Abril 2020

Los días siguen cayendo como granos en un reloj de arena, con la incógnita todavía de cuándo la mano que no controlamos pondrá el reloj en horizontal. No obstante, este confinamiento está teniendo para mí un efecto balsámico y, por qué no decirlo, también, espiritual. Sé ya que voy a añorar de por vida mi momento matinal, en que, tras hacerme el café a fuego lento, me siento en el sofá con una taza caliente y mi Montaigne. Paladeo al francés junto con la complicidad del único compañero que busco a esas horas: el silencio. La calidad del silencio es tan puro que podría decirse que hasta se huele. En ese silencio con eco, de una solemnidad casi mística, puedo buscar en lo más profundo y encontrar el calmante que necesito. Mis desdichas desaparecen o, por lo menos, menguan. La armonía del Universo, indescifrable todavía para nosotros, se presenta cada mañana en mi salón. Sólo se atreve a replicar a mi callado compañero el segundero de un viejo reloj de mesa, al cual no escucho hablar durante el resto del día, y que obstinadamente me recuerda cada mañana con su tic tac que cada grano de arena caído en el reloj de nuestra vida ya nunca regresará a la cápsula de la que ha salido. He aquí nuestra fragilidad: el tiempo; del que ahora nos acordamos.

“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho” Séneca.

Como veo que me acerco al final de Montaigne, he promulgado una ley en mi castillo: sólo se podrán leer 25 páginas al día de sus Ensayos y siempre por la mañana. Es tan provechosa para mí su lectura que no quiero desperdiciar ni una página por no prestarle la concentración que alguien tan valioso se merece. Cada página leída es como una de esas muestras de un perfume nunca probado que regalan en diminutos frascos en las perfumerías y que con la ilusión más inocente, y hasta infantil, guardas en algún lugar seguro esperando la ocasión justa de usarla – quizás en un viaje especial que todavía no has planeado o quizás en una cena deseada que aún no ha sido fijada – pero que te produce también una leve y extraña sensación de tristeza al acabar de perfumarte y contemplar el pequeño recipiente vacío, porque sabes que este nuevo olor que en unas horas morirá deja ya de ser extraño y, por tanto, pierde la pasión que produce la novedad; en esta lectura, y no sé quién más podría hablar así en la historia universal, cada página leída engrandece al lector de buen corazón pero aún más al autor.

Ayer, mientras leía al gentilhombre, se acercó a saludarnos la lluvia que con fuerza llamó a la ventana para pedirnos pasar a nuestra celebración matinal. Entre todos decidimos aceptarla, así que desayunamos juntos mis dos íntimos amigos, el de Burdeos y el callado, mi segundero, la lluvia y el que escribe. El sonido de la lluvia me produjo una extraña sensación de bienestar y felicidad pero también de recogimiento. Recordé el fragmento de Proust en el que describe el momento en que comienza a escuchar la lluvia caer.

“Un golpecito en el cristal, como si algo hubiera percutido sobre él, seguido de una amplia y ligera caída como de granos de arena que hubieran dejado caer desde una ventana de encima; y luego, la caída extendiéndose, adoptando un ritmo, haciéndose fluida, sonora, musical, innumerable, universal: era la lluvia” Proust en Por el Camino de Swann.

Lo vuelvo a leer y pienso que la belleza puede aparecer en un edificio, en un cuadro, en un verso, en un párrafo pero también en una conversación, en una forma de ser o incluso en una idea, aunque éstas, que son del mundo de lo inaprensible, no podamos medirlas en una escala como solemos hacer con las obras que se plasman sobre lo físico.

Oigo la lluvia y abro la ventana pero no la huelo. Es otra cosa que nos ha robado el confinamiento: los olores.

Comienzo a oír ruidos en la cocina, una taza que se posa en el plato, la cafetera de cápsulas temblando, un grifo abierto; mi madre ya se ha levantado, comienza el día para ella pero también para mí, lo anterior ha sido una ensoñación que no pertenece ni al día anterior ni al día de hoy, es otro universo, en donde el tiempo no puede imponer su tiranía simplemente porque es un concepto que no existe. Me despido de mis amigos hasta la mañana siguiente, aprovecho para dar el último trago al café, encender el ordenador y me dirijo hacia la ducha.

No olvido que mientras yo estoy gozando de una plácida primavera sin olores, y sin más sobresaltos que los de algún pensamiento ingenioso en un libro o la llamada de algún amigo, otros están sufriendo un invierno muy crudo.

“”Hay cosas que jamás se escriben”, exclamó Napoleón al enterarse de la capitulación de Bailén” Stendhal en Rojo y Negro.