Septiembre 2020

Al sol de septiembre y de vuelta a Madrid escribo estas palabras en la terraza del Café Gijón. Aquí hago balance de los momentos memorables del verano: algunos almuerzos, un vino, el tiempo pasado con amigos o un amor truncado. Recapitulo lentamente para que se graben en mi memoria una gran comida (otra vez) en Casa Bigote en Sanlúcar, la zanahoria aliñada del Bar Gonzalo en El Puerto de Santa María, un almuerzo en La Milla de Marbella con mi amigo Felipe, el descubrimiento de Ossian 2016 (un verdejo de Segovia envejecido nueve meses en barrica), la piscina de mi hotel en Marbella, los cócteles en la terraza del Marbella Club antes de cenar, las vistas a la bahía de Santander desde El Marítimo, el bonito con Tomate y los bocartes rebozados de La Bombi (como todos los veranos) o la primera tarde en El Beso de Formentera con grandes amigos. Estos son los recuerdos que han aparecido sin que les llame, así que deben ser los que mi memoria ha guardado ya en un almacén de mi subconsciente y allí  pasarán a vivir desperdigados y sin orden junto con el resto de mis recuerdos (bonitos). ¿Qué es la vida sino recuerdos (bonitos)?

Entre los vaivenes del descanso y el trabajo sucedió un verano más con el principal sobresalto de descubrir La libertad primera y última de Jiddu Krishnamurti, un libro que me guiará toda la vida. Existe un camino verdadero, que no tiene atajos y está al alcance de todos. Observo lo que conozco del camino y me pregunto ¿qué es más difícil: conocer el camino o seguirlo? Pienso en todos aquellos que no conocen el camino y, sin embargo, echan a andar.

Regresando a mis nostalgias me doy cuenta de que la gente quiere asomarse al futuro y yo volver al pasado. Me gusta abusar de mi recuerdos; así los veranos anteriores siempre los disfruté más, los amores de mi larga juventud fueron más intensos o cualquier Tour de Francia pasado me parece más heroico. Hay momentos de mi vida que ya sólo sobreviven en mi nostalgia y siendo como es de mentirosa esta amiga me inclino a pensar que nunca sucedieron; o, por lo menos, de la manera que yo los recuerdo. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, así comienza la autobiografía de García Márquez.

Vivir en la nostalgia me ha permitido ir desarrollando un algoritmo infalible para juzgar los ciudades a las que vuelvo, los restaurantes a los que retorno o los labios a los que años después regreso. Mi algoritmo es muy simple: si la realidad triunfa sobre el recuerdo rescatado de mi nostalgia, lo que estoy viviendo merece la pena. Hasta el día de hoy, no conozco Trip Advisor más eficaz que el mío. Así, puntuar un restaurante o un hotel en un lugar que no sea la memoria me parece una falta de educación y de gente poco interesante. Los momentos importantes en la vida no hace falta anotarlos o fotografiarlos porque se recuerdan solos, siempre vivirán con nosotros. Ufff ganar a los recuerdos, eso sí que es un desafío. 

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“¿Qué busca la mayoría de nosotros, qué queremos? Concretamente, en este mundo de desasosiego en el cual todos procuramos encontrar cierta clase de paz, de felicidad, algún refugio, sin duda lo importante es descubrir qué es eso que intentamos encontrar, que tratamos de conseguir, ¿no es cierto? Es probable que la mayoría busquemos cierta paz, felicidad; en un mundo sacudido por disturbios, guerras, contiendas y luchas deseamos un refugio donde pueda haber paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos, por eso buscamos, vamos de un dirigente a otro, de una organización religiosa a otra, de un instructor a otro.

Ahora bien, ¿buscamos realmente la felicidad o buscamos alguna clase de satisfacción de la que esperamos obtener felicidad? Sin duda, hay una diferencia entre satisfacción y felicidad, porque ¿se puede buscar la felicidad? Tal vez uno puede encontrar satisfacción, pero no puede encontrar la felicidad.” Jiddu Krishnamurti.