La tormenta

Me gusta levantarme pronto, cuando el día no ha amanecido y los últimos rescoldos de la noche se imponen sobre el alba. Me preparo tres o cuatro tazas de café en mi cafetera italiana y me acomodo en el sofá a leer hasta que llega el momento de acercarme hacia la línea de salida de un nuevo día: la ducha. 

El tiempo que paso leyendo en un absorbente silencio junto con mi café tiene algo no sólo de relajante sino también de místico, es un momento que no pertenece a ningún día, un tiempo apátrida que me sirve de meditación y de calmante. Observando ayer por la ventana como los copos caían suavemente – iluminados únicamente con la tenue luz que desprendían las farolas – y mientras la ventisca arrastraba la nieve en polvo de la cornisa del edificio de enfrente de mi casa, no sentí, como había sospechado me que sucedería cuando los días previos nos anunciaban la nevada, la melancolía de recordar aquel paraíso perdido de la infancia en una ciudad de provincias cuando en vez de ir al colegio, suspendido por la avalancha de nieve, nos dejaban ir al parque a tirarnos en trineo. Al contrario, lo que experimenté fue más bien una energía renovada, un estímulo adicional a vivir la vida, como si algo sobrenatural hubiera en contemplar en silencio a los copos que pausadamente caían frente a mi ventana.

Con el mismo ímpetu de un soldado valiente que se sabe luchando en una batalla definitiva por una causa justa, e igual de abrigado que un oficial ruso en invierno, me lancé a la calle a contemplar la belleza de la destrucción de la naturaleza en los árboles caídos, a los niños saltando en la nieve como si fueran niños, a los perros extrañados con la situación oliendo los bancos blancos y a los adultos sonrientes arrojarse bolas de nieve. Ya cerca de mi casa, en una pequeña calle, casi inaccesible por los estragos de la tormenta, descubrí un edificio antiguo cuya amplio portón de madera estaba rodeada de nieve pura, lisa y virgen, como si desde hace mucho nadie hubiera podido atravesar esa puerta. Quise acercarme con cuidado a tocar ese nieve inmaculada y comprendí en ese breve pero fatigoso camino que hay puertas por las que es más fácil entrar cuando en el mundo ha nevado.

Ya cerca del portón, pero sin la posibilidad de poder todavía alcanzarlo para alguien como yo, dibujé con mi dedo una pequeña cruz sobre la nieve que sabía que inevitablemente desaparecería a los pocos minutos cubierta por nuevos copos. Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que aunque hoy no me haya lanzado a la calle debido al frío, el hielo y el miedo a cualquier desgracia, la puerta sigue en el mismo lugar esperando a que alguno de nosotros llame para pedir entrar. Y a esa certeza la llamo fe. Las tormentas más intensas no están en el exterior, por muy destructivas que puedan parecer, sino en el interior de nosotros.