Capítulo 2

“¡Pero si es nuestro amigo! hay días terribles, ¿eh? a ti te parten la cara y yo tengo que beber champagne caliente” escuché nada más volver a cruzar la puerta de El Sentimental por segunda vez. La voz venía del fondo del bar. El que me hablaba era Ray, que sentado en la mesa más alejada de la entrada me miraba con una sonrisa en la cara y la única compañía de un gimlet.

Eran más o menos las siete de la tarde del último sábado de junio de 2008 cuando me atreví a regresar a El Sentimental con un pantalón claro, una camisa azul clarita, un blazer azul oscuro, unos zapatos de verano sin calcetines y bien afeitado. El Sentimental seguía siendo El Sentimental, existían unas reglas de vestimenta y yo no tenía ninguna intención de cambiarlas. También aterricé por allí con lo que me quedaba orgullo, que era poco.

Atravesé el bar lo más rápido que pude para evitar las miradas de algún posible espectador del combate del primer día. Ray me pidió que me sentará con él y accedí. Al fin y al cabo, yo volvía a El Sentimental buscando un martini, a Ray y sus amigas. No sé por qué orden. Me preguntó qué tal estaba y yo restando importancia al encuentro entre mi ojo y aquel puño le di las gracias por haberme acompañado a casa:

-Espero que tus amigas estén bien -le dije-.

-Mis amigas están fenomenal, te mandan besos y piensan que fuiste un caballero.

-Qué casualidad encontrarte de nuevo.

-Bueno, no creas -me dijo con una media sonrisa- yo vengo mucho por aquí y más los sábados.

En mi aprendizaje en El Sentimental descubrí que en un bar el mundo se divide entre los que disfrutan estando solos y los que se quedan esperando en la puerta hasta que llegan sus acompañantes. Es fundamental en la vida saber estar solo, de otra manera serás una marioneta tratando de escapar de la soledad. Nuestra vida no es más que una huida de la soledad. De jóvenes vivimos tan rápido que no nos damos cuenta de nuestra huida porque saltamos de experiencia en experiencia y cada experiencia necesita ser más intensa para superar a la anterior. Sólo cuando uno se enfrenta a la soledad puede aprender a convivir con ella, aunque en ningún caso logrará derrotarla. La soledad te ayuda a descubrir quién eres. Hoy, a mis 86 años, me dio cuenta de que la felicidad es simplemente estar tranquilo, y eso lo logro anticipándome a los problemas que puedo controlar y no enfrentándome a aquellos sobre los que no tengo ningún poder. A mi edad ya puedo decir que una vida plena no está fabricada de pasiones, deseos y experiencias sino de autocontrol y sacrificios. Cualquier deseo y pasión manifiesta imperfección. Rememoro aquellos tiempos de El Sentimental y me veo tan perdido como cualquier joven de cualquier época, llevando una vida de placeres frívolos y superficiales que me dominaban, creyendo que era libre y no siendo más que un esclavo en manos de nuevas experiencias. 

En cuanto Ángel me vio salió precipitadamente de la barra, se acercó a nuestra mesa y con su sonrisa eterna me dio un apretón de manos que me reconfortó tanto como el abrazo de una madre a su bebé:

-Esos tipejos no volverán a entrar aquí, les tengo fichados -me dijo Ángel- ¿sabes quiénes eran? ¡Periodistas! Por algo tenemos una placa clavada en la entrada, pero la vamos a cambiar para empezar a preguntar la profesión de los clientes que vienen.

-¿Periodistas? -pregunté yo extrañado- no me lo parecían. Además, si pone en la entrada que no pueden entrar, ¿por qué vienen?

-Eso me gustaría saber a mí, amigo. Pero no te preocupes que no volverán. Están nerviosos, muchos están perdiendo el trabajo porque con lo de los periódicos online ya no necesitan a tanta gente en las redacciones.

-Bueno, yo estoy bien. Lo del ojo fueron dos días -contesté mintiendo-.

-A esta primera copa invita la casa.

Yo estaba algo aturdido por el recibimiento y lo único que quería era pasar desapercibido. Me apetecía una copa y preguntarle a Ray dónde estaban sus amigas, pero antes de que pudiera preguntar Ángel ya estaba de vuelta en la barra preparándome un cóctel:

-Te voy a preparar un gimlet como el que toma Ray, ¿lo has probado?

-Creo que no -contesté muy sincero-.

-Ésta es la bebida que tomaba el detective Marlowe en El Largo Adiós, para mí el mejor libro de Chandler -me decía Ángel mientras se ajustaba el nudo de la corbata-.

-No lo he leído, pero sí leí hace tiempo El Sueño Eterno y vi la película de Bogart. Me gustaron mucho los dos, el libro y la película.

Estaba realmente sorprendido. Hablaba de libros con un barman que había nacido en los arrabales de Cartagena de Indias. Yo por aquellas trabaja en una prestigiosa consultora internacional y el único tema de conversación con mis compañeros de trabajo era el dinero y cuando se cansaban de hablar de dinero volvíamos a empezar a hablar de dinero. Sus lecturas se limitaban a autoproclamados gurús que habían hecho mucho dinero y al convertirse en ricos se sentían capacitados para ayudar a otros a controlar la mente, combatir el estrés y vender consejos sobre cómo mejorar tus relaciones personales. Yo creo que estos gurús tenían la mente tranquila porque al levantarse por la mañana sabían que tenían varios millones en la cuenta. Ése era su verdadero truco, no la meditación. Por aquel entonces se puso de moda practicar yoga en todas sus variantes, mindfulness o meditación, cualquier cosa menos acercarse a Jesucristo. Mis jefes cuando ascendían en el trabajo salían a cenar a un sitio más caro, se compraban una casa más grande, sus mujeres redecoraban el salón en una tienda más exclusiva y a sus hijos les cambiaban a un colegio donde los profesores hablaban mejor inglés. Con los grandes bonuses que recibíamos iban amortizando parte de la deuda de la nueva casa, cambiaban el renting del coche y se iban lo más lejos posible de Madrid en verano. Ése era el ciclo de la vida aquellos años. Una historia circular anual. Vivían contaminados por el dinero. Nunca les culpé, aquel mundo moderno quería que viviéramos así. Trabajando, ganando, gastando, trabajando. El problema es si mueres así. Era una carrera de fondo sin meta.

Ángel comenzó a prepararme un gimlet y yo aproveché para conocer un poco más a Ray:

-¿A qué te dedicas, Ray?

-Tengo un negocio de exportación. Traigo a España cualquier cosa que crea que se pueda vender aquí. Voy mucho al extranjero.

-Ah, qué interesante, ¿y tus amigas a qué se dedican?

-Jajaja a nada, son ricas. Simplemente a gastar. Imagino que quieres preguntarme si salgo con alguna de ellas. La respuesta es no. Ellas son ricas y yo no -la sonrisa de Ray iba en aumento, pero era una sonrisa natural, verdadera; no era esa sonrisa cínica de quien habla y te aconseja con aires de superioridad-. Quizás ahora no te hayas dado cuenta porque eres muy joven, pero las mujeres ricas no salen con hombres más pobres. Ni su familia ni sus amigas se lo permitirían. Se pasarían el día recordándoselo. Sólo las mujeres muy ricas, ricas de verdad, pueden permitirse tener un marido pobre -cogió la copa del gimlet por el tallo, le dio un pequeño sorbo y continuó hablándome-. Y las ricas de verdad se cuentan con los dedos de una mano.

-Bueno, quizás puedes encontrar algo nuevo en uno de tus viajes traerlo a España y así hacerte rico -Ray me hablaba de la vida y yo no estaba a la altura en ese momento-. Bueno, o quizás ya eres rico, la verdad es que no lo sé.

-No, no ya te digo que no soy rico -intervino Ray, que ya se había ventilado casi todo el gimlet- ¿para qué querría ser rico? El dinero sólo trae problemas. Cuanto más tienes más quieres, más necesitas. El dinero te crea necesidades que antes no tenías. Hay que tener mucho cuidado con el dinero. Alguien con mucho dinero no podría estar tomándose aquí una copa tranquilamente con nosotros.

-Pero el dinero da seguridad y libertad -dije sin mucha convicción interior, aunque quería creerlo. Al fin y al cabo tenía que justificar ante mí la vida que llevaba en aquel momento-.

-Si el dinero diera seguridad y libertad cuanto más dinero tuviera un hombre más seguro y libre sería. Sin embargo, conozco a muchos ricos y tienen que gastarse un dineral en la seguridad de sus casas y sus familias ¿por qué? porque como son ricos no se sienten seguros, creen que pueden robarles en cualquier momento -Ray hablaba con una voz segura, y decía todo lo contrario a los gurús de los libros que leían en mi trabajo-. ¿Tú crees que vivir así es sentirse seguro?

-¿Pero alguien que no tiene nada puede sentirse libre? -le pregunté sinceramente-.

-Esto no lo comprende mucha gente, pero un esclavo puede sentirse libre.

Yo en aquel momento no entendía mucho de lo que me decía Ray. Era todo lo contrario a lo que transmitían los gurús de los libros que leían mis compañeros de trabajo, lo opuesto a las peroratas que escuchaba en mi círculo de amistades y estaba en las antípodas de lo que la consultora quería que yo pensara sobre la vida. Pero pronto descubrí que mi gurú era Ray.

Mientras seguíamos hablando, Ángel se acercó a la mesa con un gimlet en la bandeja y suavemente lo depositó sobre un posavasos circular que tenia grabada una S muy estilizada de Sentimental. Yo nunca había probado un gimlet, ni tan siquiera me sonaba el nombre de la bebida ¿quién diablos tomaba un gimlet en 2008? Le di un pequeño sorbo para descubrir si me gustaba. El primer trago a un gimlet es como volver a nacer, pero en un mundo mejor. Es una bebida que dignifica a la persona que la bebe. Brindé con Ray, brindamos por nosotros:

-Después de dejarte en casa el otro día volví aquí. Ya habían echado a los camorristas y mis amigas estaban más tranquilas. Brindamos por ti, amigo, pero con el tumulto el champagne se quedó en la mesa y como luego nos íbamos a una cena no pudimos enfriarlo. Fue terrible lo del otro día, no lo de tu ojo, sino beber champagne caliente -me dijo Ray con una sonrisa pícara-.

-Lo siento mucho -contesté con un hilito de voz-.

-Jajaja estoy bromeando. ¿Qué sería de la vida sin un poco de frivolidad?

Por aquella época me valía cualquiera para salir, lo único que importaba es que tuviera ganas de pasárselo bien y aguantar hasta el amanecer. Tras conocer a Ray todo cambió, me mostró que no todo el mundo podía servirme ni para salir ni para la vida. Él jamás me lo dijo pero su presencia me lo transmitía. Podíamos decir que me fue dando una educación silenciosa. Es como cuando te enamoras de verdad, que serías capaz de rechazar una cita con la mujer más bella del mundo porque sólo quieres pasar el tiempo con tu amada. Yo quería estar con Ray, me sentía a gusto junto a él; de alguna manera yo era su pupilo en un mundo que se derrumbaba. Todavía no éramos conscientes de lo que vendría en la siguiente década con el desmoronamiento de la razón. Tampoco pensaba mucho en el futuro por entonces, había descubierto un amigo, un verdadero amigo y eso era lo que importaba. Sentía admiración hacia él porque la gente le respetaba, pero era un respeto diferente al respeto que yo conocía en la consultora o en mi entorno. No provenía del miedo, ni del dinero, ni tampoco de la jerarquía propia de un trabajo. La gente le respetaba de manera natural, simplemente porque sabía comportarse en cada momento. Tenía la naturalidad de las personas con carisma, de los líderes. Durante todo estos años he confirmado que el carisma no se puede aprender, tampoco se enseña, es algo natural que se tiene o no se tiene. Es un don de la divinidad. Ray habría sido un líder en el barrio más pobre de Bombay o como oficial del ejército prusiano. Jamás le escuché hablar mal de nadie; sin embargo, de él hablaba mal mucha gente. Al principio, con la inocencia propia de mi edad, no entendía muy bien por qué había personas que le criticaban cuando estar con él era para mí un constante aprendizaje, una mañana soleada de primavera, pero no tardé mucho en descubrir que era simple y llanamente por envidia. Con los años fui descubriendo que a los hombres les molesta conocer a la persona que les habría gustado ser y a las mujeres les molesta confirmar que hay hombres mejores que con el que se han casado.

Ángel desde la barra me preguntó si quería un segundo gimlet y yo le contesté que quería una bañera de gimlet para poder desayunarla.  Me estaba envenenando del bar, de Ray, de Ángel y de los gimlets. Intrigado le pregunté por la composición de una bebida que me pareció mágica, dulce, delicada, suave y peligrosa, igual que una mujer:

-Amigo mío, tienes que saber que yo practico mi profesión con clasicismo e identidad -me decía Ángel hablando lentamente mientras agarraba una coctelera brillante-. Hay muchas recetas del gimlet. La mía la hago buscando un equilibrio balanceado que en un cóctel con acidez es esencial. Mi receta perfecta es con seis centilitros de ginebra Plymouth y 4,5 centilitros de cordial de lima, el mejor es Rose’s, y luego dejar caer en la copa una filigrana de lima que le aporta frescura y aroma.

-Podría beberme 10 seguidos -le repliqué-.

-Mejor empecemos por dos, que yo creo que Marlowe no se tomó nunca más de tres el mismo día – me espetó Ángel con gracia y sabiduría-.

Veo ahora a Ángel en mi cabeza, con su sonrisa, su corbata azul sobre camisa blanca y su risa siempre joven hablándome de cócteles, libros, mujeres, sus anécdotas colombianas y pienso que en aquella época la mejor escuela a la que asistí fue la de detrás de su barra.

A partir de entonces comencé a quedar habitualmente con Ray. Yo le llevaba a los sitios del Madrid de entonces que frecuentaba y él me enseñó una ciudad de la que desconocía su existencia. Era otro Madrid. Barras de bar de hoteles, coctelerías con música en directo, piano bars, cafeterías de barrio donde te atendían mejor que en un hotel de lujo, pequeños parques escondidos para ir a leer, reservados escondidos de discotecas, fiestas clandestinas en tiendas de ropa, hasta un museo que nos abría a escondidas de madrugada antes de una nueva exposición Yo tenía un tutor para la vida adulta que no había publicado ningún libro, pero me aconsejaba y me enseñaba sobre la vida mejor que cualquier de aquellos gurús con sus libros de más de 20 ediciones. Sin embargo, su forma de aconsejar era muy diferente a la manera a la que estaba acostumbrado a recibir consejos. Nunca me dio uno directamente, a no ser que yo se lo pidiera, pero al mismo tiempo me estaba aconsejando continuamente, sólo tenía que prestar atención. A cualquier sitio que íbamos los camareros le trataban como si un hijo volviera a casa por Navidad. Él sólo les sonreía, les hablaba por su nombre, pedía las cosas con educación, dejaba siempre propina, más alta cuanto más le invitaban, y al irse les daba la mano o un abrazo a prácticamente toda la plantilla. Si un día volvíamos y no había mesa se la pintaban. Con las mujeres sucedía algo similar, ellas suspiraban por él y él lo único que hacía es mostrar por ellas cierto interés, pero un interés superficial, lo suficiente para coquetear y no ir más allá. Las que más le atosigaban eran las ricas, lo habían tenido todo tan fácil en la vida que en cuanto algo se les resistía acaban obsesionándose por ese deseo; es decir, por Ray. Yo jamás he logrado entender a las mujeres, para mí ha sido lo más indescifrable que he conocido en este mundo cuyo camino ya se acaba para mí. Ni a mi querida Fátima, con la que me casé hace 43 años, y que me acompaña aquí y ahora mientras hago este breve repaso a mi vida, conseguí comprenderla completamente. Para mí, siempre ha sido muy cierto aquello de que a una verdadera mujer no se la conoce tanto como se la ama. Y yo no he querido más a nadie en este mundo temporal que a Fátima. Pero volvamos a Ray y su educación silenciosa, él nunca hablaba mal de nadie y cuando alguien comenzaba a criticar a otra persona él disimuladamente cambiaba de tema. Jamás le vi ir mal vestido o mal afeitado, me decía que era un síntoma de derrumbamiento interior de una persona. “¿Tú te fiarías de los contratos que te hace tu abogado si un día te dice que no se ha afeitado por pereza?” Me dijo una tarde en la barra de un hotel de Barcelona.

Nos despedimos de Ángel:

-Me he apuntado mentalmente la receta del gimlet, Ángel.

-Es tuya amigo, te voy a contar un secreto: puedes utilizar la mejor ginebra y el mejor cordial de lima, pero los cócteles salen del corazón. La coctelera lo siente, el día que estás triste no salen igual que el día que estás dicharachero. Apúntate esto para cuando te aficiones a hacértelos en casa.

Mi vida aquellos años se concentraba en salir y trabajar. Desgraciadamente, a Ray no le veía tanto como me hubiera gustado debido a sus continuos viajes, generalmente a Asia, “quizás me convierta un día en el nuevo Marco Polo” solía decirme con una sonrisa. Yo, por mi lado, no quería saber nada del futuro. El futuro era cada día, cada noche, cada fiesta. Lo que ganaba lo gastaba. Besaba a muchas chicas, también a las que no debía. Ninguna ley natural tutelaba mi moral, así que ésta sólo tenía que responder ante mí. Vivía como una estrella del rock and roll. Todo giraba en torno a mí, el egoísmo me devoraba pero era incapaz de verlo. Asistía a las mejores fiestas de Madrid, de Ibiza, de Saint Tropez, de Londres. Envalentonado por la soberbia de la juventud me creía inmortal. No hay nada más peligroso para un hombre que ser joven, ganar algo de dinero y que las mujeres te hagan caso. Presumía de ser un soltero insobornable. Los ecos de aquellos días de exacerbado egoísmo todavía hoy resuenan en mí.  Todo era perfecto me mi vida, hasta que un día… me enamoré.  

Capítulo 1

“Un dry martini, eh… Siempre he pensando que los placeres simples son el refugio del hombre virtuoso. Siéntate” éstas fueron las primeras palabras que me dirigió Ray la tarde que le conocí mientras se levantaba de la mesa para ir al cuarto de baño. Allí me dejó con dos botellas de champagne y tres chicas bastante ligeras de ropa cuya opinión sobre el hombre virtuoso variaba dependiendo del tamaño de su cartera.


Conocí a Ray una tarde de junio de 2008 en Madrid cuando yo tenía 25 años y él una edad indeterminada entre los 38 y los 44. Allí estaba él la tarde que entré por primera vez en El Sentimental buscando probar mi primer dry martini. Hay días señalados de antemano en nuestro calendario biográfico, días que cambian nuestra vida y sólo pasados unos cuantos años, al echar la vista atrás, caemos en la cuenta de la importancia que tuvieron.


Me bajé del taxi aquella calurosa tarde de verano y lo primero con lo que me topé antes de cruzar la puerta de El Sentimental fue una placa que rezaba así:


“Estimados clientes de El Sentimental:
No está permitida la entrada a nuestro bar en zapatillas, pantalones cortos o camiseta. Tampoco está permitida la entrada a periodistas (aunque no preguntamos a nadie su profesión).” Bien, pensé, creo que me va a gustar este sitio.


En cuanto atravesé la puerta me dirigí directo a la barra. Allí un barman negro con cara de ser feliz y rostro juvenil me preguntó qué deseaba. Casi parecía que me estuviera esperando.

– Un dry martini -le contesté sin titubear-.

Inmediatamente comenzó a interrogarme con cuestiones sobre la ginebra que deseaba, el vermú que solía tomar o si prefería un twist de limón frente a la clásica aceituna. Yo abrumado por tanta pregunta y para no parecer un idiota que no había probado nunca al rey de los cócteles le contesté que dejaba en sus manos cómo prepararlo. Mi contestación confirmó al barman que yo de dry martinis debía saber lo mismo que de pesca con mosca. Con el paso de los años he ido descubriendo que la manera más eficaz de aprender es primero siendo curioso y luego preguntando a la gente que entiende. Ahora, ya de anciano, veo claramente que las preguntas son el principio de todo; pero en aquel momento, y como cualquier joven, era ignorante y soberbio y sólo los golpes de la vida fueron aplacando estos defectos.


El Sentimental era un pequeño bar situado en la calle Almirante. De él había escuchado tantas leyendas que le convertían en mi imaginación en un lugar mítico, tantas que si Ovidio hubiera vivido en nuestra época le habría dedicado un capítulo de su Metamorfosis. Así se decía que un aristócrata le había partido la nariz a uno de los españoles más ricos por tontear con su amante en el baño, también circulaba la historia de que una vez apareció Ronaldo Nazario con varias chicas y le prohibieron la entrada debido a que “señor, su atuendo no es el adecuado” o que un poeta que fue Premio Cervantes – y del que ya no recuerdo su nombre por culpa de mi vejez – había escrito su mejor libro en una mesa de El Sentimental. Fueran verdad o no todos estos rumores que circulaban por la ciudad, lo que sí era seguro es que El Sentimental era un espacio para bebedores high class donde se juntaban intelectuales, cantantes, esnobs, trasnochados que no aceptaban su edad, actores famosos y mujeres con pasado.


Desde que fui conociendo su leyenda sentí una atracción tan fuerte por este bar como la que mantiene a la Tierra girando alrededor del Sol. Hay personas que desde jóvenes les gusta escribir, el surf, la caza, los videojuegos, el yoga o cualquier otra perversión. A mí lo que de verdad siempre me ha gustado es vivir en el pasado. Soñaba con lugares donde los hombres iban a cenar con esmoquin y bebían cócteles antes de sentarse a la mesa, hoteles con piano donde al irte dejabas al pianista unos billetes en una urna de cristal redonda y me divertía imaginando despedidas en andenes de estaciones de trenes donde ellos con trench y sombrero se despedían de su amada bajo la lluvia. En 2008 ya no quedaban muchos bares que vivieran en el pasado, por lo que en cuanto pude armarme de valor, no todos se atreven a ir a un bar solos, me presenté en el Sentimental con una camisa blanca, bien peinado y actitud.


Tantos años después aún recuerdo mi primer trago a un dry martini. Fue como si me atravesara un cuchillo por la garganta y luego cayera una tonelada de plomo amargo en mi estómago. Tras el primer trago tuve la sensación de que Mike Tyson me había metido un puñetazo en la barriga. Sin embargo, disimulé para no parecer ante el barman el chico de pueblo que entra en el metro por primera vez y se coloca a la izquierda en las escaleras mecánicas entorpeciendo el paso de todos los trabajadores que van con prisa cada mañana.


Algo debió notar Ángel, el barman, porque enseguida me ofreció un vaso de agua y unas patatas que me ayudaron a tragar en pequeños sorbos ese primer dry martini. Cuando lo terminé me quedé observando el local. El Sentimental no era muy grande, debía tener unas nueve mesas, ocupadas en su gran mayoría por hombres elegantemente vestidos y mujeres que se dejaban invitar por los hombres elegantemente vestidos. Todos parecían pasárselo bien. Era habitual que en una mesa sólo hubiera hombres, lo que resultó bastante inusual durante todos los años que visité El Sentimental era encontrar una mesa ocupada exclusivamente por mujeres. Además de las mesas, había una barra de madera de color claro. Decidí alojarme en en un extremo de la barra junto a un elegante ramo de flores blancas y moradas, ya tenía pareja. En la otra punta dos tipos, no muy bien vestidos y que hablaban algo alto, habían decidido no dejar de beber esa tarde. Alguien que viera el bar desde arriba pensaría que me estaba escondiendo de las miradas del resto, y eso es precisamente lo que estaba haciendo.


Cuando finalicé mi primer dry martini me puse a hablar con Ángel, me contó que había nacido en Colombia, en un arrabal de Cartagena de Indias, y con 22 años se había venido a vivir a España.

– Yo siempre he querido ser barman -dijo-. Cuando tenía 15 años salía con mis amigos a los malls de allí, allí todo se hace en los malls, ¿sabes?, a tomar cócteles, hay mucha cultura de cócteles en mi país, pero yo disfrutaba más haciéndolos que bebiéndolos.

Hizo una mueca pícara. Me estaba cayendo muy bien Ángel, era uno de esos tipos que nunca cae mal a nadie.

– Bueno, quizás más hacerlos que beberlos no, pero casi, casi -me dijo sonriendo-.

– ¿Puedo pedirte otro martini, por favor?

– Claro, amigo, ya veo que te has recuperado bien del primero. Cuidado que son adictivos.

Yo no me había recuperado bien del primero, la cabeza me daba vueltas y sentía mis movimientos algo más torpes, pero yo era de esos que no podía estar en un bar sin una consumición y pedir una botella de agua habría sido como reconocer mi derrota.

– ¿Y tú cómo preparas el dry martini perfecto? -le pregunté a Ángel-.

– Mira papi -me contestó mientras agarraba un vaso mezclador y comenzaba el ritual para enfriarlo- en mi opinión, el dry perfecto es de London dry gin y tiene que estar a temperatura ambiente. La copa -me dijo mientras sacaba una helada de un frigorífico que tenía debajo de la barra- tiene que estar muy, muy fría y los hielos atemperados.

Ángel continuaba hablándome mientras daba vueltas en el vaso mezclador a unos hielos muy grandes que no desprendían ni una gota de agua. Su voz era agradable y a pesar de los años que llevaba en España conservaba cierto acento costeño.

– La cantidad no puede ser nunca más de 12 centilitros y el vermut seco, muy seco. Para mí, la clave del buen dry y lo que distingue al gran bebedor del ocasional es que el vermú tiene que ser una anécdota en la copa… como el recuerdo de un hombre en el corazón de una mujer -me dijo riendo-.

Yo exploté en una carcajada. Me había hecho gracia lo del corazón de una mujer. En aquel momento pensé que era una exageración. Con el paso del tiempo fui descubriendo que las mujeres olvidan y los hombres recuerdan y que por alguna extraña razón los hombres estamos anclados sentimentalmente a alguna mujer del pasado mientras que para ellas sólo existe el futuro. Pero yo era tan joven e inexperto que en aquel momento no logré comprender el alcance de lo que me decía Ángel.

– Sólo se puede preparar uno a la vez -continuó Ángel, era como escuchar a un catedrático de Stanford dar una clase magistral-. Es como una mujer a la que quieres de verdad, si realmente la amas sólo quieres estar con ella. Hay otros cócteles que nos permiten preparar varios al mismo tiempo, pero en el dry es imposible. En este cóctel no puedes engañar al cliente.

Colocó delante de mí un posavasos con el nombre del bar y encima puso el segundo dry martini de mi vida el cual había sido salpicado hábilmente por Ángel con el rocío de un twist de limón y estaba adornado con una aceituna -“siempre con hueso, siempre”- que yacía en el fondo de la copa como un barco hundido lleno de tesoros.


Me gustaba Ángel y creo que yo le caí bien desde el primer día. Nos hicimos amigos y llegamos a montar un bar juntos. Fue un éxito, pero ya hablaré de esto más adelante.


Seguí hablando con Ángel, me preguntó si esperaba a alguien y le contesté que no, que había venido solo y era mi primera vez, aunque esperaba comenzar a ser un asiduo. Este segundo dry martini me estaba empezando a gustar algo más que el primero, era como una de esas chicas que conoces el primer día del trabajo, al principio no te fijas en ella, al cabo de unas semanas empiezas a descubrir que tiene algo y tras varios meses comiendo juntos y algunas cervezas después del trabajo descubres en ella una belleza pasiva de la que te enamoras. Había algo de encantamiento en este segundo cóctel. Me quedé solo observando la copa y dando vueltas al palito de plástico que atravesaba la aceituna. Ángel mientras le ponía nuevos tragos a los dos tipos del otro extremo de la barra. Los tipos llamaban la atención por sus gritos, sus movimientos exagerados y sus risas excesivas que no venían a cuento, debían ir bastante borrachos. Cuando Ángel terminó de servir las copas a los dos charlatanes tan molestos se acercó hacia mí y me dijo:

– Ven, que te voy a presentar a un buen amigo y cliente habitual.

– Perfecto, sin problemas -contesté-.

– Cógete la copa.

Como un perro obediente seguí a Ángel que me condujo hasta una mesa que tenía fichada desde que le eché un ojo al local apoyado en la barra. Si un chaval de 25 primaveras ve a un tipo con tres mujeres guapas, con poca ropa, bebiendo champagne y riendo con lo único que sueña es con convertirse algún día en ese hombre triunfador o, al menos, en ser su amigo. Los sueños de los hombres son muy simples. Pero como decía, por aquel tiempo yo era joven y creía que lo superficial era lo que daba sentido a la vida. Tardé unos años, pero descubrí que el significado de la vida no era la acumulación de riquezas materiales, ni estar con las mujeres más guapas, tampoco alcanzar la fama, ni las experiencias… de hecho, fui descubriendo a lo largo de todas estas décadas que los que presumían de estos éxitos eran los hombres más infelices y vacíos, pero cuando uno es joven el oropel de la mundanidad nos atrae tanto como el queso al ratón.

– Ray, te presento a un nuevo amigo. Es la primera vez que viene y está solo. Le he dicho que le iba a presentar a un buen amigo para que podáis charlar y conozca a tus amigas -le dijo Ángel a Ray mientras éste nos observaba sentado en su mesa-.

Yo estaba de pie pegado a Ángel y me sentía algo aturdido por la ginebra. Sostenía la copa como si fuera un bastón al que agarrarme para no perder el equilibrio.

– Hola, encantado, soy XXX, un placer -dije mirando a Ray y sus acompañantes- he venido a tomarme un dry martini.

Ray nos miró y sonrío. Tenía en su mirada la seguridad que da el alcohol cuando no se te ha ido la mano.

– Un dry martini, eh… siempre he pensando que los placeres simples son el refugio del hombre virtuoso. Siéntate.

– Bueno, os dejo -nos dijo Ángel, los dos pesados de la barra le reclamaban una nueva ronda-.

– Yo voy un momento al cuarto de baño y ahora vengo. Te dejo en buena compañía -dijo Ray con una sonrisa pícara.-

Pues ahí estaba yo mi primera tarde en El Sentimental, sujetando un dry martini en una mesa que no era mía con dos botellas de champagne y tres mujeres por las que hubiera sido capaz de gastarme todo el límite de la tarjeta de crédito simplemente para que me dejaran acompañarlas en taxi a casa. Ellas debían rondar los 33 y entre risas y brindis me decían lo joven que parecía. Brindamos por nosotros y por el amor y me preguntaron si tenía novia, yo comenzaba a estar cada vez más embriagado, pero no del dry sino del ambiente de El Sentimental. Olía sus perfumes, un agradable perfume de mujer en un ambiente relajado es uno de los olores más embriagadores que existen para un hombre. Seguimos hablando y riendo. Si me hubieran pedido matar alguien lo habría hecho. La capacidad que tienen algunas mujeres para subyugar a los hombres no se estudia todavía en los manuales de física pero es una fuerza más poderosa que las que mantiene unidos a los protones y neutrones. Aprovechando que no estaba Ray, se acercó uno de los tipos ruidosos que estaba en la barra para tratar de brindar con una de mis nuevas amigas. El tipo se movía con cierta dificultad y llevaba en la mano una copa de un cóctel que no supe reconocer.

– ¿Brindamos por nosotros? -preguntó el patoso dirigiéndose a la que a mí me parecía más guapa-.

– Perdón, pero estoy con gente -contestó sin mirarle a la cara. Todos los de la mesa nos callamos-.

– ¿Pero no vas a querer brindar? -insistió-.

– No.

Me levanté envalentonado por el alcohol con el fin de que las chicas pensaran que yo era uno de esos tipos que afrontan los problemas. Aunque en realidad lo único que quería era ganar algún punto ante ellas.

– Estamos aquí tranquilos y no quiere hablar contigo.

– ¿Tú quién eres? -me preguntó con desprecio-.

– Un amigo.

– Bah -ladró sin mirarme y dirigiéndose a la más guapa le volvió a insistir- brinda conmigo.

Hay muchos patosos en el mundo, son esos que hablan cuando tienen que callar, hacen gracias cuando deberían escuchar y se ponen a tu lado en el cine cuando vas con tu novia y la sala está vacía. Todos conocemos gente así. Este tipo era detestable. Yo seguía de pie y le dije con cierta educación:

– Vete de aquí, por favor, nos estás molestando.

En ese momento, y como un resorte el patoso se dio la vuelta, me miró y mi ojo derecho bloqueó la dirección de su puño. Mi ojo debió golpear bastante fuerte a su puño porque el patoso no paraba de agitar la mano tras el golpe, aunque es cierto que cualquiera que viera su puño y mi ojo tras el impacto daría por ganador del combate a su puño. No recuerdo mucho más, sólo que me fui unos pasos para atrás pero no me caí. Vi todo negro y luego conté todas las constelaciones de la Vía Láctea, había millones de estrellas en mi cabeza. Hubo mucho ruido de fondo, algún chillido de mujer y Ángel comenzó a gritar entre empujones: “¡fuera de aquí! ¡Fuera de aquí!”.


Unos cinco minutos después recuperé la conciencia. Estaba sentado en una silla con Ángel sujetando a mi vera una bolsa de plástico llena de hielos para mi ojo. Ray mientras me decía con una sonrisa:


– Tranquilo, chaval, ya le hemos echado. No se te puede dejar solo, ¿eh?


Los dos drys se me habían subido a la cabeza y notaba el estómago vacío. Me dolía el ojo pero lo que de verdad me dolía era el orgullo, había recibido un puñetazo en público y delante de tres señoritas. Ray se ofreció a llevarme a casa en su coche, pero yo le dije que vivía cerca y podía ir andando. Muy amablemente Ray me acompañó hasta el portal. Salí de casa viviendo en la juventud y regresaba comenzando el camino de la vida adulta. Había iniciado un viaje iniciático a otra etapa de mi vida. Y fue gracias a Ray. Él me fue enseñando a lo largo de los años esas materias que no se estudian en ningún lado pero que son tan importantes para la vida como leer, escribir o saber beber. Por ejemplo, que sólo somos recuerdo, que hay sonrisas que abren más puertas que el dinero, que siempre hay que dejar propina, que a una mujer nunca se la conoce tanto como se la ama o que los ricos nunca se divierten de verdad porque todo les cansa rápido.


Ray me dejó en la puerta de casa aconsejándome que me acostara e invitándome a volver a El Sentimental cuando me recuperara. Tumbado en la cama con una bolsa de hielos sobre el ojo y un horroroso dolor de cabeza recordé todo lo que me había sucedido aquella tarde. Había conocido el legendario El Sentimental, probado mi primer dry martini, un agradable barman llamado Ángel quiso presentarme a un amigo y cliente, estuve tonteando con tres bombones, un tal Ray me había acompañado a casa insistiéndome en que fuera a verle otro día al bar y a un tipo impresentable le había dado bien fuerte con mi ojo en su puño. Tiré la bolsa de hielo al suelo, me recosté mejor sobre la almohada y me quedé dormido con un último pensamiento: efectivamente, El Sentimental estaba a la altura de su leyenda.

El río

Cuando empiezas a cumplir años te descubres haciendo cosas de las que te reirías si te las contaran de niño y te sorprenderían si te las hubieran avisado de joven. Y no me estoy refiriendo a dejar de ver un partido de fútbol de tu equipo porque tienes sueño o pedir de manera voluntaria unos calcetines por Reyes (algo realmente asombroso pero que de alguna manera desconocida acaba sucediendo), sino a tratar de fotocopiar días de tu vida buscando alcanzar una felicidad pasada que nos inundó en algún momento.

Y así, en busca de esa emoción abstracta, que denominamos felicidad, me podéis encontrar muchos viernes leyendo en el mismo banco del mismo parque donde un viernes (ya ni siquiera recuerdo cuándo) la felicidad me rondó. O de manera ridícula os podríais cruzar conmigo mientras voy a la carrera los sábados para llegar a tomarme el aperitivo a la misma hora en ese bar donde una vez ebrio de felicidad vi un futuro claro y brillante en donde el protagonista era yo. Y como estos grotescos ejemplos, os podría poner varias decenas más.

Esta búsqueda del manantial de donde brota la felicidad (que según Aristóteles es el mayor bien al que el hombre debe aspirar, siendo la ética el camino más corto para lograrla) me recuerda a la de aquellos exploradores que recorrían África con el fin de encontrar el lugar exacto del nacimiento del Nilo. Pero esta búsqueda sobre la causa original de  la satisfacción espiritual plena sólo comienza a suceder cuando uno ha abandonado ya la estación de la juventud y se adentra en lo que algunos llaman “el mundo real”, que no suele ser más que un eufemismo para enunciar un mundo más inhóspito, triste y cruel en comparación con el que disfrutamos durante las primeras décadas de nuestra existencia.

¿En qué baso mi afirmación? En que siendo niño no tiene sentido hablar de la felicidad, desconoces su significado, cada día es una nueva aventura que nos ofrece diversas y variadas emociones. En nuestra infancia la felicidad afloraba casi a cada instante envolviéndonos como si una capa de superhéroe se tratara protegiéndonos del mundo de los mayores. Fue una “eterna primavera”, como se refería Ovidio en su Metamorfosis a la Edad de Oro, la primera época del hombre – el Jardín del Edén cristiano -, en donde “se practicaba la lealtad y la rectitud. No existía el castigo, ni el miedo”.

Luego, durante la juventud, nos fuimos adentrando en un sinuoso y excitante camino, que hay que recorrer pero del que también hay que salir (ya lo dice el refrán: el que de joven no trota de viejo galopa), cuyas etapas fuimos completando sin pararnos a pensar en si éramos felices, tan ocupados como estábamos en descubrir los placeres más mundanos, los cuales nos confinaron en un mundo repleto de experiencias que se olvidaban rápido porque cada nueva experiencia se disolvía en la siguiente nueva experiencia.

Según vamos cambiando de bebida, que es lo mismo que decir cuando vamos cumpliendo años, nos paramos a pensar en la naturaleza de la felicidad y en cómo alcanzarla, iniciando una búsqueda de las fuentes de las que brota ese río de agua pura y cristalina allí donde una vez su rastro divisamos. Como para la búsqueda de este manantial no existe un mapa y los GPS del mundo moderno sólo llevan a lugares equivocados nos dedicamos a abrir una y otra vez las mismas puertas que una vez inundaron nuestra vida de felicidad. Pero el problema de abrir siempre las mismas puertas es que dejamos de abrir otras. Y esas puertas que abrimos machaconamente lo que nos muestran tras tanta repetición es una felicidad marchita, una felicidad que ha dejado de ser auténtica y pura para convertirse en una felicidad prestada que, aunque parezca que contiene los mismos atributos de la dicha auténtica, no deja de ser una felicidad de piscifactoría.

Este simulacro de felicidad al que me refiero le sucedía al Proust niño cuando esperaba a su madre en la cama para que le diera un beso de buenas noches. A fuerza de repetir esa felicidad acabó desgastándose para acabar en insatisfacción: 

«Mi único consuelo, cuando subía a acostarme, era que mamá vendría a besarme, una vez metido en la cama. Peo aquellas buenas noches duraban tan poco – ella volvía abajo en seguida – que el momento en que la oía subir, y luego cuando pasaba por el corredor de doble puerta el ligero ruido de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban unos cordoncitos de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. Anunciaba el que iba s seguirle, en que se habría ido y bajado de nuevo. De modo que esas buenas noches que yo ansiaba tanto, llegaba a desea que se retrasasen lo más posible, que se prolongase el tiempo de tregua en que mamá no había venido aún.»

La vida con sus fracasos y decepciones, pero también con sus alegrías y sus placeres, nos va educando de una manera silenciosa si estás atento a escucharla. Estas arcanas enseñanzas sólo se pueden ir captando cuando nos hemos quitado la venda de la juventud y comenzamos a entender las dificultades de nuestra realidad. Así, cada uno puede ir haciéndose una lista de proposiciones, o más bien de axiomas, que le funcione como guía de viaje, no para entender nuestra existencia (abro un paréntesis para hacer una reflexión ¿somos azar o necesidad? Yo no tengo dudas de que somos necesidad, porque no sólo somos materia sino un combinación de carne efímera y espíritu inmortal. Y tengo pruebas), pero sí para vislumbrar con mayor claridad los caminos que otros ya transitaron. 

Yo, poco a poco, con dificultad y sufrimiento, he ido anotando en mi lista lo siguiente: que la vida es saber perder con clase (porque al echar cuentas se pierde más veces que se gana), que nunca se conoce a una mujer tanto como se la ama, que las mejores cosas de esta vida no cuestan dinero o muy poco, que la infancia es la mejor estación de la vida, que a cierta edad no basta con que una mujer sea sólo guapa, que (a diferencia de lo que mayoría cree) una decisión no se debe juzgar por el resultado sino por el proceso de valoración, que una vida sin amor es media vida, que sin sufrimiento no hay aprendizaje, que la gente que habla de política no suele ser interesante (y si hablan de ello en la mesa lo confirman), que los sacrificios te hacen más libre y no más esclavo, que sólo somos recuerdo, que la ignorancia es el principio de todo, que (para la mayoría) el dinero lo purifica todo, que siempre llega el invierno (pero también el verano), que el silencio es liberador, que para que hubiera resurrección tuvo que haber cruz, que conocerse a uno mismo lleva toda una vida, que el recuerdo duele o que casi siempre la gente muere demasiado joven.

A esta lista le he añadido hace no mucho un nuevo axioma: que la felicidad no se puede perseguir porque la felicidad perseguida no es felicidad. Es el afluente del río, pero no el propio río. 

(Un día hablaré de la bondad. Quizás la cualidad que más valoro en las personas).  

Apuntes a vuelapluma

Es muy fácil escribir cuando estás enamorado o cuando te han roto el corazón. Cuando estás in love los días de lluvia no mojan, las derrotas de tu equipo de fútbol importan menos y los correos de trabajo urgentes son afrontados con un humor tan bueno que sólo falta responderlos sustituyendo el kind regards por un “vaya, parece que alguien no está enamorado y no es feliz. Tranquilo, amigo; todo llega”. Sin embargo, aún es más fácil teclear unas palabras cuando estás blue por algún traspiés amoroso ¿por qué? Por la sencilla razón de que los sentimientos están a flor de piel. Así, una escena de una película, una frase de una canción o el recuerdo de un lugar común pueden desencadenar un torrente de emociones que no cuesta demasiado plasmar en el papel antes de que el paroxismo doloroso se esfume. Lo complicado es sentarte a escribir en la monotonía, en esos días iguales dentro de semanas iguales que van sumando meses que al cabo de los años acaban conformando una vida. Pero claro, aquí hay un problema, y es que en la vida no sueles estar enamorado hasta las trancas ni tampoco decaído en el desasosiego más profundo ad aeternum. Y ahí aparece otro tipo de persona al que denominaremos “hombre cabal”. El “hombre cabal” es el que renunció hace ya tiempo a vivir, el que con su impostada seriedad es considerado como alguien en quien confiar y que suele mirar por encima del hombro al resto. Es fácil detectarles porque siempre que en una conversación alguien destaca la virtud de otra persona suelen tener un comentario despectivo o, al menos, matizando el elogio, como si la virtud de otros le recordara sus vicios (si nos fijamos bien, los encontramos en todos los lugares, en el trabajo, en la familia y entre los amigos, esto último es lo más triste, porque, al fin y al cabo, los amigos son de las pocas cosas que uno puede elegir en esta vida). El “hombre cabal” también se sienta a escribir (llenan los periódicos y las estanterías de libros más vendidos), pero como no tienen nada interesante que contar comienzan a soñar sobre una vida que no es la suya, se apuntan historias de otros o exageran las propias como el que hincha poco a poco un globo, algunos incluso llegan a inventarse su biografía. Los “hombres cabales” son los que acuden a las tertulias de radio y televisión, los que nos dicen qué votar y cómo actuar, los que dirigen empresas y gobiernan a la población. Hay mucha gente que les admira porque también quieren ser “hombres cabales” sin darse cuenta de que les están engañando, porque se está engañando a muchísima gente. Pero también es verdad que hay mucha gente que quiere ser engañada. Los “hombres cabales” son los que toman las decisiones. 

Es difícil tomar decisiones cuando estás enamorado o echo polvo, en el primer caso parece que todo te da lo mismo, al fin y al cabo vives en una luna de miel permanente como si hubieras alcanzado ya la Jerusalén Celeste profetizada ¿qué más da cuál sea la elección? Estás enamorado. Todo saldrá bien. En el otro escenario, el de la melancolía, los mecanismos de la decisión también importan poco porque total la vida en soledad no merece mucho la pena y ¿cuál es la diferencia entre diversas opciones si estás solo y vas a ser un infeliz? De acuerdo con mi exposición anterior alguien podrá decir que lo más sensato es tomar decisiones cuando los sentimientos no están a flor de piel. Pero, y al contrario de lo que pudiera parecer, creo que las decisiones que toma el que no está enamorado o roto por el sufrimiento serán igual de buenas o malas que los que sienten que el mundo es ya el Paraíso en la Tierra o el noveno, y más profundo, anillo del infierno que narraba Dante donde junto con Satanás están Judas, Bruto y Casio (los asesinos del dictador Julio César). Mi razonamiento, como todos los míos, es simplón y fácil de entender: las vidas sin amor o sin dolor en el mundo moderno llevan a la monotonía, de la monotonía al aburrimiento, del aburrimiento al tedio espiritual y del tedio espiritual al vacío existencial, del vacío existencial a la búsqueda de aventuras, de la búsqueda de aventuras a las emociones y de las emociones al riesgo. De este modo, las decisiones tomadas por los “hombres cabales”, que lo que suelen ser es más aburridos que sensatos, tienden a ser igual de ingenuas o atrevidas que las de los locos enamorados o de los piltrafillas pisoteados. Digo todo esto porque si algo he ido descubriendo estos últimos años es que el ser humano necesita causalizar los resultados. Es decir, que si por puro azar la decisión tomada por Romeo fue un éxito, tendremos a un coro diciendo que hay que perseguir aquello que se hace por amor, si la decisión tomada por nuestro Bruto triunfó frente a lo que parecía un fracaso rotundo el pueblo de Roma le santificará porque le habrán librado del dictador y finalmente si el hombre que chapotea en la monotonía fue premiado por el azar alcanzando lo que anhelaba (abro un paréntesis: me pregunto si habrá leyes en el azar. “Nada era real, excepto el azar” escribió Paul Auster) nos encontraremos con el habitual grupo de prosélitos moviendo la cabeza y señalándonos al “hombre cabal” como ejemplo. Por cierto, tecleo estas líneas después de escribir una carta de amor que probablemente no entregue nunca pero que ha resultado muy sencilla de escribir porque las cartas de amor se escriben solas. 

En línea con lo anterior, lo de escribir, digo, he visto recientemente la película Anatomía de un Dandy (abro otro paréntesis; no sé por qué lo llaman película cuando realmente es un documental). 

En la vida de cualquier persona suele haber un momento crucial que comienza a perfilar nuestra biografía. El fallecimiento de su madre fue ese momento crucial en la vida de Umbral que le llevó a abandonar el banco donde trabajaba y entregarse  a escribir. Anoto de memoria así que erraré, pero contó algo similar a “sentí que mi madre era una rémora para mi carrera como escritor porque ella quería que trabajara en el banco y por las tardes escribiera un poco. Yo me di cuenta que para ser escritor tenía que dejar el banco y dedicarme sólo a escribir”. Cualquiera que viera el documental, y en particular el chaval que casi no ha saboreado los sinsabores del mundo  y está seducido con la idea de convertirse en escritor, pensará que el éxito de Umbral se puede resumir en la máxima de que el destino pertenece a los audaces, por lo que si quieres que el sueño se haga realidad hay que lanzarse y comprobar si tenemos una red debajo.

Umbral fue valiente y se lanzó y además de la red protectora encontró a cuatro ángeles celestiales que le sostuvieron durante toda su carrera. Este chaval soñador seducido por la literatura estará rumiando ahora en su cabeza dejar de estudiar o trabajar para tratar de convertirse en un escritor de reconocido prestigio. Sin embargo, existen multitud de ejemplos de grandes escritores (incluso superiores a Don Francisco) como Conan Doyle, Kafka, Kennedy Toole o Chandler que compatibilizaron un trabajo con la profesión de escribir, o viceversa una profesión con el trabajo de escribir. Aquí otro ejemplo de la causalización. 

Pero regresando al documental lo que más me conmovió fue cómo acabó convirtiéndose, aunque no creo que fuera su pretensión, en un perfecto resumen de la vida de casi cualquiera de nosotros. Umbral es sólo la excusa. Más que la anatomía de un dandy es la anatomía de nuestras vidas.

Nacemos siendo el corazón de una alcachofa, un pequeño núcleo compuesto de bien, bondad y belleza donde nuestro yo o nuestro ego no logran entrar, pero poco a poco con el devenir del tiempo, que nos va regalando experiencias, vamos recubriendo ese corazón puro con hojas que nos van estropeando. La primera siempre es la de la soberbia (que fue el primer pecado que cometimos cuando aquel se nos acercó y nos incitó a que comiéramos del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal con la promesa más tentadora para un hombre: “seréis como dioses”), luego nos echamos la de la vanidad, después la del egoísmo, continúa la de la envida, la sigue la búsqueda de la fama y así continúan la del éxito, la de la maldad, la de las infidelidades, la de los complejos… es el encantamiento sobre las vidas mundanas: que dejamos de saber quiénes somos. Cada uno va sumando sus hojas particulares y hoja tras hoja hace que ese rastro de bien, bondad y belleza se vaya esfumando para acabar completamente oculto bajo una maleza inaccesible. Y así vivimos, asediados por nuestras hojas que más que protegernos nos destruyen poco a poco. 

Pero la ley universal de la vida establece que cuando un hombre ha vivido lo suficiente, alguna de las papeletas que llevamos para la tómbola de desgracias que es nuestra existencia terrenal (“no te sorprenda que en el mar de la vida te sacudan fuertes tempestades” Boecio) tendrá premio. A Umbral la desgracia le premió en forma de enfermedad que le obligó a dejar de escribir. Y así los amigos de la noche y la prensa desaparecieron, el éxito se desvaneció y la fama, efímera como la felicidad (“el murmullo del mundo es sólo un soplo de viento: hoy está aquí y mañana allá, cambia su nombre y cambia su destino” Divina Comedia. Dante) se esfumó. Él, que había sido el mejor testimonio de una España que bailaba al ritmo de los periódicos de papel con la música de sus columnas acabó desterrado por el mundo moderno en su fortaleza de Majadahonda  (una de las características de nuestra sociedad es que cuando dejas de producir dejas de ser útil) para dedicarse a poco más que observar cada mañana con una mirada triste y lánguida la piscina de su jardín que parecía contener toda la nostalgia de una vida. 

Finaliza el documental poniéndonos a todos frente al espejo de nuestra vida. Y en el reflejo nos contemplamos totalmente desnudos sin ninguna de las hojas que nos fuimos echando encima a lo largo del camino y comprobamos que de aquel corazón original de bien, bondad y belleza sólo queda un pálido recuerdo, que en el caso de Umbral todavía tenía la fortuna de estar abrigado con lo único realmente valioso en una vida: el amor de una mujer leal a Don Francisco como Penélope a Odiseo. Y así, al terminar el documental uno confirma dos leyes de la vida humana: la primera, tras ver  yacer a Umbral en el mismo nicho que el hijo de cinco años que se fue antes de tiempo, es que al final del camino sólo nos encontraremos con lo que realmente importa; y si ya lo sabemos ¿por qué no actuar en consecuencia? La segunda es que los espejos nunca mienten, lo complicado es encontrar un espejo limpio. 

Por cierto, hablando de fortalezas yo estoy construyendo la mía. Pero mi fortificación no tiene piscina, ni varias plantas, ni un gran salón, ni siquiera tiene una pequeña habitación donde poder descansar. El motivo es que la fortaleza que me estoy construyendo es moral. Por el momento, sólo tengo una pequeña ciudadela cuyas únicas construcciones son un diminuto santuario y una precaria choza rodeados por una empalizada de madera que pretendo ir sustituyendo poco a poco por unos sólidos muros de piedra. Sin embargo, me siento muy orgulloso de mi ciudadela. Es mi patrimonio moral. Es lo único que poseo que nunca me podrá ser arrebatado. Si un día Alarico y sus seguidores la toman será “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” al no haberla defendido con el ahínco, la pasión y la energía suficientes. Esta ciudadela moral es el mayor patrimonio que Dios nos ha dado. Pero no siempre supe de la existencia de este regalo. Orgulloso de mí, o más bien, soberbio de mí, pensaba que antes de levantar mi pequeña ciudadela ya poseía  un gran reino moral. Me creía monarca de un territorio de extensas praderas verdes con manantiales de agua cristalina donde los animales pastaban felices. En ese territorio había levantado un castillo, rodeado de un foso con agua, en el que se alzaban unos imponentes muros coronados por macizas almenas donde yo residía como monarca absoluto. En mi ingenuidad (o, más bien, soberbia) creía que esos muros eran tan inexpugnables como las murallas de Constantinopla, que fueron en otros tiempos consideradas las murallas más inaccesibles jamás erigidas. Yo, como los bizantinos de entonces, me sentía seguro bajo la protección de estos muros. Sin embargo, cada cierto tiempo mi antiguo reino era arrasado por dragones que sin mucha dificultad penetraban en mi territorio quemando los pastos, comiéndose al ganado, allanando mi castillo y arrojando mi corona al suelo. En mi vanidad no le daba mucha importancia a estas profanaciones porque tras cada razia reconstruía rápidamente mi reino rápidamente sin gran dificultad y me volvía a autoproclamar rey. Qué error, qué tremendo error, lo que rápido se construye rápido se desmorona y lo que volvía a construir lo hacía sobre la movediza arena en vez de sobre la permanente roca. No tenía un reino sino que más bien yo era el vasallo de muchos otros reinos que me esclavizaban a su antojo haciéndome creer que era un hombre libre. 

Los dragones siguen acechando y no dejarán de hacerlo porque este acoso es consustancial a nuestra naturaleza imperfecta, pero, por lo menos, ahora estoy levantando un torreón en la ciudadela para poder divisarlos cuando se vayan acercando. Sé que nunca alcanzaré la riqueza moral de aquellos que fueron verdaderamente ricos y por ello podían ir al cadalso perdonando a sus verdugos y dando gracias a Dios por su destino de mártires ya que pronto se reunirían con Él. Tampoco lograré la virtud moral de Maximiliam Kolbe, el fraile franciscano que fue torturado y asesinado en Auschwitz tras reemplazar voluntariamente a otro hombre seleccionado para morir (“No tengo a nadie. Soy un sacerdote católico” dijo Maximiliam al ofrecerse al sustituir al preso que suplicaba clemencia porque tenía hijos). Nada se le puede arrebatar a un hombre que ha alcanzado el grado más perfecto de la naturaleza humana (“pero seguís ignorando, porque estáis ciegos, dónde se oculta el bien que deseáis, y buscáis bajo la tierra lo que se encuentra en el cielo estrellado” Boecio).

Ellos no tenían una pequeña ciudadela como la mía, sino inmensas ciudades con altas catedrales góticas protegidas por muros tan anchos que se tardarían años en atravesar y tan elevados que la vista no alcanza a ver el final. Las coronas que ceñían sobre sus cabezas no es que nunca cayeran al suelo es que jamás nadie se las pudo mover. Mi poblado no aguanta la comparación pero cada día voy percibiendo que la morada moral que estoy levantando es cada vez más inviolable y comienzo ya a sentirme resguardado tras la protección de las murallas de mi pequeña ciudadela. Sin embargo, la única manera que tengo de comprobar la solidez de mi sistema defensivo será cuando aparezca un día el sultán otomano con todas sus tropas. Sólo espero que cuando ello suceda no me haya dejado la noche anterior una pequeña puerta de la muralla abierta, como sucedió aquella última noche de Bizancio (“mientras deambulan curioseando sin rumbo entre la primera y la segunda muralla de la ciudad, descubren que por un incomprensible descuido una de las pequeñas puertas de la muralla interior, la llamada Kerkaporta, se ha quedado abierta… (…) Un pequeñísimo azar, Kerkaporta, la puerta olvidada, ha decidido la historia del mundo” Zweig. Momentos estelares de la humanidad). Y si finalmente el sultán logra entrar me comprometo desde ahora a hacer todo lo posible para que lo que encuentre en el santuario de la ciudadela no sean todas esas hojas que me he ido echando sino únicamente el rastro de lo que un día fue un corazón de bien, bondad y belleza. Ése debe ser el único sentido de mi vida. Al fin y al cabo, ya sé que es lo que realmente importa cuando llegue al final de mi camino.

(Nuestro amor es como Bizancio

tuvo que haber sido

la última noche. Tuvo que haber habido

me imagino

de los que se agolpaban en las calles

o formaban pequeños grupos

en las esquinas de las calles y en las plazas

hablando en voz baja,

un resplandor que tuvo que haberse parecido

al que tiene tu cara

cuando te echas el pelo hacia atrás y me miras.

Nuestro amor como Bizancio de Henrik Nordbrandt)

La tormenta

Me gusta levantarme pronto, cuando el día no ha amanecido y los últimos rescoldos de la noche se imponen sobre el alba. Me preparo tres o cuatro tazas de café en mi cafetera italiana y me acomodo en el sofá a leer hasta que llega el momento de acercarme hacia la línea de salida de un nuevo día: la ducha. 

El tiempo que paso leyendo en un absorbente silencio junto con mi café tiene algo no sólo de relajante sino también de místico, es un momento que no pertenece a ningún día, un tiempo apátrida que me sirve de meditación y de calmante. Observando ayer por la ventana como los copos caían suavemente – iluminados únicamente con la tenue luz que desprendían las farolas – y mientras la ventisca arrastraba la nieve en polvo de la cornisa del edificio de enfrente de mi casa, no sentí, como había sospechado me que sucedería cuando los días previos nos anunciaban la nevada, la melancolía de recordar aquel paraíso perdido de la infancia en una ciudad de provincias cuando en vez de ir al colegio, suspendido por la avalancha de nieve, nos dejaban ir al parque a tirarnos en trineo. Al contrario, lo que experimenté fue más bien una energía renovada, un estímulo adicional a vivir la vida, como si algo sobrenatural hubiera en contemplar en silencio a los copos que pausadamente caían frente a mi ventana.

Con el mismo ímpetu de un soldado valiente que se sabe luchando en una batalla definitiva por una causa justa, e igual de abrigado que un oficial ruso en invierno, me lancé a la calle a contemplar la belleza de la destrucción de la naturaleza en los árboles caídos, a los niños saltando en la nieve como si fueran niños, a los perros extrañados con la situación oliendo los bancos blancos y a los adultos sonrientes arrojarse bolas de nieve. Ya cerca de mi casa, en una pequeña calle, casi inaccesible por los estragos de la tormenta, descubrí un edificio antiguo cuya amplio portón de madera estaba rodeada de nieve pura, lisa y virgen, como si desde hace mucho nadie hubiera podido atravesar esa puerta. Quise acercarme con cuidado a tocar ese nieve inmaculada y comprendí en ese breve pero fatigoso camino que hay puertas por las que es más fácil entrar cuando en el mundo ha nevado.

Ya cerca del portón, pero sin la posibilidad de poder todavía alcanzarlo para alguien como yo, dibujé con mi dedo una pequeña cruz sobre la nieve que sabía que inevitablemente desaparecería a los pocos minutos cubierta por nuevos copos. Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que aunque hoy no me haya lanzado a la calle debido al frío, el hielo y el miedo a cualquier desgracia, la puerta sigue en el mismo lugar esperando a que alguno de nosotros llame para pedir entrar. Y a esa certeza la llamo fe. Las tormentas más intensas no están en el exterior, por muy destructivas que puedan parecer, sino en el interior de nosotros.

Noviembre y diciembre 2020

No existe una fuerza más poderosa, después del amor, que el odio. Pero es una fuerza maligna que debilita al que lo siente impidiéndole llevar una existencia feliz. El odio no es sólo una debilidad del que odia (“toda ferocidad viene de la debilidad”, decía Séneca citando a alguien que ya no puede recordar. De mi memoria escribiré otro día) es también una gran pérdida de tiempo. Y si es el tiempo un regalo que no nos pertenece a ninguno  ya que nadie puede controlarlo, tampoco aquellos que tanto tienen y pueden comprarlo todo ¿quiénes son realmente los millonarios? Los que no odian… a mí no me cabe ninguna duda.

Creonte: un enemigo jamás se vuelve amigo, ni siquiera al morir.

Antígona: yo no nací para compartir odio, sino amor.

Antígona. Sófocles (441 a.C.)

Feliz Navidad y Feliz 2021.

Octubre 2020

Diez meses escribiendo este diario mensual sin más afán que obligarme a sentarme unos días de cada mes a reflexionar y escribir y, quizás, releer todos estos garabatos mentales dentro de unos años con la perspectiva que da el tiempo. No hay ningún plan ni ningún guión, todo lo que escribo es para mí. El tiempo es el mejor juez que conozco y también el mejor calmante “todo lo bueno pasa pero también todo lo malo”, se lo escuché una vez a Garci y creo que lo escribí hace años por aquí. Digo creo porque no me gusta releer mis entradas antiguas, ya que me producen una mezcla entre pudor, por volver a escucharme, y de dolor, por el paso del tiempo. El tiempo es el mayor castigo que nos impuso Dios a los hombres y por el contrario, y aunque nos pudiera parecer mentira en un primer vistazo, la mortalidad el mayor regalo. Lo mortalidad del hombre como regalo de Dios se lo leí a Epicuro en el libro de Emilio Lledó sobre el epicureísmo. Me pareció una de las reflexiones más acertadas que he leído ¿cuál sería el sentido de una vida inmortal? ¿Nos pondríamos objetivos? ¿Existiría una vida plena cuando no podríamos morir por algo? Si fuéramos inmortales nos afanaríamos en buscar la mortalidad desafiando por ello a Dios o al creador del programa informático en el que vivimos. Así es el hombre, no tiene remedio.

“Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es la privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de la inmortalidad” Epicuro. Epístola a Meneceo.

Cuando me siento a escribir y las palabras brotan solas sé que lo que anotó nace de algún lugar honesto y sincero, no hay nada impostado ni falso, es puro como la infancia. Al contrario, si necesito pensar demasiado o inspirarme ojeando un libro donde en su momento subrayé un párrafo soy consciente de que lo que quiero dejar escrito se asemeja más a la bisutería que a la joyería, es mezquino tratar de engañarse a uno mismo. Igual que es un síntoma de mezquindad no reconocer la superioridad de otros. He tratado siempre de huir de la bisutería en mi vida; sin embargo, la vida es una lucha constante entre lo que somos y los que nos gustaría ser, entre ahorrar o disfrutar, correr o andar, quedarte en casa o salir, aceptar el reto o rehuirlo, entre el deseo o la represión. Quizás el éxito de una vida feliz sea evitar los conflictos internos y quizás también la forma de lograrlo sea indagar en nuestro yo más profundo, el que nadie conoce, ni nosotros mismos, buscando el origen de nuestros conflictos, desdichas y desgracias. Indagar en ese yo no es complicado pero sí extremadamente doloroso porque el resultado, aun siendo acercarnos a la felicidad plena, supone contemplarnos ante el espejo más cruel, el mismo que nos muestra quiénes somos realmente…. y bien sabemos que los espejos tienen una cualidad que no tenemos los hombres: no mienten nunca.

Mi mundo es cada vez más pequeño aunque el mundo cada vez sea más grande.

Estaba leyendo en la página web del restaurante Viridiana su menú cuando me topé con una frase de Borges que enlaza con la visión que varios autores clásicos tiene sobre la fortuna: “La puerta es la que elige, no el hombre.”

Vivimos en un mundo absolutamente moralista e insoportablemente inmoral.

Septiembre 2020 (II)

“No sé” es la frase más liberadora del mundo ya que exime de tener que dar una opinión. Un “no sé” convierte al que lo pronuncia en alguien interesante ante mis ojos y me muestra además que detrás de una fingida, o no, modestia se esconde inteligencia. Un “no sé” suena honrado y valiente… qué difícil es escuchar, aunque sea entre susurros, un simple “no sé”.

Quizás el momento más terrible de nuestra vida es cuando de niño nos damos cuenta de nuestra existencia mortal. A partir de ese momento, y justo en ese momento, toda nuestra forma de entender la vida cambia radicalmente.

Escribo bajo el sol de unos tenues rayos okupas que se han colado sin anunciarse por mi ventana con la intención de recordarme que un verano más ha sucedido para no regresar. Algún frívolo pensará que entre la tesitura de perder la casa o vivir recordando tiempos felices que no volverán preferiría vivir a la intemperie. Estos rayos de finales de septiembre ya lánguidos, pero no pobres, me han traído a la memoria el recuerdo de una escena de Memorias de África cuando un guapo y atractivo (dos cualidades que no suelen ir de la mano) Robert Redford le contaba a una no tan guapa pero sí atractivísima Meryl Streep que los zulúes era un pueblo incapaz de pensar en el futuro. Para esta tribu su tiempo siempre es presente, así que cuando un zulú es encarcelado acaba muriendo de pena en su celda porque piensa que su condena es hasta el fin de sus días. Hace tiempo leí, ya no sé dónde, que una característica del homo sapiens y de su éxito evolutivo es la capacidad de pensar en el futuro y que este atributo pudo ser decisivo en nuestra lucha por los recursos frente a los neandertales. Afirmo sin dudarlo, que yo nunca he sido más infeliz que cuando he tratado de controlar o, al menos, organizar el futuro, debido a que la contrapartida fue la peor desdicha de todas: dejar de vivir el presente para ser golpeado por un futuro completamente incierto. Vivimos con la esperanza de que algún día nos retiraremos ya mayores a descansar y a partir de entonces poder comenzar a vivir. Qué error, qué tremendo error. Me invade ahora otro recuerdo y es aquella lectura tan sobrecogedora, agobiante y asfixiante de El Desierto de los Tártaros, un libro tan borgiano que Borges hizo el prólogo como queriendo reclamar su autoría. Miro a la librería y ahí me está observando el cuento de Dino Buzzati que te atrapa como un sueño, o quizás una pesadilla, para susurrarme que nunca esté tan ocupado como para no darme cuenta de que estoy vivo. ¿Si no sé cuándo mi destino caducará, qué prefiero ser: un feliz neandertal o un insípido sapiens?

(Nunca es tarde para tener un verano feliz).

“Somos europeos y pertenecemos a un mundo que sabía compensar la pobreza con la belleza” escribe Mauricio Wiesenthal en su libro Orient-Express el tren de Europa. Ojalá mi vida fuera un viaje en el Orient-Express.

Hastiado de la barbarie del mundo moderno y con la intención de olvidar los tropelías de su cocina, me he ido a cenar dos viernes a Horcher sin más compañía que un traje de verano cruzado, una corbata azul mar Cantábrico y un pañuelo blanco. Allí entre los rescoldos de un mundo pasado que vive sus últimos coletazos y escoltado por sus manteles blancos, sus soldaditos de porcelana, que me miraban como rogándome que me alistara con ellos por la causa del Emperador, su cristalería checa con el escudo de la casa grabado y su espléndido servicio, sin libreas pero con el detalle de separarme ligeramente la mesa cuando me levanto, quise  soñar que estaba en el vagón restaurante del Orient Express la noche antes de llegar a Venecia. Ebrio de melancolía, y arropado por su moqueta decimonónica, me abandoné por completo a mi sueño romántico entregándome al cariño de un chef que me cortejó la primera noche con una menestra de verduras con huevo de codorniz, a la que siguió un goulash de ternera a la húngara y finalizó con un strudel de manzana a la vienesa, uniéndose al final de la velada el éxtasis dulce de un oporto color caoba. En mi segunda cena, y siguiendo las recomendaciones del maître, decidí comenzar con unos arenques a la crema con Kartoffelpuffer, continué con un stroganoff a la mostaza de Pommery, que completé con una variedad de quesos europeos que pidió el oporto por mí. Borracho por el encantamiento melancólico que estaba disfrutando felicité al chef las dos noches, aunque absurdamente me privé de comentarle que el goulash de ternera sólo lo había probado tan exquisito en el palacio de los antepasados del archiduque Otto y que el stroganoff me pareció tan sublime que se lo comentaría al zar la próxima vez que nos viéramos en el ballet.

Herido de nostalgia, y quizás también de alcohol, abandoné feliz el palacio del Imperio hacia la Plaza de San Marcos con la noble intención de dar las buenas noches a sus palomas mientras en mi cabeza sonaba la alegre marcha Radetzky. Pero a todo sueño le llega su mañana y al caminar unos metros y darme de bruces con las hipócritas y exageradas terrazas de la Plaza de la Independencia caí en la cuenta de que no estaba en Venecia sino frente a la vulgaridad de nuestro siglo, el mismo que en cada tienda, cada restaurante, cada película y casi cada debate me susurra, para burlarse de mí, que sigo embarcado en el navío de la vida moderna, por mucho que me considere un polizón.

“Cuando encuentres un buen restaurante, cambia de plato, pero no cambies de restaurante” Néstor Luján.

Septiembre 2020

Al sol de septiembre y de vuelta a Madrid escribo estas palabras en la terraza del Café Gijón. Aquí hago balance de los momentos memorables del verano: algunos almuerzos, un vino, el tiempo pasado con amigos o un amor truncado. Recapitulo lentamente para que se graben en mi memoria una gran comida (otra vez) en Casa Bigote en Sanlúcar, la zanahoria aliñada del Bar Gonzalo en El Puerto de Santa María, un almuerzo en La Milla de Marbella con mi amigo Felipe, el descubrimiento de Ossian 2016 (un verdejo de Segovia envejecido nueve meses en barrica), la piscina de mi hotel en Marbella, los cócteles en la terraza del Marbella Club antes de cenar, las vistas a la bahía de Santander desde El Marítimo, el bonito con Tomate y los bocartes rebozados de La Bombi (como todos los veranos) o la primera tarde en El Beso de Formentera con grandes amigos. Estos son los recuerdos que han aparecido sin que les llame, así que deben ser los que mi memoria ha guardado ya en un almacén de mi subconsciente y allí  pasarán a vivir desperdigados y sin orden junto con el resto de mis recuerdos (bonitos). ¿Qué es la vida sino recuerdos (bonitos)?

Entre los vaivenes del descanso y el trabajo sucedió un verano más con el principal sobresalto de descubrir La libertad primera y última de Jiddu Krishnamurti, un libro que me guiará toda la vida. Existe un camino verdadero, que no tiene atajos y está al alcance de todos. Observo lo que conozco del camino y me pregunto ¿qué es más difícil: conocer el camino o seguirlo? Pienso en todos aquellos que no conocen el camino y, sin embargo, echan a andar.

Regresando a mis nostalgias me doy cuenta de que la gente quiere asomarse al futuro y yo volver al pasado. Me gusta abusar de mi recuerdos; así los veranos anteriores siempre los disfruté más, los amores de mi larga juventud fueron más intensos o cualquier Tour de Francia pasado me parece más heroico. Hay momentos de mi vida que ya sólo sobreviven en mi nostalgia y siendo como es de mentirosa esta amiga me inclino a pensar que nunca sucedieron; o, por lo menos, de la manera que yo los recuerdo. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”, así comienza la autobiografía de García Márquez.

Vivir en la nostalgia me ha permitido ir desarrollando un algoritmo infalible para juzgar los ciudades a las que vuelvo, los restaurantes a los que retorno o los labios a los que años después regreso. Mi algoritmo es muy simple: si la realidad triunfa sobre el recuerdo rescatado de mi nostalgia, lo que estoy viviendo merece la pena. Hasta el día de hoy, no conozco Trip Advisor más eficaz que el mío. Así, puntuar un restaurante o un hotel en un lugar que no sea la memoria me parece una falta de educación y de gente poco interesante. Los momentos importantes en la vida no hace falta anotarlos o fotografiarlos porque se recuerdan solos, siempre vivirán con nosotros. Ufff ganar a los recuerdos, eso sí que es un desafío. 

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“¿Qué busca la mayoría de nosotros, qué queremos? Concretamente, en este mundo de desasosiego en el cual todos procuramos encontrar cierta clase de paz, de felicidad, algún refugio, sin duda lo importante es descubrir qué es eso que intentamos encontrar, que tratamos de conseguir, ¿no es cierto? Es probable que la mayoría busquemos cierta paz, felicidad; en un mundo sacudido por disturbios, guerras, contiendas y luchas deseamos un refugio donde pueda haber paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos, por eso buscamos, vamos de un dirigente a otro, de una organización religiosa a otra, de un instructor a otro.

Ahora bien, ¿buscamos realmente la felicidad o buscamos alguna clase de satisfacción de la que esperamos obtener felicidad? Sin duda, hay una diferencia entre satisfacción y felicidad, porque ¿se puede buscar la felicidad? Tal vez uno puede encontrar satisfacción, pero no puede encontrar la felicidad.” Jiddu Krishnamurti.

Agosto 2020 (II)

Los libros, los buenos libros, una vez publicados, dejan de pertenecer al país del autor para emigrar a un país al que pertenecemos todos los lectores. En este país se puede entrar sin visado ni pasaporte y no hay un tipo coñazo preguntándote cuál es el motivo de tu viaje. En algunas ocasiones, el vínculo creado entre autor y lector es tan fuerte que se llega a producir una confusión entre ambos. Esos son los grandes libros. Por ello, cuando regalamos a la gente que queremos un libro que nos ha marcado, lo que realmente le estamos diciendo es que el libro lo hemos escrito nosotros, independientemente de quién figure como autor en la portada. El tipo de la portada es simplemente el medio que nos ha ayudado a traducir nuestros sentimientos, pasiones, sensibilidades, gustos o ideas y los ha puesto sobre papel, pero, en ningún caso, es el único creador de la obra. ¿De verdad alguien cree que Antoine de Saint-Exupéry es el único autor de El Principito?

Todo lo que he escrito aquí durante años lo hago con la autoridad que me da el fracaso de no saber aún a mi edad qué me gusta, qué quiero, qué necesito o, incluso, qué siento. ¿Cómo voy a dar consejos si ni yo mismo me conozco todavía?

Tengo la teoría de que los buenos clientes habrían sido grandes maîtres.

Uno de los gestos de peor educación que se pueden cometer es no leer un libro que te regala alguien cercano. No hablo de los libros que se obsequian casi por obligación (o sin el casi) en los cumpleaños o en Reyes y se han cogido de la estantería de los más vendidos. Me estoy refiriendo a ese libro que se regala porque mientras lo lees estás pensando sin parar en esa persona. No leer un libro regalado es una manera de despreciar los sentimientos del que regala.

Pido el segundo dry martini en la terraza del Marbella Club (siempre con dos aceitunas). De alguna manera aquí me siento usufructuario de una época que ya se ha extinguido. “Otros mundos, otra vida“ era el título de la autobiografía de José Luis de Vilallonga. Observo cómo el barman salpica con el rocío del limón la ginebra (no es muy seco, noto alguna gota de vermú) y me da por pensar en nuevas frases para el guión de la película de cine negro (el productor me ha vuelto a preguntar esta mañana que cómo voy. Le he dicho que estoy escribiendo seis páginas diarias, lo que no le he contado es que cada noche tiro a la basura las seis páginas escritas). En esta terraza las frases surgen igual de rápido que se sirven cafés en un Starbucks, es como vivir en una nostalgia prolongada: “[Escena final de la película. Plano de espaldas de una pareja y voz en off]. Mientras ella se alejaba de la mano de Scott, me di cuenta de que la mujer de tu vida siempre es de otro.”

En la vida nunca sabes cuándo son los mejores momentos.