Apuntes a vuelapluma

Es muy fácil escribir cuando estás enamorado o cuando te han roto el corazón. Cuando estás in love los días de lluvia no mojan, las derrotas de tu equipo de fútbol importan menos y los correos de trabajo urgentes son afrontados con un humor tan bueno que sólo falta responderlos sustituyendo el kind regards por un “vaya, parece que alguien no está enamorado y no es feliz. Tranquilo, amigo; todo llega”. Sin embargo, aún es más fácil teclear unas palabras cuando estás blue por algún traspiés amoroso ¿por qué? Por la sencilla razón de que los sentimientos están a flor de piel. Así, una escena de una película, una frase de una canción o el recuerdo de un lugar común pueden desencadenar un torrente de emociones que no cuesta demasiado plasmar en el papel antes de que el paroxismo doloroso se esfume. Lo complicado es sentarte a escribir en la monotonía, en esos días iguales dentro de semanas iguales que van sumando meses que al cabo de los años acaban conformando una vida. Pero claro, aquí hay un problema, y es que en la vida no sueles estar enamorado hasta las trancas ni tampoco decaído en el desasosiego más profundo ad aeternum. Y ahí aparece otro tipo de persona al que denominaremos “hombre cabal”. El “hombre cabal” es el que renunció hace ya tiempo a vivir, el que con su impostada seriedad es considerado como alguien en quien confiar y que suele mirar por encima del hombro al resto. Es fácil detectarles porque siempre que en una conversación alguien destaca la virtud de otra persona suelen tener un comentario despectivo o, al menos, matizando el elogio, como si la virtud de otros le recordara sus vicios (si nos fijamos bien, los encontramos en todos los lugares, en el trabajo, en la familia y entre los amigos, esto último es lo más triste, porque, al fin y al cabo, los amigos son de las pocas cosas que uno puede elegir en esta vida). El “hombre cabal” también se sienta a escribir (llenan los periódicos y las estanterías de libros más vendidos), pero como no tienen nada interesante que contar comienzan a soñar sobre una vida que no es la suya, se apuntan historias de otros o exageran las propias como el que hincha poco a poco un globo, algunos incluso llegan a inventarse su biografía. Los “hombres cabales” son los que acuden a las tertulias de radio y televisión, los que nos dicen qué votar y cómo actuar, los que dirigen empresas y gobiernan a la población. Hay mucha gente que les admira porque también quieren ser “hombres cabales” sin darse cuenta de que les están engañando, porque se está engañando a muchísima gente. Pero también es verdad que hay mucha gente que quiere ser engañada. Los “hombres cabales” son los que toman las decisiones. 

Es difícil tomar decisiones cuando estás enamorado o echo polvo, en el primer caso parece que todo te da lo mismo, al fin y al cabo vives en una luna de miel permanente como si hubieras alcanzado ya la Jerusalén Celeste profetizada ¿qué más da cuál sea la elección? Estás enamorado. Todo saldrá bien. En el otro escenario, el de la melancolía, los mecanismos de la decisión también importan poco porque total la vida en soledad no merece mucho la pena y ¿cuál es la diferencia entre diversas opciones si estás solo y vas a ser un infeliz? De acuerdo con mi exposición anterior alguien podrá decir que lo más sensato es tomar decisiones cuando los sentimientos no están a flor de piel. Pero, y al contrario de lo que pudiera parecer, creo que las decisiones que toma el que no está enamorado o roto por el sufrimiento serán igual de buenas o malas que los que sienten que el mundo es ya el Paraíso en la Tierra o el noveno, y más profundo, anillo del infierno que narraba Dante donde junto con Satanás están Judas, Bruto y Casio (los asesinos del dictador Julio César). Mi razonamiento, como todos los míos, es simplón y fácil de entender: las vidas sin amor o sin dolor en el mundo moderno llevan a la monotonía, de la monotonía al aburrimiento, del aburrimiento al tedio espiritual y del tedio espiritual al vacío existencial, del vacío existencial a la búsqueda de aventuras, de la búsqueda de aventuras a las emociones y de las emociones al riesgo. De este modo, las decisiones tomadas por los “hombres cabales”, que lo que suelen ser es más aburridos que sensatos, tienden a ser igual de ingenuas o atrevidas que las de los locos enamorados o de los piltrafillas pisoteados. Digo todo esto porque si algo he ido descubriendo estos últimos años es que el ser humano necesita causalizar los resultados. Es decir, que si por puro azar la decisión tomada por Romeo fue un éxito, tendremos a un coro diciendo que hay que perseguir aquello que se hace por amor, si la decisión tomada por nuestro Bruto triunfó frente a lo que parecía un fracaso rotundo el pueblo de Roma le santificará porque le habrán librado del dictador y finalmente si el hombre que chapotea en la monotonía fue premiado por el azar alcanzando lo que anhelaba (abro un paréntesis: me pregunto si habrá leyes en el azar. “Nada era real, excepto el azar” escribió Paul Auster) nos encontraremos con el habitual grupo de prosélitos moviendo la cabeza y señalándonos al “hombre cabal” como ejemplo. Por cierto, tecleo estas líneas después de escribir una carta de amor que probablemente no entregue nunca pero que ha resultado muy sencilla de escribir porque las cartas de amor se escriben solas. 

En línea con lo anterior, lo de escribir, digo, he visto recientemente la película Anatomía de un Dandy (abro otro paréntesis; no sé por qué lo llaman película cuando realmente es un documental). 

En la vida de cualquier persona suele haber un momento crucial que comienza a perfilar nuestra biografía. El fallecimiento de su madre fue ese momento crucial en la vida de Umbral que le llevó a abandonar el banco donde trabajaba y entregarse  a escribir. Anoto de memoria así que erraré, pero contó algo similar a “sentí que mi madre era una rémora para mi carrera como escritor porque ella quería que trabajara en el banco y por las tardes escribiera un poco. Yo me di cuenta que para ser escritor tenía que dejar el banco y dedicarme sólo a escribir”. Cualquiera que viera el documental, y en particular el chaval que casi no ha saboreado los sinsabores del mundo  y está seducido con la idea de convertirse en escritor, pensará que el éxito de Umbral se puede resumir en la máxima de que el destino pertenece a los audaces, por lo que si quieres que el sueño se haga realidad hay que lanzarse y comprobar si tenemos una red debajo.

Umbral fue valiente y se lanzó y además de la red protectora encontró a cuatro ángeles celestiales que le sostuvieron durante toda su carrera. Este chaval soñador seducido por la literatura estará rumiando ahora en su cabeza dejar de estudiar o trabajar para tratar de convertirse en un escritor de reconocido prestigio. Sin embargo, existen multitud de ejemplos de grandes escritores (incluso superiores a Don Francisco) como Conan Doyle, Kafka, Kennedy Toole o Chandler que compatibilizaron un trabajo con la profesión de escribir, o viceversa una profesión con el trabajo de escribir. Aquí otro ejemplo de la causalización. 

Pero regresando al documental lo que más me conmovió fue cómo acabó convirtiéndose, aunque no creo que fuera su pretensión, en un perfecto resumen de la vida de casi cualquiera de nosotros. Umbral es sólo la excusa. Más que la anatomía de un dandy es la anatomía de nuestras vidas.

Nacemos siendo el corazón de una alcachofa, un pequeño núcleo compuesto de bien, bondad y belleza donde nuestro yo o nuestro ego no logran entrar, pero poco a poco con el devenir del tiempo, que nos va regalando experiencias, vamos recubriendo ese corazón puro con hojas que nos van estropeando. La primera siempre es la de la soberbia (que fue el primer pecado que cometimos cuando aquel se nos acercó y nos incitó a que comiéramos del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal con la promesa más tentadora para un hombre: “seréis como dioses”), luego nos echamos la de la vanidad, después la del egoísmo, continúa la de la envida, la sigue la búsqueda de la fama y así continúan la del éxito, la de la maldad, la de las infidelidades, la de los complejos… es el encantamiento sobre las vidas mundanas: que dejamos de saber quiénes somos. Cada uno va sumando sus hojas particulares y hoja tras hoja hace que ese rastro de bien, bondad y belleza se vaya esfumando para acabar completamente oculto bajo una maleza inaccesible. Y así vivimos, asediados por nuestras hojas que más que protegernos nos destruyen poco a poco. 

Pero la ley universal de la vida establece que cuando un hombre ha vivido lo suficiente, alguna de las papeletas que llevamos para la tómbola de desgracias que es nuestra existencia terrenal (“no te sorprenda que en el mar de la vida te sacudan fuertes tempestades” Boecio) tendrá premio. A Umbral la desgracia le premió en forma de enfermedad que le obligó a dejar de escribir. Y así los amigos de la noche y la prensa desaparecieron, el éxito se desvaneció y la fama, efímera como la felicidad (“el murmullo del mundo es sólo un soplo de viento: hoy está aquí y mañana allá, cambia su nombre y cambia su destino” Divina Comedia. Dante) se esfumó. Él, que había sido el mejor testimonio de una España que bailaba al ritmo de los periódicos de papel con la música de sus columnas acabó desterrado por el mundo moderno en su fortaleza de Majadahonda  (una de las características de nuestra sociedad es que cuando dejas de producir dejas de ser útil) para dedicarse a poco más que observar cada mañana con una mirada triste y lánguida la piscina de su jardín que parecía contener toda la nostalgia de una vida. 

Finaliza el documental poniéndonos a todos frente al espejo de nuestra vida. Y en el reflejo nos contemplamos totalmente desnudos sin ninguna de las hojas que nos fuimos echando encima a lo largo del camino y comprobamos que de aquel corazón original de bien, bondad y belleza sólo queda un pálido recuerdo, que en el caso de Umbral todavía tenía la fortuna de estar abrigado con lo único realmente valioso en una vida: el amor de una mujer leal a Don Francisco como Penélope a Odiseo. Y así, al terminar el documental uno confirma dos leyes de la vida humana: la primera, tras ver  yacer a Umbral en el mismo nicho que el hijo de cinco años que se fue antes de tiempo, es que al final del camino sólo nos encontraremos con lo que realmente importa; y si ya lo sabemos ¿por qué no actuar en consecuencia? La segunda es que los espejos nunca mienten, lo complicado es encontrar un espejo limpio. 

Por cierto, hablando de fortalezas yo estoy construyendo la mía. Pero mi fortificación no tiene piscina, ni varias plantas, ni un gran salón, ni siquiera tiene una pequeña habitación donde poder descansar. El motivo es que la fortaleza que me estoy construyendo es moral. Por el momento, sólo tengo una pequeña ciudadela cuyas únicas construcciones son un diminuto santuario y una precaria choza rodeados por una empalizada de madera que pretendo ir sustituyendo poco a poco por unos sólidos muros de piedra. Sin embargo, me siento muy orgulloso de mi ciudadela. Es mi patrimonio moral. Es lo único que poseo que nunca me podrá ser arrebatado. Si un día Alarico y sus seguidores la toman será “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” al no haberla defendido con el ahínco, la pasión y la energía suficientes. Esta ciudadela moral es el mayor patrimonio que Dios nos ha dado. Pero no siempre supe de la existencia de este regalo. Orgulloso de mí, o más bien, soberbio de mí, pensaba que antes de levantar mi pequeña ciudadela ya poseía  un gran reino moral. Me creía monarca de un territorio de extensas praderas verdes con manantiales de agua cristalina donde los animales pastaban felices. En ese territorio había levantado un castillo, rodeado de un foso con agua, en el que se alzaban unos imponentes muros coronados por macizas almenas donde yo residía como monarca absoluto. En mi ingenuidad (o, más bien, soberbia) creía que esos muros eran tan inexpugnables como las murallas de Constantinopla, que fueron en otros tiempos consideradas las murallas más inaccesibles jamás erigidas. Yo, como los bizantinos de entonces, me sentía seguro bajo la protección de estos muros. Sin embargo, cada cierto tiempo mi antiguo reino era arrasado por dragones que sin mucha dificultad penetraban en mi territorio quemando los pastos, comiéndose al ganado, allanando mi castillo y arrojando mi corona al suelo. En mi vanidad no le daba mucha importancia a estas profanaciones porque tras cada razia reconstruía rápidamente mi reino rápidamente sin gran dificultad y me volvía a autoproclamar rey. Qué error, qué tremendo error, lo que rápido se construye rápido se desmorona y lo que volvía a construir lo hacía sobre la movediza arena en vez de sobre la permanente roca. No tenía un reino sino que más bien yo era el vasallo de muchos otros reinos que me esclavizaban a su antojo haciéndome creer que era un hombre libre. 

Los dragones siguen acechando y no dejarán de hacerlo porque este acoso es consustancial a nuestra naturaleza imperfecta, pero, por lo menos, ahora estoy levantando un torreón en la ciudadela para poder divisarlos cuando se vayan acercando. Sé que nunca alcanzaré la riqueza moral de aquellos que fueron verdaderamente ricos y por ello podían ir al cadalso perdonando a sus verdugos y dando gracias a Dios por su destino de mártires ya que pronto se reunirían con Él. Tampoco lograré la virtud moral de Maximiliam Kolbe, el fraile franciscano que fue torturado y asesinado en Auschwitz tras reemplazar voluntariamente a otro hombre seleccionado para morir (“No tengo a nadie. Soy un sacerdote católico” dijo Maximiliam al ofrecerse al sustituir al preso que suplicaba clemencia porque tenía hijos). Nada se le puede arrebatar a un hombre que ha alcanzado el grado más perfecto de la naturaleza humana (“pero seguís ignorando, porque estáis ciegos, dónde se oculta el bien que deseáis, y buscáis bajo la tierra lo que se encuentra en el cielo estrellado” Boecio).

Ellos no tenían una pequeña ciudadela como la mía, sino inmensas ciudades con altas catedrales góticas protegidas por muros tan anchos que se tardarían años en atravesar y tan elevados que la vista no alcanza a ver el final. Las coronas que ceñían sobre sus cabezas no es que nunca cayeran al suelo es que jamás nadie se las pudo mover. Mi poblado no aguanta la comparación pero cada día voy percibiendo que la morada moral que estoy levantando es cada vez más inviolable y comienzo ya a sentirme resguardado tras la protección de las murallas de mi pequeña ciudadela. Sin embargo, la única manera que tengo de comprobar la solidez de mi sistema defensivo será cuando aparezca un día el sultán otomano con todas sus tropas. Sólo espero que cuando ello suceda no me haya dejado la noche anterior una pequeña puerta de la muralla abierta, como sucedió aquella última noche de Bizancio (“mientras deambulan curioseando sin rumbo entre la primera y la segunda muralla de la ciudad, descubren que por un incomprensible descuido una de las pequeñas puertas de la muralla interior, la llamada Kerkaporta, se ha quedado abierta… (…) Un pequeñísimo azar, Kerkaporta, la puerta olvidada, ha decidido la historia del mundo” Zweig. Momentos estelares de la humanidad). Y si finalmente el sultán logra entrar me comprometo desde ahora a hacer todo lo posible para que lo que encuentre en el santuario de la ciudadela no sean todas esas hojas que me he ido echando sino únicamente el rastro de lo que un día fue un corazón de bien, bondad y belleza. Ése debe ser el único sentido de mi vida. Al fin y al cabo, ya sé que es lo que realmente importa cuando llegue al final de mi camino.

(Nuestro amor es como Bizancio

tuvo que haber sido

la última noche. Tuvo que haber habido

me imagino

de los que se agolpaban en las calles

o formaban pequeños grupos

en las esquinas de las calles y en las plazas

hablando en voz baja,

un resplandor que tuvo que haberse parecido

al que tiene tu cara

cuando te echas el pelo hacia atrás y me miras.

Nuestro amor como Bizancio de Henrik Nordbrandt)

6 pensamientos en “Apuntes a vuelapluma”

  1. Qué maravilla.

    Anoto esto en mi cuaderno:

    «En el caso de Umbral todavía tenía la fortuna de estar abrigado con lo único realmente valioso en una vida: el amor de una mujer leal a Don Francisco como Penélope a Odiseo. Y así, al terminar el documental uno confirma dos leyes de la vida humana: la primera, tras ver yacer a Umbral en el mismo nicho que el hijo de cinco años que se fue antes de tiempo, es que al final del camino sólo nos encontraremos con lo que realmente importa; y si ya lo sabemos ¿por qué no actuar en consecuencia?»

  2. Qué delicia de lectura.
    Hablando de lecturas, ¿recomendarías alguna de las que ayudan a construir fortalezas sólidas?

    Saludos

  3. Qué bonito.
    Cada día escribe mejor. Da gusto leer lo que muchas veces pensamos y sentimos pero no sabemos expresar de la manera correcta.

    Un saludo.

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