Agosto 2020

Tecleo desde una piscina de Marbella imaginando que soy un guionista de películas de cine negro del Hollywood clásico. Sueño con que me han contratado tres meses para escribir un guión sobre un tipo con pasado que no cree ya en nada, dos policías que hacen negocios con la mafia, una chica buena que quiere al tipo descreído y una rubia sin corazón a la que quiere el tipo descreído. Para que la inspiración me atrape el productor me tiene a base de gimlets durante el día, dry martinis a partir de las siete de la tarde (lo que los italianos llaman el aperitivo) y me saca a cenar a clubs con piano a los que sólo se puede entrar en esmoquin y donde el maitre te lleva a “la mesa de siempre” porque sabe que le soltarás un billete de 20€. Tengo ya el comienzo de la película y algunas buenas frases como “¿Quieres saber de qué está hecho este cocktail, nena? De lo mismo que yo: fracaso y nostalgia… la proporción depende del día” o “Te voy a dar un consejo, chaval. No te fíes de ese tipo, es de los que entra detrás de ti en una puerta giratoria y acaba saliendo delante”. Siendo honesto (me irá mal como guionista si lo soy) ninguna frase es mía, lo único que he hecho es retocarlas. Y siendo más honesto, una enfermedad que suele ser letal en cualquier profesión, el comienzo es una mezcla entre Laura y El Crack. Espero que el productor no se entere… y si lo descubre me haré el ofendido, a ver si así le puedo sacar dos meses más en esta piscina y unos 75 gimlets adicionales. Ahora escribo desde la terraza del Marbella Club (con Horcher el único mundo que conozco que ha decidido no claudicar “se prohíbe la entrada en zapatillas de deporte y pantalón corto” reza un cartel a la entrada. Mi Bizancio). Me siento como Steel (Bogart) en Un Lugar Solitario. Él es un guionista de Hollywood al que el amor salva. Yo no soy Bogart, ni guionista, ni he pisado Hollywood, no tengo a mi Gloria Graham ¿quién sabe ya quién es Gloria Graham (a mí me gusta mucho Irene Dunne)? suena el piano, hoy tenemos boleros (me encantan los boleros), y me acaba de caer una oliva en la cabeza porque estoy bajo un olivo, espero que no se haya hecho daño la oliva. Es el mejor lugar del mundo, me creo Nicholas Ray dirigiendo En un Lugar Solitario… mientras escribo estas palabras y doy un sorbo a mi dry martini siento que la felicidad me acaricia durante unos segundos: lo máximo que puede durar la felicidad.

“Nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó, viví unas semanas mientras me amó” le dice Bogart a Ms Grahame en Un Lugar Solitario (Nicholas Ray. 1950).

Bebiendo solo en una terraza de una casa de El Puerto de Santa María un gin tonic que me he preparado (con un twist de limón) mientras miro a las estrellas y pienso en todo aquello que me gusta. El verano también es esto.

Me gustan las despedidas cortas, las mesas con manteles blanco, el dry martini en copa pequeña, Séneca, un cocido los sábados con amigos, la izquierda de José Tomás y los comienzas de faena de Pablo Aguado, los paseos nocturnos veraniegos en Madrid, los libros en papel, las camisas (no uso camisetas), la Navidad, el daiquiri de Matador, la soledad, el amor no correspondido (uno de los mayores placeres que Dios nos ha regalado), los trajes cruzados, la nostalgia, el bonito con tomate de La Bombi de Santander, no llevar calcetín de mayo a octubre, dar las gracias, comprarme flores, la manzanilla y el vermú, reconocer los errores, las películas de Garci, los langostinos de Casa Bigote en Sanlúcar, el olor de después de una tormenta de verano, Montaigne, los boleros, el sonido de la lluvia cayendo sobre un paraguas, la gente que sonríe, el café en cafetera italiana, las canciones del verano, los buenos modales en la mesa (“los malos modales en la mesa han roto más matrimonios que las infidelidades” decían en la película Gigi), ilusionarme con tener un día un negocio, Cadillac Solitario, las imperfecciones en los trabajos artesanales, limpiarme los zapatos en Orquera, escuchar Cowboys de Medianoche, los libros de Garci, preguntar, pasear solo por Roma, la macedonia de frutas, Casablanca, las amistades sin envidias, las toallas blancas, vivir en el centro de las ciudades, hacer listas, El Padrino (que era la película favorita de mi padre), las gildas, septiembre, la historia de cómo se fundó el Harry’s Bar, los perfumes de Jo Malone, Cary Grant, hacer las cosas despacio, salir con la bicicleta los sábados por la mañana, el comienzo de la primera Catilinaria (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?), afeitarme todos los días, los trenes, recordar aquellas noches de Gabana y de Fortuni y de Liberata, las camisas blancas, pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, la gente que no habla de política, la tortilla de patatas, las películas de Max Ophüls, los vasos Riedel, el sexo con amor, madrugar entre semana para leer en el sofá, la noche de Reyes, ordenar los libros de mi biblioteca, Gregory Peck en Horizontes de Grandeza, las camas de los hoteles de lujo, el helado de limón, dejar propina, tomarme una copa (o dos) yo solo antes de una cena, regalar flores, las mesas de madera, desayunar solo en los hoteles, tomar decisiones, Casa Moreno en Sevilla, la ducha de después de la playa, los besos en el cuello, ver nevar, la terraza de Marbella Club, los tres últimos párrafos de La Iliada, no dar consejos, Can Carlos en Formentera, ver etapas de Induráin en El Tour, el queso para acabar un vino, que una chica me coja la mano, los pantalones blancos en verano.

Dicho todo lo anterior, realmente, sólo importan unas pocas cosas.

4 pensamientos en “Agosto 2020”

  1. La historia del Harry’s Bar es sin duda una de esas anécdotas que confirman que el mundo es hoy un lugar peor.

    Feliz verano.

  2. Segunda vez que leo hoy algo sobre Harry’s Bar, en este blog y en libro de Robilant sobre Hemingway.

    Buenas noches desde el verano del Norte.

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