Agosto 2020 (II)

Los libros, los buenos libros, una vez publicados, dejan de pertenecer al país del autor para emigrar a un país al que pertenecemos todos los lectores. En este país se puede entrar sin visado ni pasaporte y no hay un tipo coñazo preguntándote cuál es el motivo de tu viaje. En algunas ocasiones, el vínculo creado entre autor y lector es tan fuerte que se llega a producir una confusión entre ambos. Esos son los grandes libros. Por ello, cuando regalamos a la gente que queremos un libro que nos ha marcado, lo que realmente le estamos diciendo es que el libro lo hemos escrito nosotros, independientemente de quién figure como autor en la portada. El tipo de la portada es simplemente el medio que nos ha ayudado a traducir nuestros sentimientos, pasiones, sensibilidades, gustos o ideas y los ha puesto sobre papel, pero, en ningún caso, es el único creador de la obra. ¿De verdad alguien cree que Antoine de Saint-Exupéry es el único autor de El Principito?

Todo lo que he escrito aquí durante años lo hago con la autoridad que me da el fracaso de no saber aún a mi edad qué me gusta, qué quiero, qué necesito o, incluso, qué siento. ¿Cómo voy a dar consejos si ni yo mismo me conozco todavía?

Tengo la teoría de que los buenos clientes habrían sido grandes maîtres.

Uno de los gestos de peor educación que se pueden cometer es no leer un libro que te regala alguien cercano. No hablo de los libros que se obsequian casi por obligación (o sin el casi) en los cumpleaños o en Reyes y se han cogido de la estantería de los más vendidos. Me estoy refiriendo a ese libro que se regala porque mientras lo lees estás pensando sin parar en esa persona. No leer un libro regalado es una manera de despreciar los sentimientos del que regala.

Pido el segundo dry martini en la terraza del Marbella Club (siempre con dos aceitunas). De alguna manera aquí me siento usufructuario de una época que ya se ha extinguido. “Otros mundos, otra vida“ era el título de la autobiografía de José Luis de Vilallonga. Observo cómo el barman salpica con el rocío del limón la ginebra (no es muy seco, noto alguna gota de vermú) y me da por pensar en nuevas frases para el guión de la película de cine negro (el productor me ha vuelto a preguntar esta mañana que cómo voy. Le he dicho que estoy escribiendo seis páginas diarias, lo que no le he contado es que cada noche tiro a la basura las seis páginas escritas). En esta terraza las frases surgen igual de rápido que se sirven cafés en un Starbucks, es como vivir en una nostalgia prolongada: “[Escena final de la película. Plano de espaldas de una pareja y voz en off]. Mientras ella se alejaba de la mano de Scott, me di cuenta de que la mujer de tu vida siempre es de otro.”

En la vida nunca sabes cuándo son los mejores momentos.

Agosto 2020

Tecleo desde una piscina de Marbella imaginando que soy un guionista de películas de cine negro del Hollywood clásico. Sueño con que me han contratado tres meses para escribir un guión sobre un tipo con pasado que no cree ya en nada, dos policías que hacen negocios con la mafia, una chica buena que quiere al tipo descreído y una rubia sin corazón a la que quiere el tipo descreído. Para que la inspiración me atrape el productor me tiene a base de gimlets durante el día, dry martinis a partir de las siete de la tarde (lo que los italianos llaman el aperitivo) y me saca a cenar a clubs con piano a los que sólo se puede entrar en esmoquin y donde el maitre te lleva a “la mesa de siempre” porque sabe que le soltarás un billete de 20€. Tengo ya el comienzo de la película y algunas buenas frases como “¿Quieres saber de qué está hecho este cocktail, nena? De lo mismo que yo: fracaso y nostalgia… la proporción depende del día” o “Te voy a dar un consejo, chaval. No te fíes de ese tipo, es de los que entra detrás de ti en una puerta giratoria y acaba saliendo delante”. Siendo honesto (me irá mal como guionista si lo soy) ninguna frase es mía, lo único que he hecho es retocarlas. Y siendo más honesto, una enfermedad que suele ser letal en cualquier profesión, el comienzo es una mezcla entre Laura y El Crack. Espero que el productor no se entere… y si lo descubre me haré el ofendido, a ver si así le puedo sacar dos meses más en esta piscina y unos 75 gimlets adicionales. Ahora escribo desde la terraza del Marbella Club (con Horcher el único mundo que conozco que ha decidido no claudicar “se prohíbe la entrada en zapatillas de deporte y pantalón corto” reza un cartel a la entrada. Mi Bizancio). Me siento como Steel (Bogart) en Un Lugar Solitario. Él es un guionista de Hollywood al que el amor salva. Yo no soy Bogart, ni guionista, ni he pisado Hollywood, no tengo a mi Gloria Graham ¿quién sabe ya quién es Gloria Graham (a mí me gusta mucho Irene Dunne)? suena el piano, hoy tenemos boleros (me encantan los boleros), y me acaba de caer una oliva en la cabeza porque estoy bajo un olivo, espero que no se haya hecho daño la oliva. Es el mejor lugar del mundo, me creo Nicholas Ray dirigiendo En un Lugar Solitario… mientras escribo estas palabras y doy un sorbo a mi dry martini siento que la felicidad me acaricia durante unos segundos: lo máximo que puede durar la felicidad.

“Nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó, viví unas semanas mientras me amó” le dice Bogart a Ms Grahame en Un Lugar Solitario (Nicholas Ray. 1950).

Bebiendo solo en una terraza de una casa de El Puerto de Santa María un gin tonic que me he preparado (con un twist de limón) mientras miro a las estrellas y pienso en todo aquello que me gusta. El verano también es esto.

Me gustan las despedidas cortas, las mesas con manteles blanco, el dry martini en copa pequeña, Séneca, un cocido los sábados con amigos, la izquierda de José Tomás y los comienzas de faena de Pablo Aguado, los paseos nocturnos veraniegos en Madrid, los libros en papel, las camisas (no uso camisetas), la Navidad, el daiquiri de Matador, la soledad, el amor no correspondido (uno de los mayores placeres que Dios nos ha regalado), los trajes cruzados, la nostalgia, el bonito con tomate de La Bombi de Santander, no llevar calcetín de mayo a octubre, dar las gracias, comprarme flores, la manzanilla y el vermú, reconocer los errores, las películas de Garci, los langostinos de Casa Bigote en Sanlúcar, el olor de después de una tormenta de verano, Montaigne, los boleros, el sonido de la lluvia cayendo sobre un paraguas, la gente que sonríe, el café en cafetera italiana, las canciones del verano, los buenos modales en la mesa (“los malos modales en la mesa han roto más matrimonios que las infidelidades” decían en la película Gigi), ilusionarme con tener un día un negocio, Cadillac Solitario, las imperfecciones en los trabajos artesanales, limpiarme los zapatos en Orquera, escuchar Cowboys de Medianoche, los libros de Garci, preguntar, pasear solo por Roma, la macedonia de frutas, Casablanca, las amistades sin envidias, las toallas blancas, vivir en el centro de las ciudades, hacer listas, El Padrino (que era la película favorita de mi padre), las gildas, septiembre, la historia de cómo se fundó el Harry’s Bar, los perfumes de Jo Malone, Cary Grant, hacer las cosas despacio, salir con la bicicleta los sábados por la mañana, el comienzo de la primera Catilinaria (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?), afeitarme todos los días, los trenes, recordar aquellas noches de Gabana y de Fortuni y de Liberata, las camisas blancas, pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, la gente que no habla de política, la tortilla de patatas, las películas de Max Ophüls, los vasos Riedel, el sexo con amor, madrugar entre semana para leer en el sofá, la noche de Reyes, ordenar los libros de mi biblioteca, Gregory Peck en Horizontes de Grandeza, las camas de los hoteles de lujo, el helado de limón, dejar propina, tomarme una copa (o dos) yo solo antes de una cena, regalar flores, las mesas de madera, desayunar solo en los hoteles, tomar decisiones, Casa Moreno en Sevilla, la ducha de después de la playa, los besos en el cuello, ver nevar, la terraza de Marbella Club, los tres últimos párrafos de La Iliada, no dar consejos, Can Carlos en Formentera, ver etapas de Induráin en El Tour, el queso para acabar un vino, que una chica me coja la mano, los pantalones blancos en verano.

Dicho todo lo anterior, realmente, sólo importan unas pocas cosas.

Julio 2020

Principios de julio y regreso por tercer año consecutivo a Formentera para pasar un fin de semana largo con unos amigos que se encuentran ya por la isla. El jueves, como los años anteriores, tomo el primer avión que sale de Madrid con destino a Ibiza. Los horarios se cumplen y a las nueve de la mañana estoy en el puerto de Formentera esperando a que algún amigo se despierte y tenga la amabilidad de venir a recogerme con el dingui. Como sé que mis amigos están durmiendo y yo disfruto de una perfecta armonía con una terraza del puerto y mi café (los tres años en la misma terraza, Amarre 32, y no estoy dispuesto a negociar un cambio), no les quiero avisar de mi llegada hasta más o menos las once. Los años anteriores tuve que sacar el ordenador, aquí mismo en Amarre 32, y ponerme a trabajar porque, desafortunadamente, el guión de mi vida alguna vez no lo escribo yo. Pero este año ha sido diferente. Estaba yo confinado en la autobiografía de Luis Racionero, Memorias de un Liberal Psicodélico, y, al mismo tiempo, observando de reojo cómo limpiaban a conciencia un barco amarrado en frente de mi mesa cuando me abordó una casi plena sensación de felicidad para inmediatamente después abrazarme una profunda melancolía. ¿Tres años ya desde que quedamos en julio para pasar unos días en Formentera? No puede ser. Se cumple aquello, que tanto oía de joven pero que con la arrogancia de la juventud pensé que nunca me alcanzaría, de que a medida que te haces mayor (o más viejo) el tiempo pasa más deprisa. Pido mi segundo americano y un agua con gas y me pongo a pensar sobre el tiempo. Quizás el tiempo no existe, quizás sea una invención nuestra, como las matemáticas, los derechos humanos o la amistad entre un hombre y una mujer. Consideramos que el tiempo es lineal cuando en realidad el pasado no existe y el presente nunca puede ser porque siempre es ya pasado. ¿Qué es el futuro? Sentado aquí en una terraza de una isla mediterránea percibo claramente que el tiempo es circular, un círculo compuesto de puntos que vamos recorriendo a lo largo de nuestra vida y que cuando has vivido lo suficiente simplemente vuelves a pasar por esos mismos puntos. Por ello afirmo que no hay pasado. Si el tiempo es circular, no se puede medir ¿qué somos nosotros entonces si toda nuestra vida gira en torno a nuestras experiencias pasadas y el anhelo de experiencias futuras? No lo sé.

“¡Futuro! Es un invento para arruinar el presente.” De la película Y Dios creó a la mujer. Roger Vadim (1956).

Luis Racionero y Lucía Bosé fallecieron este pasado marzo. Lucía sobrevivió 15 días a Luis. Eran muy amigos, lo he leído en la biografía de Racionero. Tan amigos que él pasaba largas temporadas en Marbella en casa de Miss Italia 1947. Nadie les ha relacionado y eso que han fallecido casi a la vez. Son los misterios del destino. No me interesa el tiempo porque no me interesa lo que no existe, sí me interesa conocer si somos fruto del azar o de un plan. Ése es el gran misterio de la vida. Nunca lo sabré, y creo que nunca lo sabremos, pero estoy seguro que la respuesta está ahí, visible a todos, siempre ha estado ahí… simplemente, nunca hemos buscado bien. Puede que alguno haya tenido o tenga la respuesta y no le hemos querido escuchar.

El otro misterio de la vida es el amor. Dos personas que no se conocen se encuentran por primera vez, se miran a los ojos y booom el Big Bang sucede de nuevo, en un instante se han enamorado, en menos de lo que dura un parpadeo… ¿a cuántos desertores de la vida el amor les ha rescatado? ¿No es un gran misterio, quizás el misterio más grande de nuestra corta existencia, que algo que no sabemos cómo surge salve vidas?

Cuando no me interesa la gente olvido rápidamente su nombre. Hay algunas personas con las que en breve ya no podré mantener una conversación porque se me olvidarán hasta las palabras.

El precio de la independencia es la soledad. No hay nadie enteramente independiente (nadie), pero sí hay personas completamente solas.

Cuando el rey Pirro, el de las guerras pírricas, trató de pasar a Italia desde el Epiro, ahora Albania y tierra de Olimpia (la madre de Alejandro), uno de sus consejeros, Cineas, le quiso advertir de su vanidad. ¿Con qué fin queréis pasar a Italia? Le preguntó el consejero. Para hacerme con Italia, contestó Pirro. ¿Y luego? Le volvió a preguntar Cineas. Pasaré a la Galia para después conquistar España, y tras estas conquistas subyugaré África, y ya con todo el mundo conquistado, podré retirarme a descansar y ser feliz. ¿Y qué os impide, majestad, descansar ya y ser feliz? Le preguntó el consejero. 

¿Nos hacemos las preguntas correctas?