos en la cuenta de la importancia que tuvieron.


Me bajé del taxi aquella calurosa tarde de verano y lo primero con lo que me topé antes de cruzar la puerta de El Sentimental fue una placa que rezaba así:


“Estimados clientes de El Sentimental:
No está permitida la entrada a nuestro bar en zapatillas, pantalones cortos o camiseta. Tampoco está permitida la entrada a periodistas (aunque no preguntamos a nadie su profesión).” Bien, pensé, creo que me va a gustar este sitio.


En cuanto atravesé la puerta me dirigí directo a la barra. Allí un barman negro con cara de ser feliz y rostro juvenil me preguntó qué deseaba. Casi parecía que me estuviera esperando.

– Un dry martini -le contesté sin titubear-.

Inmediatamente comenzó a interrogarme con cuestiones sobre la ginebra que deseaba, el vermú que solía tomar o si prefería un twist de limón frente a la clásica aceituna. Yo abrumado por tanta pregunta y para no parecer un idiota que no había probado nunca al rey de los cócteles le contesté que dejaba en sus manos cómo prepararlo. Mi contestación confirmó al barman que yo de dry martinis debía saber lo mismo que de pesca con mosca. Con el paso de los años he ido descubriendo que la manera más eficaz de aprender es primero siendo curioso y luego preguntando a la gente que entiende. Ahora, ya de anciano, veo claramente que las preguntas son el principio de todo; pero en aquel momento, y como cualquier joven, era ignorante y soberbio y sólo los golpes de la vida fueron aplacando estos defectos.


El Sentimental era un pequeño bar situado en la calle Almirante. De él había escuchado tantas leyendas que le convertían en mi imaginación en un lugar mítico, tantas que si Ovidio hubiera vivido en nuestra época le habría dedicado un capítulo de su Metamorfosis. Así se decía que un aristócrata le había partido la nariz a uno de los españoles más ricos por tontear con su amante en el baño, también circulaba la historia de que una vez apareció Ronaldo Nazario con varias chicas y le prohibieron la entrada debido a que “señor, su atuendo no es el adecuado” o que un poeta que fue Premio Cervantes – y del que ya no recuerdo su nombre por culpa de mi vejez – había escrito su mejor libro en una mesa de El Sentimental. Fueran verdad o no todos estos rumores que circulaban por la ciudad, lo que sí era seguro es que El Sentimental era un espacio para bebedores high class donde se juntaban intelectuales, cantantes, esnobs, trasnochados que no aceptaban su edad, actores famosos y mujeres con pasado.


Desde que fui conociendo su leyenda sentí una atracción tan fuerte por este bar como la que mantiene a la Tierra girando alrededor del Sol. Hay personas que desde jóvenes les gusta escribir, el surf, la caza, los videojuegos, el yoga o cualquier otra perversión. A mí lo que de verdad siempre me ha gustado es vivir en el pasado. Soñaba con lugares donde los hombres iban a cenar con esmoquin y bebían cócteles antes de sentarse a la mesa, hoteles con piano donde al irte dejabas al pianista unos billetes en una urna de cristal redonda y me divertía imaginando despedidas en andenes de estaciones de trenes donde ellos con trench y sombrero se despedían de su amada bajo la lluvia. En 2008 ya no quedaban muchos bares que vivieran en el pasado, por lo que en cuanto pude armarme de valor, no todos se atreven a ir a un bar solos, me presenté en el Sentimental con una camisa blanca, bien peinado y actitud.


Tantos años después aún recuerdo mi primer trago a un dry martini. Fue como si me atravesara un cuchillo por la garganta y luego cayera una tonelada de plomo amargo en mi estómago. Tras el primer trago tuve la sensación de que Mike Tyson me había metido un puñetazo en la barriga. Sin embargo, disimulé para no parecer ante el barman el chico de pueblo que entra en el metro por primera vez y se coloca a la izquierda en las escaleras mecánicas entorpeciendo el paso de todos los trabajadores que van con prisa cada mañana.


Algo debió notar Ángel, el barman, porque enseguida me ofreció un vaso de agua y unas patatas que me ayudaron a tragar en pequeños sorbos ese primer dry martini. Cuando lo terminé me quedé observando el local. El Sentimental no era muy grande, debía tener unas nueve mesas, ocupadas en su gran mayoría por hombres elegantemente vestidos y mujeres que se dejaban invitar por los hombres elegantemente vestidos. Todos parecían pasárselo bien. Era habitual que en una mesa sólo hubiera hombres, lo que resultó bastante inusual durante todos los años que visité El Sentimental era encontrar una mesa ocupada exclusivamente por mujeres. Además de las mesas, había una barra de madera de color claro. Decidí alojarme en en un extremo de la barra junto a un elegante ramo de flores blancas y moradas, ya tenía pareja. En la otra punta dos tipos, no muy bien vestidos y que hablaban algo alto, habían decidido no dejar de beber esa tarde. Alguien que viera el bar desde arriba pensaría que me estaba escondiendo de las miradas del resto, y eso es precisamente lo que estaba haciendo.


Cuando finalicé mi primer dry martini me puse a hablar con Ángel, me contó que había nacido en Colombia, en un arrabal de Cartagena de Indias, y con 22 años se había venido a vivir a España.

– Yo siempre he querido ser barman -dijo-. Cuando tenía 15 años salía con mis amigos a los malls de allí, allí todo se hace en los malls, ¿sabes?, a tomar cócteles, hay mucha cultura de cócteles en mi país, pero yo disfrutaba más haciéndolos que bebiéndolos.

Hizo una mueca pícara. Me estaba cayendo muy bien Ángel, era uno de esos tipos que nunca cae mal a nadie.

– Bueno, quizás más hacerlos que beberlos no, pero casi, casi -me dijo sonriendo-.

– ¿Puedo pedirte otro martini, por favor?

– Claro, amigo, ya veo que te has recuperado bien del primero. Cuidado que son adictivos.

Yo no me había recuperado bien del primero, la cabeza me daba vueltas y sentía mis movimientos algo más torpes, pero yo era de esos que no podía estar en un bar sin una consumición y pedir una botella de agua habría sido como reconocer mi derrota.

– ¿Y tú cómo preparas el dry martini perfecto? -le pregunté a Ángel-.

– Mira papi -me contestó mientras agarraba un vaso mezclador y comenzaba el ritual para enfriarlo- en mi opinión, el dry perfecto es de London dry gin y tiene que estar a temperatura ambiente. La copa -me dijo mientras sacaba una helada de un frigorífico que tenía debajo de la barra- tiene que estar muy, muy fría y los hielos atemperados.

Ángel continuaba hablándome mientras daba vueltas en el vaso mezclador a unos hielos muy grandes que no desprendían ni una gota de agua. Su voz era agradable y a pesar de los años que llevaba en España conservaba cierto acento costeño.

– La cantidad no puede ser nunca más de 12 centilitros y el vermut seco, muy seco. Para mí, la clave del buen dry y lo que distingue al gran bebedor del ocasional es que el vermú tiene que ser una anécdota en la copa… como el recuerdo de un hombre en el corazón de una mujer -me dijo riendo-.

Yo exploté en una carcajada. Me había hecho gracia lo del corazón de una mujer. En aquel momento pensé que era una exageración. Con el paso del tiempo fui descubriendo que las mujeres olvidan y los hombres recuerdan y que por alguna extraña razón los hombres estamos anclados sentimentalmente a alguna mujer del pasado mientras que para ellas sólo existe el futuro. Pero yo era tan joven e inexperto que en aquel momento no logré comprender el alcance de lo que me decía Ángel.

– Sólo se puede preparar uno a la vez -continuó Ángel, era como escuchar a un catedrático de Stanford dar una clase magistral-. Es como una mujer a la que quieres de verdad, si realmente la amas sólo quieres estar con ella. Hay otros cócteles que nos permiten preparar varios al mismo tiempo, pero en el dry es imposible. En este cóctel no puedes engañar al cliente.

Colocó delante de mí un posavasos con el nombre del bar y encima puso el segundo dry martini de mi vida el cual había sido salpicado hábilmente por Ángel con el rocío de un twist de limón y estaba adornado con una aceituna -“siempre con hueso, siempre”- que yacía en el fondo de la copa como un barco hundido lleno de tesoros.


Me gustaba Ángel y creo que yo le caí bien desde el primer día. Nos hicimos amigos y llegamos a montar un bar juntos. Fue un éxito, pero ya hablaré de esto más adelante.


Seguí hablando con Ángel, me preguntó si esperaba a alguien y le contesté que no, que había venido solo y era mi primera vez, aunque esperaba comenzar a ser un asiduo. Este segundo dry martini me estaba empezando a gustar algo más que el primero, era como una de esas chicas que conoces el primer día del trabajo, al principio no te fijas en ella, al cabo de unas semanas empiezas a descubrir que tiene algo y tras varios meses comiendo juntos y algunas cervezas después del trabajo descubres en ella una belleza pasiva de la que te enamoras. Había algo de encantamiento en este segundo cóctel. Me quedé solo observando la copa y dando vueltas al palito de plástico que atravesaba la aceituna. Ángel mientras le ponía nuevos tragos a los dos tipos del otro extremo de la barra. Los tipos llamaban la atención por sus gritos, sus movimientos exagerados y sus risas excesivas que no venían a cuento, debían ir bastante borrachos. Cuando Ángel terminó de servir las copas a los dos charlatanes tan molestos se acercó hacia mí y me dijo:

– Ven, que te voy a presentar a un buen amigo y cliente habitual.

– Perfecto, sin problemas -contesté-.

– Cógete la copa.

Como un perro obediente seguí a Ángel que me condujo hasta una mesa que tenía fichada desde que le eché un ojo al local apoyado en la barra. Si un chaval de 25 primaveras ve a un tipo con tres mujeres guapas, con poca ropa, bebiendo champagne y riendo con lo único que sueña es con convertirse algún día en ese hombre triunfador o, al menos, en ser su amigo. Los sueños de los hombres son muy simples. Pero como decía, por aquel tiempo yo era joven y creía que lo superficial era lo que daba sentido a la vida. Tardé unos años, pero descubrí que el significado de la vida no era la acumulación de riquezas materiales, ni estar con las mujeres más guapas, tampoco alcanzar la fama, ni las experiencias… de hecho, fui descubriendo a lo largo de todas estas décadas que los que presumían de estos éxitos eran los hombres más infelices y vacíos, pero cuando uno es joven el oropel de la mundanidad nos atrae tanto como el queso al ratón.

– Ray, te presento a un nuevo amigo. Es la primera vez que viene y está solo. Le he dicho que le iba a presentar a un buen amigo para que podáis charlar y conozca a tus amigas -le dijo Ángel a Ray mientras éste nos observaba sentado en su mesa-.

Yo estaba de pie pegado a Ángel y me sentía algo aturdido por la ginebra. Sostenía la copa como si fuera un bastón al que agarrarme para no perder el equilibrio.

– Hola, encantado, soy XXX, un placer -dije mirando a Ray y sus acompañantes- he venido a tomarme un dry martini.

Ray nos miró y sonrío. Tenía en su mirada la seguridad que da el alcohol cuando no se te ha ido la mano.

– Un dry martini, eh… siempre he pensando que los placeres simples son el refugio del hombre virtuoso. Siéntate.

– Bueno, os dejo -nos dijo Ángel, los dos pesados de la barra le reclamaban una nueva ronda-.

– Yo voy un momento al cuarto de baño y ahora vengo. Te dejo en buena compañía -dijo Ray con una sonrisa pícara.-

Pues ahí estaba yo mi primera tarde en El Sentimental, sujetando un dry martini en una mesa que no era mía con dos botellas de champagne y tres mujeres por las que hubiera sido capaz de gastarme todo el límite de la tarjeta de crédito simplemente para que me dejaran acompañarlas en taxi a casa. Ellas debían rondar los 33 y entre risas y brindis me decían lo joven que parecía. Brindamos por nosotros y por el amor y me preguntaron si tenía novia, yo comenzaba a estar cada vez más embriagado, pero no del dry sino del ambiente de El Sentimental. Olía sus perfumes, un agradable perfume de mujer en un ambiente relajado es uno de los olores más embriagadores que existen para un hombre. Seguimos hablando y riendo. Si me hubieran pedido matar alguien lo habría hecho. La capacidad que tienen algunas mujeres para subyugar a los hombres no se estudia todavía en los manuales de física pero es una fuerza más poderosa que las que mantiene unidos a los protones y neutrones. Aprovechando que no estaba Ray, se acercó uno de los tipos ruidosos que estaba en la barra para tratar de brindar con una de mis nuevas amigas. El tipo se movía con cierta dificultad y llevaba en la mano una copa de un cóctel que no supe reconocer.

– ¿Brindamos por nosotros? -preguntó el patoso dirigiéndose a la que a mí me parecía más guapa-.

– Perdón, pero estoy con gente -contestó sin mirarle a la cara. Todos los de la mesa nos callamos-.

– ¿Pero no vas a querer brindar? -insistió-.

– No.

Me levanté envalentonado por el alcohol con el fin de que las chicas pensaran que yo era uno de esos tipos que afrontan los problemas. Aunque en realidad lo único que quería era ganar algún punto ante ellas.

– Estamos aquí tranquilos y no quiere hablar contigo.

– ¿Tú quién eres? -me preguntó con desprecio-.

– Un amigo.

– Bah -ladró sin mirarme y dirigiéndose a la más guapa le volvió a insistir- brinda conmigo.

Hay muchos patosos en el mundo, son esos que hablan cuando tienen que callar, hacen gracias cuando deberían escuchar y se ponen a tu lado en el cine cuando vas con tu novia y la sala está vacía. Todos conocemos gente así. Este tipo era detestable. Yo seguía de pie y le dije con cierta educación:

– Vete de aquí, por favor, nos estás molestando.

En ese momento, y como un resorte el patoso se dio la vuelta, me miró y mi ojo derecho bloqueó la dirección de su puño. Mi ojo debió golpear bastante fuerte a su puño porque el patoso no paraba de agitar la mano tras el golpe, aunque es cierto que cualquiera que viera su puño y mi ojo tras el impacto daría por ganador del combate a su puño. No recuerdo mucho más, sólo que me fui unos pasos para atrás pero no me caí. Vi todo negro y luego conté todas las constelaciones de la Vía Láctea, había millones de estrellas en mi cabeza. Hubo mucho ruido de fondo, algún chillido de mujer y Ángel comenzó a gritar entre empujones: “¡fuera de aquí! ¡Fuera de aquí!”.


Unos cinco minutos después recuperé la conciencia. Estaba sentado en una silla con Ángel sujetando a mi vera una bolsa de plástico llena de hielos para mi ojo. Ray mientras me decía con una sonrisa:


– Tranquilo, chaval, ya le hemos echado. No se te puede dejar solo, ¿eh?


Los dos drys se me habían subido a la cabeza y notaba el estómago vacío. Me dolía el ojo pero lo que de verdad me dolía era el orgullo, había recibido un puñetazo en público y delante de tres señoritas. Ray se ofreció a llevarme a casa en su coche, pero yo le dije que vivía cerca y podía ir andando. Muy amablemente Ray me acompañó hasta el portal. Salí de casa viviendo en la juventud y regresaba comenzando el camino de la vida adulta. Había iniciado un viaje iniciático a otra etapa de mi vida. Y fue gracias a Ray. Él me fue enseñando a lo largo de los años esas materias que no se estudian en ningún lado pero que son tan importantes para la vida como leer, escribir o saber beber. Por ejemplo, que sólo somos recuerdo, que hay sonrisas que abren más puertas que el dinero, que siempre hay que dejar propina, que a una mujer nunca se la conoce tanto como se la ama o que los ricos nunca se divierten de verdad porque todo les cansa rápido.


Ray me dejó en la puerta de casa aconsejándome que me acostara e invitándome a volver a El Sentimental cuando me recuperara. Tumbado en la cama con una bolsa de hielos sobre el ojo y un horroroso dolor de cabeza recordé todo lo que me había sucedido aquella tarde. Había conocido el legendario El Sentimental, probado mi primer dry martini, un agradable barman llamado Ángel quiso presentarme a un amigo y cliente, estuve tonteando con tres bombones, un tal Ray me había acompañado a casa insistiéndome en que fuera a verle otro día al bar y a un tipo impresentable le había dado bien fuerte con mi ojo en su puño. Tiré la bolsa de hielo al suelo, me recosté mejor sobre la almohada y me quedé dormido con un último pensamiento: efectivamente, El Sentimental estaba a la altura de su leyenda.

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