Septiembre 2020 (II)

“No sé” es la frase más liberadora del mundo ya que exime de tener que dar una opinión. Un “no sé” convierte al que lo pronuncia en alguien interesante ante mis ojos y me muestra además que detrás de una fingida, o no, modestia se esconde inteligencia. Un “no sé” suena honrado y valiente… qué difícil es escuchar, aunque sea entre susurros, un simple “no sé”.

Quizás el momento más terrible de nuestra vida es cuando de niño nos damos cuenta de nuestra existencia mortal. A partir de ese momento, y justo en ese momento, toda nuestra forma de entender la vida cambia radicalmente.

Escribo bajo el sol de unos tenues rayos okupas que se han colado sin anunciarse por mi ventana con la intención de recordarme que un verano más ha sucedido para no regresar. Algún frívolo pensará que entre la tesitura de perder la casa o vivir recordando tiempos felices que no volverán preferiría vivir a la intemperie. Estos rayos de finales de septiembre ya lánguidos, pero no pobres, me han traído a la memoria el recuerdo de una escena de Memorias de África cuando un guapo y atractivo (dos cualidades que no suelen ir de la mano) Robert Redford le contaba a una no tan guapa pero sí atractivísima Meryl Streep que los zulúes era un pueblo incapaz de pensar en el futuro. Para esta tribu su tiempo siempre es presente, así que cuando un zulú es encarcelado acaba muriendo de pena en su celda porque piensa que su condena es hasta el fin de sus días. Hace tiempo leí, ya no sé dónde, que una característica del homo sapiens y de su éxito evolutivo es la capacidad de pensar en el futuro y que este atributo pudo ser decisivo en nuestra lucha por los recursos frente a los neandertales. Afirmo sin dudarlo, que yo nunca he sido más infeliz que cuando he tratado de controlar o, al menos, organizar el futuro, debido a que la contrapartida fue la peor desdicha de todas: dejar de vivir el presente para ser golpeado por un futuro completamente incierto. Vivimos con la esperanza de que algún día nos retiraremos ya mayores a descansar y a partir de entonces poder comenzar a vivir. Qué error, qué tremendo error. Me invade ahora otro recuerdo y es aquella lectura tan sobrecogedora, agobiante y asfixiante de El Desierto de los Tártaros, un libro tan borgiano que Borges hizo el prólogo como queriendo reclamar su autoría. Miro a la librería y ahí me está observando el cuento de Dino Buzzati que te atrapa como un sueño, o quizás una pesadilla, para susurrarme que nunca esté tan ocupado como para no darme cuenta de que estoy vivo. ¿Si no sé cuándo mi destino caducará, qué prefiero ser: un feliz neandertal o un insípido sapiens?

(Nunca es tarde para tener un verano feliz).

“Somos europeos y pertenecemos a un mundo que sabía compensar la pobreza con la belleza” escribe Mauricio Wiesenthal en su libro Orient-Express el tren de Europa. Ojalá mi vida fuera un viaje en el Orient-Express.

Hastiado de la barbarie del mundo moderno y con la intención de olvidar los tropelías de su cocina, me he ido a cenar dos viernes a Horcher sin más compañía que un traje de verano cruzado, una corbata azul mar Cantábrico y un pañuelo blanco. Allí entre los rescoldos de un mundo pasado que vive sus últimos coletazos y escoltado por sus manteles blancos, sus soldaditos de porcelana, que me miraban como rogándome que me alistara con ellos por la causa del Emperador, su cristalería checa con el escudo de la casa grabado y su espléndido servicio, sin libreas pero con el detalle de separarme ligeramente la mesa cuando me levanto, quise  soñar que estaba en el vagón restaurante del Orient Express la noche antes de llegar a Venecia. Ebrio de melancolía, y arropado por su moqueta decimonónica, me abandoné por completo a mi sueño romántico entregándome al cariño de un chef que me cortejó la primera noche con una menestra de verduras con huevo de codorniz, a la que siguió un goulash de ternera a la húngara y finalizó con un strudel de manzana a la vienesa, uniéndose al final de la velada el éxtasis dulce de un oporto color caoba. En mi segunda cena, y siguiendo las recomendaciones del maître, decidí comenzar con unos arenques a la crema con Kartoffelpuffer, continué con un stroganoff a la mostaza de Pommery, que completé con una variedad de quesos europeos que pidió el oporto por mí. Borracho por el encantamiento melancólico que estaba disfrutando felicité al chef las dos noches, aunque absurdamente me privé de comentarle que el goulash de ternera sólo lo había probado tan exquisito en el palacio de los antepasados del archiduque Otto y que el stroganoff me pareció tan sublime que se lo comentaría al zar la próxima vez que nos viéramos en el ballet.

Herido de nostalgia, y quizás también de alcohol, abandoné feliz el palacio del Imperio hacia la Plaza de San Marcos con la noble intención de dar las buenas noches a sus palomas mientras en mi cabeza sonaba la alegre marcha Radetzky. Pero a todo sueño le llega su mañana y al caminar unos metros y darme de bruces con las hipócritas y exageradas terrazas de la Plaza de la Independencia caí en la cuenta de que no estaba en Venecia sino frente a la vulgaridad de nuestro siglo, el mismo que en cada tienda, cada restaurante, cada película y casi cada debate me susurra, para burlarse de mí, que sigo embarcado en el navío de la vida moderna, por mucho que me considere un polizón.

“Cuando encuentres un buen restaurante, cambia de plato, pero no cambies de restaurante” Néstor Luján.

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