El río

Cuando empiezas a cumplir años te descubres haciendo cosas de las que te reirías si te las contaran de niño y te sorprenderían si te las hubieran avisado de joven. Y no me estoy refiriendo a dejar de ver un partido de fútbol de tu equipo porque tienes sueño o pedir de manera voluntaria unos calcetines por Reyes (algo realmente asombroso pero que de alguna manera desconocida acaba sucediendo), sino a tratar de fotocopiar días de tu vida buscando alcanzar una felicidad pasada que nos inundó en algún momento.

Y así, en busca de esa emoción abstracta, que denominamos felicidad, me podéis encontrar muchos viernes leyendo en el mismo banco del mismo parque donde un viernes (ya ni siquiera recuerdo cuándo) la felicidad me rondó. O de manera ridícula os podríais cruzar conmigo mientras voy a la carrera los sábados para llegar a tomarme el aperitivo a la misma hora en ese bar donde una vez ebrio de felicidad vi un futuro claro y brillante en donde el protagonista era yo. Y como estos grotescos ejemplos, os podría poner varias decenas más.

Esta búsqueda del manantial de donde brota la felicidad (que según Aristóteles es el mayor bien al que el hombre debe aspirar, siendo la ética el camino más corto para lograrla) me recuerda a la de aquellos exploradores que recorrían África con el fin de encontrar el lugar exacto del nacimiento del Nilo. Pero esta búsqueda sobre la causa original de  la satisfacción espiritual plena sólo comienza a suceder cuando uno ha abandonado ya la estación de la juventud y se adentra en lo que algunos llaman “el mundo real”, que no suele ser más que un eufemismo para enunciar un mundo más inhóspito, triste y cruel en comparación con el que disfrutamos durante las primeras décadas de nuestra existencia.

¿En qué baso mi afirmación? En que siendo niño no tiene sentido hablar de la felicidad, desconoces su significado, cada día es una nueva aventura que nos ofrece diversas y variadas emociones. En nuestra infancia la felicidad afloraba casi a cada instante envolviéndonos como si una capa de superhéroe se tratara protegiéndonos del mundo de los mayores. Fue una “eterna primavera”, como se refería Ovidio en su Metamorfosis a la Edad de Oro, la primera época del hombre – el Jardín del Edén cristiano -, en donde “se practicaba la lealtad y la rectitud. No existía el castigo, ni el miedo”.

Luego, durante la juventud, nos fuimos adentrando en un sinuoso y excitante camino, que hay que recorrer pero del que también hay que salir (ya lo dice el refrán: el que de joven no trota de viejo galopa), cuyas etapas fuimos completando sin pararnos a pensar en si éramos felices, tan ocupados como estábamos en descubrir los placeres más mundanos, los cuales nos confinaron en un mundo repleto de experiencias que se olvidaban rápido porque cada nueva experiencia se disolvía en la siguiente nueva experiencia.

Según vamos cambiando de bebida, que es lo mismo que decir cuando vamos cumpliendo años, nos paramos a pensar en la naturaleza de la felicidad y en cómo alcanzarla, iniciando una búsqueda de las fuentes de las que brota ese río de agua pura y cristalina allí donde una vez su rastro divisamos. Como para la búsqueda de este manantial no existe un mapa y los GPS del mundo moderno sólo llevan a lugares equivocados nos dedicamos a abrir una y otra vez las mismas puertas que una vez inundaron nuestra vida de felicidad. Pero el problema de abrir siempre las mismas puertas es que dejamos de abrir otras. Y esas puertas que abrimos machaconamente lo que nos muestran tras tanta repetición es una felicidad marchita, una felicidad que ha dejado de ser auténtica y pura para convertirse en una felicidad prestada que, aunque parezca que contiene los mismos atributos de la dicha auténtica, no deja de ser una felicidad de piscifactoría.

Este simulacro de felicidad al que me refiero le sucedía al Proust niño cuando esperaba a su madre en la cama para que le diera un beso de buenas noches. A fuerza de repetir esa felicidad acabó desgastándose para acabar en insatisfacción: 

«Mi único consuelo, cuando subía a acostarme, era que mamá vendría a besarme, una vez metido en la cama. Peo aquellas buenas noches duraban tan poco – ella volvía abajo en seguida – que el momento en que la oía subir, y luego cuando pasaba por el corredor de doble puerta el ligero ruido de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban unos cordoncitos de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. Anunciaba el que iba s seguirle, en que se habría ido y bajado de nuevo. De modo que esas buenas noches que yo ansiaba tanto, llegaba a desea que se retrasasen lo más posible, que se prolongase el tiempo de tregua en que mamá no había venido aún.»

La vida con sus fracasos y decepciones, pero también con sus alegrías y sus placeres, nos va educando de una manera silenciosa si estás atento a escucharla. Estas arcanas enseñanzas sólo se pueden ir captando cuando nos hemos quitado la venda de la juventud y comenzamos a entender las dificultades de nuestra realidad. Así, cada uno puede ir haciéndose una lista de proposiciones, o más bien de axiomas, que le funcione como guía de viaje, no para entender nuestra existencia (abro un paréntesis para hacer una reflexión ¿somos azar o necesidad? Yo no tengo dudas de que somos necesidad, porque no sólo somos materia sino un combinación de carne efímera y espíritu inmortal. Y tengo pruebas), pero sí para vislumbrar con mayor claridad los caminos que otros ya transitaron. 

Yo, poco a poco, con dificultad y sufrimiento, he ido anotando en mi lista lo siguiente: que la vida es saber perder con clase (porque al echar cuentas se pierde más veces que se gana), que nunca se conoce a una mujer tanto como se la ama, que las mejores cosas de esta vida no cuestan dinero o muy poco, que la infancia es la mejor estación de la vida, que a cierta edad no basta con que una mujer sea sólo guapa, que (a diferencia de lo que mayoría cree) una decisión no se debe juzgar por el resultado sino por el proceso de valoración, que una vida sin amor es media vida, que sin sufrimiento no hay aprendizaje, que la gente que habla de política no suele ser interesante (y si hablan de ello en la mesa lo confirman), que los sacrificios te hacen más libre y no más esclavo, que sólo somos recuerdo, que la ignorancia es el principio de todo, que (para la mayoría) el dinero lo purifica todo, que siempre llega el invierno (pero también el verano), que el silencio es liberador, que para que hubiera resurrección tuvo que haber cruz, que conocerse a uno mismo lleva toda una vida, que el recuerdo duele o que casi siempre la gente muere demasiado joven.

A esta lista le he añadido hace no mucho un nuevo axioma: que la felicidad no se puede perseguir porque la felicidad perseguida no es felicidad. Es el afluente del río, pero no el propio río. 

(Un día hablaré de la bondad. Quizás la cualidad que más valoro en las personas).