Junio 2020

Ojalá nunca hubieras venido

así la noche tampoco habría pasado nunca.

Y ojalá no te hubieras quedado

así la mañana tampoco habría llegado nunca.

Ojalá no se hiciese nunca verano

así el verano estaría siempre acercándose.

Estos versos de Henrik Nordbrandt me han recordado la maravillosa canción de Armando Manzanaro: “Reloj no marques las horas / Porque voy a enloquecer / Ella se irá para siempre / Cuando amanezca otra vez… Nomás nos queda esta noche / Para vivir nuestro amor / Y tu tic-tac me recuerda / Mi irremediable dolor”.

El mejor momento del mes sucedió cuando volví a sentarme a la sombra de una terraza madrileña, dejé las gafas de sol sobre la mesa, crucé las piernas y respiré la alegría de la vida (una vida mutilada, pero, al fin y al cabo, una vida). Con el primer sorbo del vermú entendí lo que sintió Ulises regresando a Ítaca, aunque sin Penélope esperándome, con el segundo trago encontré el paraíso del que expulsaron a Adán y Eva, y de pronto, no sé de dónde, comenzaron a sonar los primeros acordes de Summer Time (pipiiiiipiiiiipiiii tiriiitiii…) y ahí ya el verano se desplomó sobre mí: aparecieron los recuerdos de las vacaciones con amigos perdidos (o quizás me perdí yo), un amor de verano se sentó en mi mesa y me contó cómo le va, se casó, tiene cuatro niños, tres coches y dos hipotecas, su marido le quiere pero trabaja mucho y ella está aburrida, recordé cómo le pedía a la hostess la segunda botella en el reservado de Pachá Ibiza o en Olivia Valere Marbella o en Caves de Saint Tropez – ya lo dijo un sabio al que pongo al mismo nivel de Sócrates: “solo la primera botella es cara”, seguro que en la Academia de Platón o en el Liceo de Aristóteles le hubieran dado un trato reverencial a este filósofo – en la terraza ya olía a mar y a libertad, a langostinos de Sanlúcar y manzanilla, a nostalgia y paz, se fue el amor del verano pero los vestidos de las chicas que pasaban a mi alrededor se hicieron más cortos, sus piernas bronceadas pasan a dominar el mundo la próximos meses y probar su piel salada inicia guerras ¿o qué crees que hizo que Paris se enamorara de Helena? Un verano desbordado sobre mi mesa me cubrió de sensaciones olvidadas – otro vermú, por favor – olía a yodo y a bondad, a cloro y tranquilidad ¿por qué merece la pena vivir? Por esa cena con amigos en una terraza con una luna grande iluminándote y un buen godello golpeándote, por la ducha de después de la playa donde no sólo te limpias la arena y la brea, sino también los malos momentos del año, las tontería de los jefes y los fines de semana perdidos en edificios “inteligentes” donde no entra el aire de la calle y el café es casi tan malo como unas impresoras que nunca funcionan. Ayyyyyyyy esa siesta de después en la cama o en la tumbona, en la playa o en cubierta, eso sí que es el sueño eterno al que escribía Chandler; porque en los sueños de verano la rubia de la barra, que te ha visto entrar antes de que tú salieras de casa, sí se deja invitar a una copa y el barman es tu amigo, así que cuando ella se escapa al baño a guiñarle el ojo a otro, pintarse los labios y subirse el vestido, te dice, mientras seca unos vasos con una servilleta blanca: cuidado, chaval, ésta tiene una moneda donde otras tienen un corazón ¿hasta en mis sueños me van mal las cosas? Con el verano hablándome y el tercer vermú sobre la mesa me dije que si por algo merece la pena vivir también debe haber algo por lo que merece la pena morir ¿pero el qué? Cuando volvía a casa ayudado por los edificios de la calle Recoletos, una voz interior me sopló la respuesta: por volver a besar el cuello de Helena después de bañarse una noche en el Mediterráneo.

“Qué difícil es morirse después de oler el perfume de tus manos en el cine” Luis Alberto de Cuenca.

Tengo tantas teorías que creo que un día voy a ponerlas por escrito porque para que no se me olviden porque rara es la semana que no le digo a alguien “yo tengo una teoría sobre eso…”.

¿Adán y Eva tenían ombligo? ¿Se lo dibujan los pintores? Voy a empezar a fijarme.

Una amiga me llama cursi y me quedo con ganas de responderle algo ingenioso, pero como es habitual no se me ocurre nada y simplemente me rio. A los pocos días leo a de Foxá en Madrid de Corte a Checa:

“- Es un cursi.

Se apoyaba con fruición en aquella palabra inventada por la gente vulgar para reírse de lo romántico, como ya existía lo de “primo” para ridiculizar todo lo heroico y generoso”.

Decido que cursi es uno de los mejores piropos que me pueden hacer y lo asumo como una cualidad propia. Se lo cuento a mi amiga y ahora es ella la que se ríe.

¿Y si he vivido ya lo mejor de mi vida?