La tormenta

Me gusta levantarme pronto, cuando el día no ha amanecido y los últimos rescoldos de la noche se imponen sobre el alba. Me preparo tres o cuatro tazas de café en mi cafetera italiana y me acomodo en el sofá a leer hasta que llega el momento de acercarme hacia la línea de salida de un nuevo día: la ducha. 

El tiempo que paso leyendo en un absorbente silencio junto con mi café tiene algo no sólo de relajante sino también de místico, es un momento que no pertenece a ningún día, un tiempo apátrida que me sirve de meditación y de calmante. Observando ayer por la ventana como los copos caían suavemente – iluminados únicamente con la tenue luz que desprendían las farolas – y mientras la ventisca arrastraba la nieve en polvo de la cornisa del edificio de enfrente de mi casa, no sentí, como había sospechado me que sucedería cuando los días previos nos anunciaban la nevada, la melancolía de recordar aquel paraíso perdido de la infancia en una ciudad de provincias cuando en vez de ir al colegio, suspendido por la avalancha de nieve, nos dejaban ir al parque a tirarnos en trineo. Al contrario, lo que experimenté fue más bien una energía renovada, un estímulo adicional a vivir la vida, como si algo sobrenatural hubiera en contemplar en silencio a los copos que pausadamente caían frente a mi ventana.

Con el mismo ímpetu de un soldado valiente que se sabe luchando en una batalla definitiva por una causa justa, e igual de abrigado que un oficial ruso en invierno, me lancé a la calle a contemplar la belleza de la destrucción de la naturaleza en los árboles caídos, a los niños saltando en la nieve como si fueran niños, a los perros extrañados con la situación oliendo los bancos blancos y a los adultos sonrientes arrojarse bolas de nieve. Ya cerca de mi casa, en una pequeña calle, casi inaccesible por los estragos de la tormenta, descubrí un edificio antiguo cuya amplio portón de madera estaba rodeada de nieve pura, lisa y virgen, como si desde hace mucho nadie hubiera podido atravesar esa puerta. Quise acercarme con cuidado a tocar ese nieve inmaculada y comprendí en ese breve pero fatigoso camino que hay puertas por las que es más fácil entrar cuando en el mundo ha nevado.

Ya cerca del portón, pero sin la posibilidad de poder todavía alcanzarlo para alguien como yo, dibujé con mi dedo una pequeña cruz sobre la nieve que sabía que inevitablemente desaparecería a los pocos minutos cubierta por nuevos copos. Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que aunque hoy no me haya lanzado a la calle debido al frío, el hielo y el miedo a cualquier desgracia, la puerta sigue en el mismo lugar esperando a que alguno de nosotros llame para pedir entrar. Y a esa certeza la llamo fe. Las tormentas más intensas no están en el exterior, por muy destructivas que puedan parecer, sino en el interior de nosotros.

Noviembre y diciembre 2020

No existe una fuerza más poderosa, después del amor, que el odio. Pero es una fuerza maligna que debilita al que lo siente impidiéndole llevar una existencia feliz. El odio no es sólo una debilidad del que odia (“toda ferocidad viene de la debilidad”, decía Séneca citando a alguien que ya no puede recordar. De mi memoria escribiré otro día) es también una gran pérdida de tiempo. Y si es el tiempo un regalo que no nos pertenece a ninguno  ya que nadie puede controlarlo, tampoco aquellos que tanto tienen y pueden comprarlo todo ¿quiénes son realmente los millonarios? Los que no odian… a mí no me cabe ninguna duda.

Creonte: un enemigo jamás se vuelve amigo, ni siquiera al morir.

Antígona: yo no nací para compartir odio, sino amor.

Antígona. Sófocles (441 a.C.)

Feliz Navidad y Feliz 2021.

Octubre 2020

Diez meses escribiendo este diario mensual sin más afán que obligarme a sentarme unos días de cada mes a reflexionar y escribir y, quizás, releer todos estos garabatos mentales dentro de unos años con la perspectiva que da el tiempo. No hay ningún plan ni ningún guión, todo lo que escribo es para mí. El tiempo es el mejor juez que conozco y también el mejor calmante “todo lo bueno pasa pero también todo lo malo”, se lo escuché una vez a Garci y creo que lo escribí hace años por aquí. Digo creo porque no me gusta releer mis entradas antiguas, ya que me producen una mezcla entre pudor, por volver a escucharme, y de dolor, por el paso del tiempo. El tiempo es el mayor castigo que nos impuso Dios a los hombres y por el contrario, y aunque nos pudiera parecer mentira en un primer vistazo, la mortalidad el mayor regalo. Lo mortalidad del hombre como regalo de Dios se lo leí a Epicuro en el libro de Emilio Lledó sobre el epicureísmo. Me pareció una de las reflexiones más acertadas que he leído ¿cuál sería el sentido de una vida inmortal? ¿Nos pondríamos objetivos? ¿Existiría una vida plena cuando no podríamos morir por algo? Si fuéramos inmortales nos afanaríamos en buscar la mortalidad desafiando por ello a Dios o al creador del programa informático en el que vivimos. Así es el hombre, no tiene remedio.

“Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es la privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de la inmortalidad” Epicuro. Epístola a Meneceo.

Cuando me siento a escribir y las palabras brotan solas sé que lo que anotó nace de algún lugar honesto y sincero, no hay nada impostado ni falso, es puro como la infancia. Al contrario, si necesito pensar demasiado o inspirarme ojeando un libro donde en su momento subrayé un párrafo soy consciente de que lo que quiero dejar escrito se asemeja más a la bisutería que a la joyería, es mezquino tratar de engañarse a uno mismo. Igual que es un síntoma de mezquindad no reconocer la superioridad de otros. He tratado siempre de huir de la bisutería en mi vida; sin embargo, la vida es una lucha constante entre lo que somos y los que nos gustaría ser, entre ahorrar o disfrutar, correr o andar, quedarte en casa o salir, aceptar el reto o rehuirlo, entre el deseo o la represión. Quizás el éxito de una vida feliz sea evitar los conflictos internos y quizás también la forma de lograrlo sea indagar en nuestro yo más profundo, el que nadie conoce, ni nosotros mismos, buscando el origen de nuestros conflictos, desdichas y desgracias. Indagar en ese yo no es complicado pero sí extremadamente doloroso porque el resultado, aun siendo acercarnos a la felicidad plena, supone contemplarnos ante el espejo más cruel, el mismo que nos muestra quiénes somos realmente…. y bien sabemos que los espejos tienen una cualidad que no tenemos los hombres: no mienten nunca.

Mi mundo es cada vez más pequeño aunque el mundo cada vez sea más grande.

Estaba leyendo en la página web del restaurante Viridiana su menú cuando me topé con una frase de Borges que enlaza con la visión que varios autores clásicos tiene sobre la fortuna: “La puerta es la que elige, no el hombre.”

Vivimos en un mundo absolutamente moralista e insoportablemente inmoral.

Septiembre 2020 (II)

“No sé” es la frase más liberadora del mundo ya que exime de tener que dar una opinión. Un “no sé” convierte al que lo pronuncia en alguien interesante ante mis ojos y me muestra además que detrás de una fingida, o no, modestia se esconde inteligencia. Un “no sé” suena honrado y valiente… qué difícil es escuchar, aunque sea entre susurros, un simple “no sé”.

Quizás el momento más terrible de nuestra vida es cuando de niño nos damos cuenta de nuestra existencia mortal. A partir de ese momento, y justo en ese momento, toda nuestra forma de entender la vida cambia radicalmente.

Escribo bajo el sol de unos tenues rayos okupas que se han colado sin anunciarse por mi ventana con la intención de recordarme que un verano más ha sucedido para no regresar. Algún frívolo pensará que entre la tesitura de perder la casa o vivir recordando tiempos felices que no volverán preferiría vivir a la intemperie. Estos rayos de finales de septiembre ya lánguidos, pero no pobres, me han traído a la memoria el recuerdo de una escena de Memorias de África cuando un guapo y atractivo (dos cualidades que no suelen ir de la mano) Robert Redford le contaba a una no tan guapa pero sí atractivísima Meryl Streep que los zulúes era un pueblo incapaz de pensar en el futuro. Para esta tribu su tiempo siempre es presente, así que cuando un zulú es encarcelado acaba muriendo de pena en su celda porque piensa que su condena es hasta el fin de sus días. Hace tiempo leí, ya no sé dónde, que una característica del homo sapiens y de su éxito evolutivo es la capacidad de pensar en el futuro y que este atributo pudo ser decisivo en nuestra lucha por los recursos frente a los neandertales. Afirmo sin dudarlo, que yo nunca he sido más infeliz que cuando he tratado de controlar o, al menos, organizar el futuro, debido a que la contrapartida fue la peor desdicha de todas: dejar de vivir el presente para ser golpeado por un futuro completamente incierto. Vivimos con la esperanza de que algún día nos retiraremos ya mayores a descansar y a partir de entonces poder comenzar a vivir. Qué error, qué tremendo error. Me invade ahora otro recuerdo y es aquella lectura tan sobrecogedora, agobiante y asfixiante de El Desierto de los Tártaros, un libro tan borgiano que Borges hizo el prólogo como queriendo reclamar su autoría. Miro a la librería y ahí me está observando el cuento de Dino Buzzati que te atrapa como un sueño, o quizás una pesadilla, para susurrarme que nunca esté tan ocupado como para no darme cuenta de que estoy vivo. ¿Si no sé cuándo mi destino caducará, qué prefiero ser: un feliz neandertal o un insípido sapiens?

(Nunca es tarde para tener un verano feliz).

“Somos europeos y pertenecemos a un mundo que sabía compensar la pobreza con la belleza” escribe Mauricio Wiesenthal en su libro Orient-Express el tren de Europa. Ojalá mi vida fuera un viaje en el Orient-Express.

Hastiado de la barbarie del mundo moderno y con la intención de olvidar los tropelías de su cocina, me he ido a cenar dos viernes a Horcher sin más compañía que un traje de verano cruzado, una corbata azul mar Cantábrico y un pañuelo blanco. Allí entre los rescoldos de un mundo pasado que vive sus últimos coletazos y escoltado por sus manteles blancos, sus soldaditos de porcelana, que me miraban como rogándome que me alistara con ellos por la causa del Emperador, su cristalería checa con el escudo de la casa grabado y su espléndido servicio, sin libreas pero con el detalle de separarme ligeramente la mesa cuando me levanto, quise  soñar que estaba en el vagón restaurante del Orient Express la noche antes de llegar a Venecia. Ebrio de melancolía, y arropado por su moqueta decimonónica, me abandoné por completo a mi sueño romántico entregándome al cariño de un chef que me cortejó la primera noche con una menestra de verduras con huevo de codorniz, a la que siguió un goulash de ternera a la húngara y finalizó con un strudel de manzana a la vienesa, uniéndose al final de la velada el éxtasis dulce de un oporto color caoba. En mi segunda cena, y siguiendo las recomendaciones del maître, decidí comenzar con unos arenques a la crema con Kartoffelpuffer, continué con un stroganoff a la mostaza de Pommery, que completé con una variedad de quesos europeos que pidió el oporto por mí. Borracho por el encantamiento melancólico que estaba disfrutando felicité al chef las dos noches, aunque absurdamente me privé de comentarle que el goulash de ternera sólo lo había probado tan exquisito en el palacio de los antepasados del archiduque Otto y que el stroganoff me pareció tan sublime que se lo comentaría al zar la próxima vez que nos viéramos en el ballet.

Herido de nostalgia, y quizás también de alcohol, abandoné feliz el palacio del Imperio hacia la Plaza de San Marcos con la noble intención de dar las buenas noches a sus palomas mientras en mi cabeza sonaba la alegre marcha Radetzky. Pero a todo sueño le llega su mañana y al caminar unos metros y darme de bruces con las hipócritas y exageradas terrazas de la Plaza de la Independencia caí en la cuenta de que no estaba en Venecia sino frente a la vulgaridad de nuestro siglo, el mismo que en cada tienda, cada restaurante, cada película y casi cada debate me susurra, para burlarse de mí, que sigo embarcado en el navío de la vida moderna, por mucho que me considere un polizón.

“Cuando encuentres un buen restaurante, cambia de plato, pero no cambies de restaurante” Néstor Luján.

Septiembre 2020

Al sol de septiembre y de vuelta a Madrid escribo estas palabras en la terraza del Café Gijón. Aquí hago balance de los momentos memorables del verano: algunos almuerzos, un vino, el tiempo pasado con amigos o un amor truncado. Recapitulo lentamente para que se graben en mi memoria una gran comida (otra vez) en Casa Bigote en Sanlúcar, la zanahoria aliñada del Bar Gonzalo en El Puerto de Santa María, un almuerzo en La Milla de Marbella con mi amigo Felipe, el descubrimiento de Ossian 2016 (un verdejo de Segovia envejecido nueve meses en barrica), la piscina de mi hotel en Marbella, los cócteles en la terraza del Marbella Club antes de cenar, las vistas a la bahía de Santander desde El Marítimo, el bonito con Tomate y los bocartes rebozados de La Bombi (como todos los veranos) o la primera tarde en El Beso de Formentera con grandes amigos. Estos son los recuerdos que han aparecido sin que les llame, así que deben ser los que mi memoria ha guardado ya en un almacén de mi subconsciente y allí  pasarán a vivir desperdigados y sin orden junto con el resto de mis recuerdos (bonitos). ¿Qué es la vida sino recuerdos (bonitos)?

Entre los vaivenes del descanso y el trabajo sucedió un verano más con el principal sobresalto de descubrir La libertad primera y última de Jiddu Krishnamurti, un libro que me guiará toda la vida. Existe un camino verdadero, que no tiene atajos y está al alcance de todos. Observo lo que conozco del camino y me pregunto ¿qué es más difícil: conocer el camino o seguirlo? Pienso en todos aquellos que no conocen el camino y, sin embargo, echan a andar.

Regresando a mis nostalgias me doy cuenta de que la gente quiere asomarse al futuro y yo volver al pasado. Me gusta abusar de mi recuerdos; así los veranos anteriores siempre los disfruté más, los amores de mi larga juventud fueron más intensos o cualquier Tour de Francia pasado me parece más heroico. Hay momentos de mi vida que ya sólo sobreviven en mi nostalgia y siendo como es de mentirosa esta amiga me inclino a pensar que nunca sucedieron; o, por lo menos, de la manera que yo los recuerdo. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, así comienza la autobiografía de García Márquez.

Vivir en la nostalgia me ha permitido ir desarrollando un algoritmo infalible para juzgar los ciudades a las que vuelvo, los restaurantes a los que retorno o los labios a los que años después regreso. Mi algoritmo es muy simple: si la realidad triunfa sobre el recuerdo rescatado de mi nostalgia, lo que estoy viviendo merece la pena. Hasta el día de hoy, no conozco Trip Advisor más eficaz que el mío. Así, puntuar un restaurante o un hotel en un lugar que no sea la memoria me parece una falta de educación y de gente poco interesante. Los momentos importantes en la vida no hace falta anotarlos o fotografiarlos porque se recuerdan solos, siempre vivirán con nosotros. Ufff ganar a los recuerdos, eso sí que es un desafío. 

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“¿Qué busca la mayoría de nosotros, qué queremos? Concretamente, en este mundo de desasosiego en el cual todos procuramos encontrar cierta clase de paz, de felicidad, algún refugio, sin duda lo importante es descubrir qué es eso que intentamos encontrar, que tratamos de conseguir, ¿no es cierto? Es probable que la mayoría busquemos cierta paz, felicidad; en un mundo sacudido por disturbios, guerras, contiendas y luchas deseamos un refugio donde pueda haber paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos, por eso buscamos, vamos de un dirigente a otro, de una organización religiosa a otra, de un instructor a otro.

Ahora bien, ¿buscamos realmente la felicidad o buscamos alguna clase de satisfacción de la que esperamos obtener felicidad? Sin duda, hay una diferencia entre satisfacción y felicidad, porque ¿se puede buscar la felicidad? Tal vez uno puede encontrar satisfacción, pero no puede encontrar la felicidad.” Jiddu Krishnamurti.

Agosto 2020 (II)

Los libros, los buenos libros, una vez publicados, dejan de pertenecer al país del autor para emigrar a un país al que pertenecemos todos los lectores. En este país se puede entrar sin visado ni pasaporte y no hay un tipo coñazo preguntándote cuál es el motivo de tu viaje. En algunas ocasiones, el vínculo creado entre autor y lector es tan fuerte que se llega a producir una confusión entre ambos. Esos son los grandes libros. Por ello, cuando regalamos a la gente que queremos un libro que nos ha marcado, lo que realmente le estamos diciendo es que el libro lo hemos escrito nosotros, independientemente de quién figure como autor en la portada. El tipo de la portada es simplemente el medio que nos ha ayudado a traducir nuestros sentimientos, pasiones, sensibilidades, gustos o ideas y los ha puesto sobre papel, pero, en ningún caso, es el único creador de la obra. ¿De verdad alguien cree que Antoine de Saint-Exupéry es el único autor de El Principito?

Todo lo que he escrito aquí durante años lo hago con la autoridad que me da el fracaso de no saber aún a mi edad qué me gusta, qué quiero, qué necesito o, incluso, qué siento. ¿Cómo voy a dar consejos si ni yo mismo me conozco todavía?

Tengo la teoría de que los buenos clientes habrían sido grandes maîtres.

Uno de los gestos de peor educación que se pueden cometer es no leer un libro que te regala alguien cercano. No hablo de los libros que se obsequian casi por obligación (o sin el casi) en los cumpleaños o en Reyes y se han cogido de la estantería de los más vendidos. Me estoy refiriendo a ese libro que se regala porque mientras lo lees estás pensando sin parar en esa persona. No leer un libro regalado es una manera de despreciar los sentimientos del que regala.

Pido el segundo dry martini en la terraza del Marbella Club (siempre con dos aceitunas). De alguna manera aquí me siento usufructuario de una época que ya se ha extinguido. “Otros mundos, otra vida“ era el título de la autobiografía de José Luis de Vilallonga. Observo cómo el barman salpica con el rocío del limón la ginebra (no es muy seco, noto alguna gota de vermú) y me da por pensar en nuevas frases para el guión de la película de cine negro (el productor me ha vuelto a preguntar esta mañana que cómo voy. Le he dicho que estoy escribiendo seis páginas diarias, lo que no le he contado es que cada noche tiro a la basura las seis páginas escritas). En esta terraza las frases surgen igual de rápido que se sirven cafés en un Starbucks, es como vivir en una nostalgia prolongada: “[Escena final de la película. Plano de espaldas de una pareja y voz en off]. Mientras ella se alejaba de la mano de Scott, me di cuenta de que la mujer de tu vida siempre es de otro.”

En la vida nunca sabes cuándo son los mejores momentos.

Agosto 2020

Tecleo desde una piscina de Marbella imaginando que soy un guionista de películas de cine negro del Hollywood clásico. Sueño con que me han contratado tres meses para escribir un guión sobre un tipo con pasado que no cree ya en nada, dos policías que hacen negocios con la mafia, una chica buena que quiere al tipo descreído y una rubia sin corazón a la que quiere el tipo descreído. Para que la inspiración me atrape el productor me tiene a base de gimlets durante el día, dry martinis a partir de las siete de la tarde (lo que los italianos llaman el aperitivo) y me saca a cenar a clubs con piano a los que sólo se puede entrar en esmoquin y donde el maitre te lleva a “la mesa de siempre” porque sabe que le soltarás un billete de 20€. Tengo ya el comienzo de la película y algunas buenas frases como “¿Quieres saber de qué está hecho este cocktail, nena? De lo mismo que yo: fracaso y nostalgia… la proporción depende del día” o “Te voy a dar un consejo, chaval. No te fíes de ese tipo, es de los que entra detrás de ti en una puerta giratoria y acaba saliendo delante”. Siendo honesto (me irá mal como guionista si lo soy) ninguna frase es mía, lo único que he hecho es retocarlas. Y siendo más honesto, una enfermedad que suele ser letal en cualquier profesión, el comienzo es una mezcla entre Laura y El Crack. Espero que el productor no se entere… y si lo descubre me haré el ofendido, a ver si así le puedo sacar dos meses más en esta piscina y unos 75 gimlets adicionales. Ahora escribo desde la terraza del Marbella Club (con Horcher el único mundo que conozco que ha decidido no claudicar “se prohíbe la entrada en zapatillas de deporte y pantalón corto” reza un cartel a la entrada. Mi Bizancio). Me siento como Steel (Bogart) en Un Lugar Solitario. Él es un guionista de Hollywood al que el amor salva. Yo no soy Bogart, ni guionista, ni he pisado Hollywood, no tengo a mi Gloria Graham ¿quién sabe ya quién es Gloria Graham (a mí me gusta mucho Irene Dunne)? suena el piano, hoy tenemos boleros (me encantan los boleros), y me acaba de caer una oliva en la cabeza porque estoy bajo un olivo, espero que no se haya hecho daño la oliva. Es el mejor lugar del mundo, me creo Nicholas Ray dirigiendo En un Lugar Solitario… mientras escribo estas palabras y doy un sorbo a mi dry martini siento que la felicidad me acaricia durante unos segundos: lo máximo que puede durar la felicidad.

“Nací cuando ella me besó, morí cuando me abandonó, viví unas semanas mientras me amó” le dice Bogart a Ms Grahame en Un Lugar Solitario (Nicholas Ray. 1950).

Bebiendo solo en una terraza de una casa de El Puerto de Santa María un gin tonic que me he preparado (con un twist de limón) mientras miro a las estrellas y pienso en todo aquello que me gusta. El verano también es esto.

Me gustan las despedidas cortas, las mesas con manteles blanco, el dry martini en copa pequeña, Séneca, un cocido los sábados con amigos, la izquierda de José Tomás y los comienzas de faena de Pablo Aguado, los paseos nocturnos veraniegos en Madrid, los libros en papel, las camisas (no uso camisetas), la Navidad, el daiquiri de Matador, la soledad, el amor no correspondido (uno de los mayores placeres que Dios nos ha regalado), los trajes cruzados, la nostalgia, el bonito con tomate de La Bombi de Santander, no llevar calcetín de mayo a octubre, dar las gracias, comprarme flores, la manzanilla y el vermú, reconocer los errores, las películas de Garci, los langostinos de Casa Bigote en Sanlúcar, el olor de después de una tormenta de verano, Montaigne, los boleros, el sonido de la lluvia cayendo sobre un paraguas, la gente que sonríe, el café en cafetera italiana, las canciones del verano, los buenos modales en la mesa (“los malos modales en la mesa han roto más matrimonios que las infidelidades” decían en la película Gigi), ilusionarme con tener un día un negocio, Cadillac Solitario, las imperfecciones en los trabajos artesanales, limpiarme los zapatos en Orquera, escuchar Cowboys de Medianoche, los libros de Garci, preguntar, pasear solo por Roma, la macedonia de frutas, Casablanca, las amistades sin envidias, las toallas blancas, vivir en el centro de las ciudades, hacer listas, El Padrino (que era la película favorita de mi padre), las gildas, septiembre, la historia de cómo se fundó el Harry’s Bar, los perfumes de Jo Malone, Cary Grant, hacer las cosas despacio, salir con la bicicleta los sábados por la mañana, el comienzo de la primera Catilinaria (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?), afeitarme todos los días, los trenes, recordar aquellas noches de Gabana y de Fortuni y de Liberata, las camisas blancas, pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, la gente que no habla de política, la tortilla de patatas, las películas de Max Ophüls, los vasos Riedel, el sexo con amor, madrugar entre semana para leer en el sofá, la noche de Reyes, ordenar los libros de mi biblioteca, Gregory Peck en Horizontes de Grandeza, las camas de los hoteles de lujo, el helado de limón, dejar propina, tomarme una copa (o dos) yo solo antes de una cena, regalar flores, las mesas de madera, desayunar solo en los hoteles, tomar decisiones, Casa Moreno en Sevilla, la ducha de después de la playa, los besos en el cuello, ver nevar, la terraza de Marbella Club, los tres últimos párrafos de La Iliada, no dar consejos, Can Carlos en Formentera, ver etapas de Induráin en El Tour, el queso para acabar un vino, que una chica me coja la mano, los pantalones blancos en verano.

Dicho todo lo anterior, realmente, sólo importan unas pocas cosas.

Julio 2020

Principios de julio y regreso por tercer año consecutivo a Formentera para pasar un fin de semana largo con unos amigos que se encuentran ya por la isla. El jueves, como los años anteriores, tomo el primer avión que sale de Madrid con destino a Ibiza. Los horarios se cumplen y a las nueve de la mañana estoy en el puerto de Formentera esperando a que algún amigo se despierte y tenga la amabilidad de venir a recogerme con el dingui. Como sé que mis amigos están durmiendo y yo disfruto de una perfecta armonía con una terraza del puerto y mi café (los tres años en la misma terraza, Amarre 32, y no estoy dispuesto a negociar un cambio), no les quiero avisar de mi llegada hasta más o menos las once. Los años anteriores tuve que sacar el ordenador, aquí mismo en Amarre 32, y ponerme a trabajar porque, desafortunadamente, el guión de mi vida alguna vez no lo escribo yo. Pero este año ha sido diferente. Estaba yo confinado en la autobiografía de Luis Racionero, Memorias de un Liberal Psicodélico, y, al mismo tiempo, observando de reojo cómo limpiaban a conciencia un barco amarrado en frente de mi mesa cuando me abordó una casi plena sensación de felicidad para inmediatamente después abrazarme una profunda melancolía. ¿Tres años ya desde que quedamos en julio para pasar unos días en Formentera? No puede ser. Se cumple aquello, que tanto oía de joven pero que con la arrogancia de la juventud pensé que nunca me alcanzaría, de que a medida que te haces mayor (o más viejo) el tiempo pasa más deprisa. Pido mi segundo americano y un agua con gas y me pongo a pensar sobre el tiempo. Quizás el tiempo no existe, quizás sea una invención nuestra, como las matemáticas, los derechos humanos o la amistad entre un hombre y una mujer. Consideramos que el tiempo es lineal cuando en realidad el pasado no existe y el presente nunca puede ser porque siempre es ya pasado. ¿Qué es el futuro? Sentado aquí en una terraza de una isla mediterránea percibo claramente que el tiempo es circular, un círculo compuesto de puntos que vamos recorriendo a lo largo de nuestra vida y que cuando has vivido lo suficiente simplemente vuelves a pasar por esos mismos puntos. Por ello afirmo que no hay pasado. Si el tiempo es circular, no se puede medir ¿qué somos nosotros entonces si toda nuestra vida gira en torno a nuestras experiencias pasadas y el anhelo de experiencias futuras? No lo sé.

“¡Futuro! Es un invento para arruinar el presente.” De la película Y Dios creó a la mujer. Roger Vadim (1956).

Luis Racionero y Lucía Bosé fallecieron este pasado marzo. Lucía sobrevivió 15 días a Luis. Eran muy amigos, lo he leído en la biografía de Racionero. Tan amigos que él pasaba largas temporadas en Marbella en casa de Miss Italia 1947. Nadie les ha relacionado y eso que han fallecido casi a la vez. Son los misterios del destino. No me interesa el tiempo porque no me interesa lo que no existe, sí me interesa conocer si somos fruto del azar o de un plan. Ése es el gran misterio de la vida. Nunca lo sabré, y creo que nunca lo sabremos, pero estoy seguro que la respuesta está ahí, visible a todos, siempre ha estado ahí… simplemente, nunca hemos buscado bien. Puede que alguno haya tenido o tenga la respuesta y no le hemos querido escuchar.

El otro misterio de la vida es el amor. Dos personas que no se conocen se encuentran por primera vez, se miran a los ojos y booom el Big Bang sucede de nuevo, en un instante se han enamorado, en menos de lo que dura un parpadeo… ¿a cuántos desertores de la vida el amor les ha rescatado? ¿No es un gran misterio, quizás el misterio más grande de nuestra corta existencia, que algo que no sabemos cómo surge salve vidas?

Cuando no me interesa la gente olvido rápidamente su nombre. Hay algunas personas con las que en breve ya no podré mantener una conversación porque se me olvidarán hasta las palabras.

El precio de la independencia es la soledad. No hay nadie enteramente independiente (nadie), pero sí hay personas completamente solas.

Cuando el rey Pirro, el de las guerras pírricas, trató de pasar a Italia desde el Epiro, ahora Albania y tierra de Olimpia (la madre de Alejandro), uno de sus consejeros, Cineas, le quiso advertir de su vanidad. ¿Con qué fin queréis pasar a Italia? Le preguntó el consejero. Para hacerme con Italia, contestó Pirro. ¿Y luego? Le volvió a preguntar Cineas. Pasaré a la Galia para después conquistar España, y tras estas conquistas subyugaré África, y ya con todo el mundo conquistado, podré retirarme a descansar y ser feliz. ¿Y qué os impide, majestad, descansar ya y ser feliz? Le preguntó el consejero. 

¿Nos hacemos las preguntas correctas?

Junio 2020

Ojalá nunca hubieras venido

así la noche tampoco habría pasado nunca.

Y ojalá no te hubieras quedado

así la mañana tampoco habría llegado nunca.

Ojalá no se hiciese nunca verano

así el verano estaría siempre acercándose.

Estos versos de Henrik Nordbrandt me han recordado la maravillosa canción de Armando Manzanaro: “Reloj no marques las horas / Porque voy a enloquecer / Ella se irá para siempre / Cuando amanezca otra vez… Nomás nos queda esta noche / Para vivir nuestro amor / Y tu tic-tac me recuerda / Mi irremediable dolor”.

El mejor momento del mes sucedió cuando volví a sentarme a la sombra de una terraza madrileña, dejé las gafas de sol sobre la mesa, crucé las piernas y respiré la alegría de la vida (una vida mutilada, pero, al fin y al cabo, una vida). Con el primer sorbo del vermú entendí lo que sintió Ulises regresando a Ítaca, aunque sin Penélope esperándome, con el segundo trago encontré el paraíso del que expulsaron a Adán y Eva, y de pronto, no sé de dónde, comenzaron a sonar los primeros acordes de Summer Time (pipiiiiipiiiiipiiii tiriiitiii…) y ahí ya el verano se desplomó sobre mí: aparecieron los recuerdos de las vacaciones con amigos perdidos (o quizás me perdí yo), un amor de verano se sentó en mi mesa y me contó cómo le va, se casó, tiene cuatro niños, tres coches y dos hipotecas, su marido le quiere pero trabaja mucho y ella está aburrida, recordé cómo le pedía a la hostess la segunda botella en el reservado de Pachá Ibiza o en Olivia Valere Marbella o en Caves de Saint Tropez – ya lo dijo un sabio al que pongo al mismo nivel de Sócrates: “solo la primera botella es cara”, seguro que en la Academia de Platón o en el Liceo de Aristóteles le hubieran dado un trato reverencial a este filósofo – en la terraza ya olía a mar y a libertad, a langostinos de Sanlúcar y manzanilla, a nostalgia y paz, se fue el amor del verano pero los vestidos de las chicas que pasaban a mi alrededor se hicieron más cortos, sus piernas bronceadas pasan a dominar el mundo la próximos meses y probar su piel salada inicia guerras ¿o qué crees que hizo que Paris se enamorara de Helena? Un verano desbordado sobre mi mesa me cubrió de sensaciones olvidadas – otro vermú, por favor – olía a yodo y a bondad, a cloro y tranquilidad ¿por qué merece la pena vivir? Por esa cena con amigos en una terraza con una luna grande iluminándote y un buen godello golpeándote, por la ducha de después de la playa donde no sólo te limpias la arena y la brea, sino también los malos momentos del año, las tontería de los jefes y los fines de semana perdidos en edificios “inteligentes” donde no entra el aire de la calle y el café es casi tan malo como unas impresoras que nunca funcionan. Ayyyyyyyy esa siesta de después en la cama o en la tumbona, en la playa o en cubierta, eso sí que es el sueño eterno al que escribía Chandler; porque en los sueños de verano la rubia de la barra, que te ha visto entrar antes de que tú salieras de casa, sí se deja invitar a una copa y el barman es tu amigo, así que cuando ella se escapa al baño a guiñarle el ojo a otro, pintarse los labios y subirse el vestido, te dice, mientras seca unos vasos con una servilleta blanca: cuidado, chaval, ésta tiene una moneda donde otras tienen un corazón ¿hasta en mis sueños me van mal las cosas? Con el verano hablándome y el tercer vermú sobre la mesa me dije que si por algo merece la pena vivir también debe haber algo por lo que merece la pena morir ¿pero el qué? Cuando volvía a casa ayudado por los edificios de la calle Recoletos, una voz interior me sopló la respuesta: por volver a besar el cuello de Helena después de bañarse una noche en el Mediterráneo.

“Qué difícil es morirse después de oler el perfume de tus manos en el cine” Luis Alberto de Cuenca.

Tengo tantas teorías que creo que un día voy a ponerlas por escrito porque para que no se me olviden porque rara es la semana que no le digo a alguien “yo tengo una teoría sobre eso…”.

¿Adán y Eva tenían ombligo? ¿Se lo dibujan los pintores? Voy a empezar a fijarme.

Una amiga me llama cursi y me quedo con ganas de responderle algo ingenioso, pero como es habitual no se me ocurre nada y simplemente me rio. A los pocos días leo a de Foxá en Madrid de Corte a Checa:

“- Es un cursi.

Se apoyaba con fruición en aquella palabra inventada por la gente vulgar para reírse de lo romántico, como ya existía lo de “primo” para ridiculizar todo lo heroico y generoso”.

Decido que cursi es uno de los mejores piropos que me pueden hacer y lo asumo como una cualidad propia. Se lo cuento a mi amiga y ahora es ella la que se ríe.

¿Y si he vivido ya lo mejor de mi vida?

Mayo 2020

Mientras paseo por casa me entretengo con un podcast donde me dicen que Felipe II era un enamorado del silencio de las piedras de su Escorial. Imagino unas piedras, más pesadas que las del resto por la carga adicional de valores y espiritualidad, entregándole cada mañana a nuestro rey la necesaria educación silenciosa para dirigir varios continentes. Unas piedras que entendían el espíritu del Habsburgo y un Habsburgo tratando de no hacer ruido para no perturbarlas. Qué maravilla.

Durante este mes adicional de reclusión he leído una anécdota de Diógenes el Cínico que se me ha esposado a la mente: Diógenes pasaba por ser un filósofo que no poseía nada excepto un esclavo, un día el esclavo se escapó y le preguntaron a Diógenes que por qué no denunciaba la huida; éste les respondió que si el esclavo podía vivir sin Diógenes, Diógenes debería poder vivir sin el esclavo.

Todo lo que es dado puede ser quitado y todo nos ha sido dado.

Acabo de finalizar a Montaigne y regreso, como un enfermo puntual, a mi médico, Séneca, médico que comparto también con el francés. De alguna manera, muy lejana, pienso que somos de la misma tribu, yo el más bajo en la escala social, el menos importante, pero de la misma tribu.

Si algo he podido hacer durante este periodo de anormalidad es conversar conmigo. Vuelvo la cabeza atrás para observar estos últimos años, hacerme reflexiones y preparar la ruta.

“Me dejo llevar como huésped allí donde me arrastra la tormenta” Horacio.

Algunas veces (muchas veces) no hay que tener opinión de todo.

Leo a Óscar Tusquets “uno se acaba de morir del todo cuando se muere el último que le ha conocido vivo”. Qué fuerza tan poderosa es el recuerdo que cuando un ser querido fallece los vivos nos embarcamos en finalizar sus empresas, perseguir sus sueños, reconocer como propios sus fracasos y hasta pagar sus deudas, reales o imaginarias, si así le podemos mantener bajo llave en alguna habitación de nuestra memoria.

52 días después regreso al mundo de la calle. Dudo que un acontecimiento similar se repita en toda mi vida ¿pero cuántas cosas he creído con la contumaz tozudez de un burro y luego la realidad se precipitó por otro camino?

Opino (aunque no haya que tener opinión de todo) que a Montaigne el paso del tiempo le ha beneficiado porque lo que nos dejó como guía probó ser fiable, auténtico y verdadero, y ahí están los siglos como jueces, pero también por su incontrolable nacimiento como francés y ensayista en tal lengua. En aquella época Francia era un país dividido por las guerras de religión, con una monarquía débil y un pueblo enfrentado, pero los siglos se fueron sucediendo y el Estado se asentó, las matanzas cesaron y el centralismo ganó la batalla. Y como testimonio de la nueva Francia ahí están los siglos XIX y XX ¿cuántos grandes pensadores, escritores, filósofos, incluso superiores a mi gentilhombre, se han ahogado en el mar del olvido porque nacieron en un territorio al que la tempestad hundió?

“Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia” Gabriel García Márquez en sus memorias.